Cine Nueva Tribuna

CRÍTICA DE CINE

En un barrio de Nueva York: Érase una vez...

En un barrio de Nueva York

In the Heights
Año
Duración
143 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Dirección
Guion
Quiara Alegria Hudes. Musical: Lin-Manuel Miranda, Quiara Alegria Hudes
Música
Lin-Manuel Miranda
Fotografía
Alice Brooks
Reparto
Productora
Warner Bros., Scott Sanders Productions, Likely Story. Distribuidora: Warner Bros.
Género
Musical. Romance. Drama. Comedia
Sinopsis
Basado en el musical de Broadway, sigue a un grupo de vecinos del barrio Washington Heights, en Nueva York. El principal es Usnavi (Anthony Ramos), el simpático dueño de una bodega, criado por su abuela, que sueña con volver algún día a su República Dominicana de origen; la abuela Claudia, que desempeña el rol de abuela para muchos de los vecinos del barrio; Vanessa, de quien Usnavi está perdidamente enamorado; y Nina, una vieja amiga de Usnavi que regresa al barrio después de mucho tiempo, llevándole noticias inesperadas a sus padres, quienes han estado ahorrando toda la vida para darle una mejor educación académica de la que ellos tuvieron.
 
CRÍTICA

Aparentemente, un vendedor de pescado, muy cerca de la costa, comienza a contar un cuento a una serie de niños, que alborozados esperan las mil y unas cosas buenas que el narrador va a recitarles sobre un determinado barrio de Nueva York. Un barrio habitado exclusivamente por hispanos (dominicanos, portorriqueños, cubanos, mejicanos…) donde se encuentran contentos, muy felices.

Hay películas, y no concretamente de dibujos, que comienzan de la misma forma, alguna de las cuales es, incluso, una obra maestra. Quiero recordar ese maravilloso cuento sobre Irlanda que John Ford compuso en El hombre tranquilo, y que comienza con las mismas palabras. Pero, claro, Ford es Ford y la mayoría de los realizadores de cuentos modernos no lo son.

Cómo decía el amado Hitchcock, siempre debe haber en las películas alguien que por lo menos se acerque al malo, aunque sea pequeñito, y haga de contrapeso al protagonista. En El hombre tranquilo estaba el brutote hermano de la protagonista, que al final se enfrenta a puñetazos por el pueblo de Inesfree, y que es seguido por los habitantes que disfrutan ante esa (divertida) refriega.

Hay veces que, aunque los protagonistas sean los habitantes, por ejemplo, de un barrio, siempre se da importancia a unos personajes que destacan de los demás.

Por otra parte, si recordamos una película donde los hispanos tengan gran importancia, y, cómo aquí, narrado en forma de musical, hablaríamos naturalmente de West Side Story, donde una gran música y unos estupendos números musicales, encerraban la historia del conflicto entre dos grupos del barrio.

Un filme que actualizaba Romeo y Julieta, y que ahora ha vuelto a filmar nada menos que Steven Spielberg. Ignoramos el camino que ha seguido para intentar alejarse del primitivo título. Seguro que el filme intentará ser novedoso. Su estreno, previsto para las navidades de 2020, se ha retrasado debido al bichito que ha puesto al mundo en estado de guerra, como si estuviéramos en una alegoría de La guerra de los mundos, pero, en este caso, con un solo mundo, nuestro planeta Tierra.

Lin-Manuel Miranda on 'In the Heights': 'We are the next American story'

¿Qué cuento nos quiere contar esta película que dura nada menos que dos horas y veinticuatro minutos? Algo muy simple: lo bien que viven en un barrio neoyorquino todos los hispanos, sean de la raza que sea, y a quien nadie molesta. Simplemente viven, como dice la abuelita/madre de todos, resignados y con fe. Y, eso sí, aprendiendo a respirar, como si ejercitaran diariamente un ejercicio yoguista.

Un grupo heterogéneo que ha hecho suyo un barrio que, de todas maneras, está a punto de quedar destruido, pero no por el brutal capitalismo, no por la delincuencia u otras nimiedades, sino simplemente porque quieren o bien marcharse a su lugar de origen o a otro barrio de la ciudad para prosperar. El narrador del cuento tiene una tienda en la que le ayuda un joven amigo. Está enamorado de una peluquera que quiere convertirse en una modista de postín, y para ello busca en los contenedores de basura trozos desechados de ropa, para luego, por la noche, preparar con todo ello unos vestidos que no son los Cruella, pero casi. Al menos los hace ella, mientras Cruella los debe preparar por medios mágicos.

A lo largo de la película solo vemos a un ladronzuelo que quita unas cosas de la tienda de nuestro narrador, pero que no le preocupan mucho porque le conoce y mañana ya le dirá cuatro cosas, o un personaje, una hermosa joven, que vuelve desencantada de la Universidad donde está estudiando al barrio, ya que allí la trataban mal por eso, por ser hispana. Su padre, que se empeña por sacar adelante a su hija, le dice cuatro cosas, entre ellas que no podrá volver a entrar ya que debe no sé cuántos trimestres y ya se le ha pasado el plazo de las entregas. No olviden que estamos ante una película de bondades mil, de forma que cuando el padre llama a la Universidad le dicen que no se preocupe, que pague cuando le venga bien.

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Nada es capaz de cambiar este mundo donde los personajes cantan, bailan, se reúnen en fiestas multitudinarias, preparan comilonas y deciden no caer nunca en la pesadumbre, aunque a veces alguno de ellos se plantee eso el marcharse… Ni siquiera el gran apagón de Nueva York de 1977 les amarga. Para iluminarse basta sacar velas, linternas, lo que sea y, además, iluminar el cielo con fuegos artificiales salidos de no sabemos dónde.

En medio de todo ello está la jefa/madre de todos, una cubana (por cierto, de cubana no tiene nada) que les anima con su mantra de resignación y fe. Y como la tienen a ella, toca en el barrio un billete de lotería de cerca de cien mil euros, lo cual hace posible que alguien magnánimo dé más confort al barrio entero. Pero, miren por dónde, en principio parece no tener nadie el boleto premiado. El espectador que ha visto cine, sonríe y cree saber quién lo tiene. ¿Adivinan quién? No es difícil la pregunta.

Cuando pintan bastos la madrecita se muere y se marcha a un luminoso mundo de luz. Una muerte que hará posible que los habitantes del barrio sepan que pueden estudiar, tener prósperos negocios o, incluso, convertirse en reinas de la moda. Aquí nadie sufre, faltaba más.

Lo más curioso es que ese cuento narrado, a los niños aparentemente en la República Dominicana, no es tal, sino que está contado, imaginación aparte, en el mismo barrio donde transcurre toda la historia. Y, en ese momento final, se canta al barrio.

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Si la película muestra un sinfín de bondades, de amistad… donde el azúcar parece resbalar por la pantalla, también hay otra cosa, y esa si es bastante destacable. Me refiero a los números musicales colectivos o en pareja de gran vistosidad: el de la unión de los pueblos hispanos con sus banderas, el de la muerte de la madrecita, el del apagón neoyorquino o, entre otros, el que tiene lugar en la discoteca o el del agua. Sin olvidar claro el que bailan por la pared exterior de la casa Nina, la estudiante universitaria, con su novio negro. Sería aún mejor si no nos llevara a recordar aquel momento de Bodas reales en el que Fred Astaire baila por todas las paredes, techo incluido, de la habitación en la que se encuentra.

No es el único guiño a las grandes películas o realizadores del musical. Así en la escena del agua es imposible no recordar los números coreográficos de Busby Berkeley. Bob Fosse, y algún número musical de West Side Story, también aparecen por allí y no sólo.

Buenos bailarines y ritmos conseguidos en las diferentes escenas musicales la hacen digerible, a pesar de los sueñecitos de los personajes, del sermón sobre la resignación y fe y de su canto a una impoluta ciudad neoyorkina. Quiero recordar, por ejemplo, que el gran apagón sobre Nueva York que sale en el filme, no dio como resultado esa máxima, ya que abundó el pillaje, el salvajismo de muchos desheredados, o no, que dejaron destruidos gran parte de los comercios de la ciudad o los vagones del metro reducidos a ceniza. Se ve que los salvajes no vivían en este hermoso y despejado cielo.

Quizá En un barrio de Nueva York sea en definitiva una buena contrapartida de la pandemia sufrida… aunque, en realidad, eso sí se puede referir a la película pero no al musical en el que se inspira, que triunfó en Broadway hace unos años.

Ya lo saben, no lo olviden. Vivan sus sueños con resignación y fe. Amén

Escribe Adolfo Bellido López Revista Encadenados