CRÍTICA DE CINE DE ESTRENO

Conspiración En El Cairo: El poder y la gloria

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Conspiración en El Cairo

Cartelera España 14 de abril  

Título original

Boy from Heavenaka 
Año
Duración
126 min.
País
 Suecia
Dirección

Tarik Saleh

Guion

Tarik Saleh

Música

Krister Linder

Fotografía

Pierre Aïm

Reparto

Tawfeek BarhomFares FaresMehdi DehbiMohammed BakriMakram KhourySherwan HajiYunus AlbayrakAyman FathyAmr Mosad

Compañías
Coproducción Suecia-Francia-Finlandia-Dinamarca; 

Atmo Production, Memento Films, Film I Väst, Final Cut for Real, Oy Bufo Ab, arte France Cinéma

Género
DramaIntriga | Religión
Sinopsis
Adam, humilde hijo de un pescador, ingresa en la prestigiosa universidad de Al-Azhar de El Cairo, epicentro del poder del islam sunita. El día en que empiezan las clases, el Gran Imán que dirige la institución muere de repente. Sin ser consciente de ello, Adam se encuentra en medio de una lucha de poder implacable entre las élites religiosas y políticas del país. 
 
CRÍTICA

La última película del director sueco de origen egipcio Tarik Saleh se alzó con la Palma de Oro al mejor guion en la última edición del festival de Cannes. Más que por la matemática perfección de su historia, el premio sancionó el afán francés por denunciar las tropelías antidemocráticas cometidas urbi et orbi, contrarias a los sacrosantos valores republicanos de los que a los franceses les gusta hacer gala.

Así pues, debajo de un título engañoso, se hace usufructo de los mimbres del thriller para acometer una crítica comprensible —en ningún caso despiadada y menos aún acerba—, posibilista, de la situación política actual de Egipto, paradigma de la mayoría de los regímenes de Oriente Medio en donde el poder político ha de convivir, en un equilibrio frágil y muy inestable, con el poder religioso, en tanto en cuanto este actúa como elemento sancionador del statu quo.

Para escenificar esta difícil convivencia, propia de unos países y unas sociedades más teocráticas que democráticas, para incidir en una dialéctica política que persigue imponer su cosmovisión y su modelo social, el director de El Cairo confidencial recurre a una narración centrada en el joven Adam, un tan honrado y virtuoso como pobre pescador, cuyo relato responde al Bildungsroman, al relato de aprendizaje o de formación.

Al final de la película, el primer maestro de Adam, el jeque de la mezquita de su pueblo natal, le interroga sobre qué ha aprendido durante su ausencia. Un silencio remarcado por la misma secuencia inicial con la que se abría la película (el joven Adam remando en su frágil barca mientras su padre echaba las redes) responde a la pregunta: ha aprendido a sobrevivir en un mundo de fieras a costa de perder la inocencia asociada a una pureza de espíritu totalmente incompatible con las demandas de la sociedad contemporánea, incluida (y especialmente) la egipcia.

Incluso el periplo vital que desencadenará el conflicto —la concesión de una beca a Adam para estudiar en la prestigiosa universidad de Al-Azhar, sede máxima de la corriente del islam suní o sunita en la capital de Egipto— responde a un entramado orquestado desde el Poder para ganarse el favor de los activos humanos más valiosos; para conseguir que el capital humano trabaje en pos de estos sí sacrosantos intereses del Estado.

Ya desde el principio, Tarik Saleh opta por una representación realista, cerca del tono documental, lo más alejada posible del estereotipo turístico asociado a la tierra de los antiguos faraones. Se persigue la intrahistoria unamuniana, el vivir sencillo y cotidiano de los habitantes anónimos de una nación. El Egipto profundo, el Egipto que trabaja y sobrevive en silencio, con su esfuerzo diario, el Egipto que reza y respeta los preceptos islámicos es el verdadero objetivo de la mirada del director, así como la constatación de que en medio de sus habitantes todavía anida una pureza, una sencillez, una espiritualidad que los occidentales hace tiempo que perdimos, y que los propios egipcios también habrán de perder para conseguir mantenerse a flote en tan procelosos tiempos y mundo.

El tráfago del frenético ritmo cairota sustituirá el silencio y la paz del Egipto interior y rural, pescador, de donde procede el adánico protagonista, criado por un rígido padre bajo la férula de una estricta moral sustentada sobre la más férrea honradez y disciplina (ni tabaco ni cualquier otra desviación). Este padre es literalmente analfabeto, por lo que todavía es más consciente del privilegio concedido vía beca a su hijo, aun a riesgo de perder parte de la fuerza de trabajo necesaria para mantener en pie a su familia, carente de una madre muerta años ha.

En medio del febril y vertiginoso ritmo de las calles de El Cairo, hay un oasis de tranquilidad, un reducto de paz y de espiritualidad, o una cárcel que aleja a sus prisioneros de las tentaciones mundanas: la universidad-mezquita de Al-Azhar. El director se regodea con la minuciosa descripción de las instalaciones, de la liturgia y el espartano modus vivendi de los estudiantes en su interior.

Con una mirada propia o asimilada a una conciencia occidental, se nos muestra el interior de la bestia religiosa, el Vaticano del islam, un espacio enclaustrado en donde las diferentes concepciones del islam luchan por captar a sus nuevos evangelizadores, a esos entregados estudiantes cuya licenciatura consistirá en ser nombrados jeques-imanes y dirigir a su rebaño de fieles. Lo teológico con aires pedagógicos y didácticos inunda la pantalla.

Por supuesto que tal encierro-reclusión motivará luchas intestinas por ínfimas parcelas de poder, desde el mejor camastro para dormir, hasta el mejor lugar para rezar. Esos ínfimos combates pedestres tienen su equivalente teológico, mejor, ideológico, pues la precipitada muerte del Imán de la mezquita desatará una lucha por ocupar el puesto vacante. Dicha lucha viene propiciada por el explícito interés del régimen político actual, presidido por el general Abdelfatah El-Sisi, por lograr el control del poder teocrático, indispensable y necesario en una sociedad mayoritariamente islámica, haciéndose con el control de la Universidad.

El director no pierde ocasión de mostrarnos la efigie y las fotografías de El-Sisi de manera abrumadora y omnipresente, en todas las avenidas, calles y despachos (sí: algo parecido a los retratos del caudillo Francisco Franco, o del rey Mohamed VI de Marruecos). El joven Adam, que descuella por su inteligencia, virtud y pureza, pronto es codiciado por todas las facciones de la Universidad. Siendo captado por el ángel —infiltrado— del Ministerio de Seguridad.

Cuando este sea descubierto y eliminado, Adam será su sustituto, obligado por las coacciones que sufre de parte del coronel Ibrahim. A partir de entonces, se establece una relación maestro-alumno entre ambos, siendo el coronel el verdadero profesor de política maquiavélica de Adam. El coronel es el reverso laico de los imanes de la Mezquita.

La película se centra ahora en esta relación y en los riesgos que asume Adam para llevar a cabo su misión. Ibrahim advertirá la pureza de su infiltrado y desarrollará paulatinamente una admiración no exenta de cariño por su avezado alumno. Se suceden las intrigas en ese microcosmos cerrado y asfixiante, pero Adam consigue nadar en tan tormentosas aguas.

Por supuesto, que hay tres candidatos a ejercer el puesto vacante de imán. Un miembro de los Hermanos Musulmanes, caracterizado ya físicamente como un villano y un hipócrita, que lo es, al destaparse una relación adúltera (es Adam quien, con la inestimable ayuda-lecciones del coronel Ibrahim, dará al traste con las posibilidades de este candidato). El imán preferido por el régimen de El-Sisi es un personaje templado, complaciente y dispuesto a convivir con y a legitimar el régimen, en aras de evitar una guerra civil.

El candidato fetén y verdadero es un filósofo puro, tan sabio en teología coránica como en las enseñanzas marxistas, un verdadero mártir que aspira con su sacrificio (se declara culpable de la muerte del ángel-infiltrado del régimen) a denunciar la corrupción del régimen y demolerlo. El hecho de ser invidente agudiza su perspicacia y su halo de santidad.

La funesta y ominosa sede del Ministerio de Seguridad ha hecho acto de presencia también en diversas secuencias que muestran lo lóbrego y siniestro de su modus operandi. El propio coronel Ibrahim (cuyo aspecto, paradójicamente, se asemeja más a un oficial israelí que a un esbirro del corrupto régimen) sufre el ostracismo de un superior más joven y más indigno, esto es, Ibrahim parece tener cierto límite moral que el contacto con Adam ha ido propiciando.

Al final, fuera de toda lógica y con ánimo melodramático, se nos ofrece el hogar del propio coronel, especialmente cuando sus antiguos subordinados penetran en él para detenerlo. Cuando el fin de Ibrahbim y de Adam parece estar trazado: ser sacrificados después de que el régimen haya conseguido su objetivo y en aras de no dejar cabos sueltos, la astucia (¿política? ¿teológica?) de Adam urde un plan por el que consigue salvar tanto al jeque ciego insobornable y puro-purista, a su propio mentor policial (el coronel Ibrahim) y, lo más importante, a sí mismo.

Adam logra convencer al jeque con argumentos-sofismas teológicos de la conveniencia de que cambie su estrategia y se avenga a pactar con el mancillado régimen, por el bien de Dios-Alá. El alumno ha logrado superar a todos sus profesores, tanto laicos como religiosos. El alumno conoce y maneja a la perfección los resortes y los engranajes del Poder, al fin y al cabo, este es «un arma de doble filo cuyas hojas te pueden herir».

Adam ha sabido evitar sus aristas más aceradas y ha sabido incrustarse en su maquinaria (vendiendo su alma al... diablo), convirtiéndose en un engranaje más en este thriller político con que se nos pretende denunciar la situación política actual de muchos países árabes, al mismo tiempo que se nos muestra la rígida liturgia pedagógica asociada al islam, sin conseguir alcanzar el nervio vibrante del policíaco, ni la alta tensión del cine político.

Al final, asumimos que lo mejor es mantener el complaciente statu quo para todo el mundo, pues la alternativa sólo aspiraría a provocar más dolor y desolación, según un ciudadano sueco llamado Tarik Saleh. Quizá el problema esté en nuestras occidentales y democráticas calles. Cerca, muy cerca de nosotros.

Escribe Juan Ramón Gabriel Revista Encadenados