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CRÍTICA DE OBRA DE TEATRO

Una Costilla Sobre La mesa: Padre: Arte, belleza, muerte

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Ficha artística Texto, dirección, escenografía, vestuario: Angélica Liddell Con: Oliver Laxe, Angélica Liddell y Camilo Silva Con la colaboración de: Elzbieta Koslacz, Beatriz Álvarez, Laura Jabois, Raquel Fernández, Blanca Martínez, Olga Redondo y Amor Prior

Angélica Liddell/Atra Bilis: Una costilla sobre la mesa: Padre - Teatro  Madrid

CRÍTICA

La semana pasada, el público pudo presenciar Una costilla sobre la mesa: Padre en los Teatros del Canal de la ciudad de Madrid. Con esta magistral obra, la poeta, directora y actriz española Angélica Liddell –ganadora, entre otros, del Premio Nacional de Literatura Dramática, León de Plata de la Bienal de Teatro de Venecia y Premio Leteo– rinde homenaje de manera estrambótica y vibrante a la muerte de su padre Anastasio (1936-2018), y lo hace mediante tres actos que se te incrustan como un sueño lúgubre y resonante, o, como dicen en su segunda mitad, como un olor a mierda penetrante.

A través de un escenario lúcido –blanco como la pureza y oscuro como la muerte– y un grito ensordecedor proyectado por una portentosa Angélica Liddell y un asombroso Óliver Laxe –quién dialogará en francés–, se nos plantea temas como la estafa de la existencia, cómo  nos aferramos a la vida, por mucho que la muerte nos mire de frente, desde que vagamos por este mundo en pañales hasta que maduramos como seres. Nos sumerge en la idea de que la belleza del arte es más elevada que la belleza humana a la vez que nos proyectan cinco fornidas mujeres tumbadas en el suelo como si de una pieza de museo se tratase.

Y es que Una Costilla sobre la mesa: Padre es arte elevado, arte intrínseco que va más allá de lo siniestro y de la existencia, un arte que está al servicio de lo impresentable atrapado entre la maldición y la promesa, una maldita promesa inquebrantable. Es en otras palabras: una obra excremental que huele extraordinariamente bien.

Una costilla sobre la mesa: Padre | Teatro a Teatro

Aquí se gime, se grita y se brama. Aquí se diseña un juego de espejos entre la niñez y la vejez en mitad de un ejercicio paternofilial tan tierno como insensible. Aquí todos son unos topos que no pueden mirar al sol; se tratan a las enfermeras como perros y se banaliza, al mismo tiempo que se profundiza, sobre los aspectos terrenales y espirituales de la propia existencia. Aquí se dan lecciones de estética, se ruega el perdón a los cuatro vientos y se acepta tal absolución porque al final Dios es el que castigará y sancionará los pecados cometidos. Aquí se tiene miedo a los monos.

La obra puede apreciarse feminista, donde el hombre –encarnado por Oliver Laxe– se arrodilla ante la virgen y acepta someterse a las órdenes de la mujer; una representación en la que se emite el mensaje de que el paraíso se encuentra debajo de los pies de las madres. La relación entre los personajes de Laxe y Liddell se percibe como un contrato, donde los dos quieren, ¡exclaman¡ repetir dicho convenio y compromiso, pues los dos se abrazan y se repelen. Se reúnen y se funden en un mismo ser por medio del amor y del temor. Todo resulta un nacimiento que termina en profesión.

Estreno Una costilla sobre la mesa Padre en Teatros del Canal

En definitiva, para el que escribe estas líneas, Una costilla sobre la mesa: Padre es una obra que está por encima del bien y del mal, de lo terrenal y lo espiritual, de lo puro y lo pudoroso. Una obra que nace, resucita, que te hipnotiza a cada paso que da, repleta de enérgicos y penetrables monólogos que se te quedarán guardados en la retina por mucho tiempo, donde las actuaciones sobresalen por encima de lo extraordinario. Al final al público no nos quedó más remedio que rendirnos ante lo que habíamos presenciado. Sus más de diez minutos de vítores y aplausos bien merecen la entrada. Ojalá esta representación vuelva al escenario para que todo el mundo pueda contemplar esta inolvidable experiencia que afronta el arte, la belleza y la muerte de una manera heterodoxa.