CRÍTICA DE CINE

Antología De Un Pueblo Fantasma: La quietud en el tiempo y el espacio

Antología de un pueblo fantasma

Cartelera España 23 de octubre

Título original

Répertoire des villes disparues aka 
Año
Duración
96 min.
País
 Canadá
Dirección

Denis Côté

Guion

Denis Côté (Novela: Laurence Olivier)

Fotografía

François Messier-Rheault

Reparto

Robert NaylorJosée DeschênesRémi GouletDiane LavalléeHubert ProulxRachel GratonNormand CarrièreJocelyne ZuccoJean-Michel AnctilLarissa Corriveau

Género
FantásticoDrama | Sobrenatural
Sinopsis
Simon Dubé muere en un accidente de coche que tiene lugar en un pequeño y remoto pueblo de Quebec de apenas 215 personas. Sorprendidos, los habitantes del pueblo procuran no hablar sobre las circunstancias de la tragedia. El suceso desgarra a la familia Dubé, y afecta psicológicamente al alcade Smallwood, junto a otro grupo de aldeanos que no saben qué hacer para dejar atrás lo sucedido. Mientras la gente trata de digerir la desgracia, una serie de personas desconocidas comienzan a llegar al pueblo, a lo que poco más tarde le acompaña una espesa niebla. ¿Quiénes son? ¿Qué está sucediendo?.
Distribuidora: Flamingo Films España
 
CRÍTICA DE SANDRA P. MEDINA

El onceavo largometraje del director de cine independiente, Denis  Côté, Antología de un pueblo fantasma, se estrenó el pasado 23 de octubre en España; una película que ha generado diversidad de opiniones, ya que el cine experimental de  Côté tiende a ser algo babélico y lento de digerir.

El cineasta canadiense se basó libremente en la novela homónima de Laurence Olivier, plasmando una historia austera donde el tiempo se detiene.

La cinta inicia con fotogramas estáticos de paisajes glaciales en una lejana localidad de Quebec, llamado Irenée-Les-Neiges, y que se ven abruptamente interrumpidos por el choque de un automóvil contra un árbol, el joven Simon Dubé, era quien iba al volante y dicho suceso quiebra la estabilidad del pueblo y de sus 215 habitantes, de los que se destacan: la familia de Dubé, una pareja de adultos mayores, otra más joven que tiene un restaurante, una mujer que sufre de ansiedad y depresión, y la alcaldesa Simone Smallwood (Diana Lavallée) quien con su carácter frío y distante, manipula como títeres a sus habitantes.

La película transcurre lentamente sobre unos sosegados grises marrones, y un inmaculado blanco, que contrastan con la inquietud de cada uno de sus personajes, pero con una objetividad fílmica (tal vez generada porque parte del trabajo de Cotê ha sido documental) que no nos permite intimar con sus emociones, como si estuviéramos estudiándolos bajo un microscopio.

El misterio, la sombra y la niebla, se van fundiendo en la pantalla, en la medida en que percibimos la necesidad de la madre del difunto, Giselé (Joseé Deshênes) y su hermano Jimmy (Robert Naylor) por revivir al joven, en un intento de negar su muerte por medio de intrínsecas invocaciones.

Mientras que, la nerviosa Adèle (Larissa Corriveau) se convierte en el canal para presentar a un grupo de espectros que irrumpen en el pueblo, cubiertos con máscaras, como esos traumas que mantenemos bajo llave en nuestro subconsciente, y que nos asedian constantemente hasta que no queda otra alternativa que dejarlos salir.

La película no encaja en ningún género, sino que mezcla pigmentos surreales y experimentales, que representan una metáfora del miedo de los occidentales hacia la muerte y la angustia que conlleva a aceptar, eventualmente, esa dolorosa transición.

Cotê explicó en una entrevista, que a él no le interesaba hacer una película sobre zombies, sino un ejercicio introspectivo, tomando como referencia la situación que se vive actualmente en el planeta, con personajes que crean su propio sistema político, con una cotidianeidad ajena al mundo exterior, como una especie de micro-universo que pone una barrera para no ser resquebrajado.

Una íntima misantropía del propio cineasta, donde la soledad se convierte en un búnker que nos protege de la tempestuosa realidad.

Con una textura fotográfica de Súper 8 mm, y una adusta y espectral narrativa, Cotê nos recluye en ese pueblo ficticio donde lo que predomina es una zozobra mental de sus habitantes que al parecer quisieran huir, ya que se sienten asfixiados ante sus propios tormentos.

Se encuentran ciertas similitudes con el cine de Gus Van Sant, sobre todo por el énfasis en los paisajes que François Messier-Rheault registró a través de su fotografía, y que también recuerda la composición de las pinturas de Edward Hopper.

Antología de un pueblo fantasma, parece dirigida a un público específico, aquellos seres con una personalidad introvertida como el mismo Cotê, y quienes podrían encontrar en la película, una vía para confrontarse con ellos mismos.