CRÍTICA DE CINE

Bye Bye Germany: La pícara supervivencia

La Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias es, sin duda alguna, el hecho histórico sobre el cual el cine más ha indagado. Se han explorado infinidad de vertientes y formatos, aún dando espacio para la sorpresa y el deleite cinematográfico, como se puede encontrar en El hijo de Saúl (László Nemes, 2015). Setenta años después de su final, numerosas producciones siguen facturándose alrededor del mundo, que reafirman el interés fruto del impacto y los rastros aún vigentes del desastre en cuestión. 

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Comedia | 102 min. | Bélgica-Alemania 2017

Título: Bye Bye Germany.
Título original: Es war einmal in Deutschland... (Auf Wiedersehen Deutschland)
Director: Sam Garbarski.
Guión: Sam Garbarski.
Actores: Moritz Bleibtreu, Antje Traue, Mark Ivanir, Anatole Taubman. 

Estreno en España: 22/09/2017 
Productora: IGC Films / Entre Chien et Loup / Samsa Film

Distribuidora: Festival Films

 

Sinopsis

1946, Frankfurt. David Berman y sus seis amigos, todos sobrevivientes del Holocausto, tienen un solo propósito: escapar de Alemania tan pronto como sea posible. Sin embargo, son tiempos de crisis en el país tras la Segunda Guerra Mundial y el grupo necesitará una gran cantidad de dinero para lograr llegar a los Estados Unidos. Además, David guarda un oscuro pasado que provocará que la oficial estadounidense Sara Simon comience a investigarle. ¿Por qué tiene dos pasaportes? ¿Tenía algún contacto con Hitler?.

Crítica

La Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias es, sin duda alguna, el hecho histórico sobre el cual el cine más ha indagado. Se han explorado infinidad de vertientes y formatos, aún dando espacio para la sorpresa y el deleite cinematográfico, como se puede encontrar en El hijo de Saúl (László Nemes, 2015). Setenta años después de su final, numerosas producciones siguen facturándose alrededor del mundo, que reafirman el interés fruto del impacto y los rastros aún vigentes del desastre en cuestión. El itinerante Sam Garbarski se suma a estas filas de creadores con una aproximación en clave de humor acerca de la supervivencia judía durante la postguerra.

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El director apuesta por tamizar tal desolador contexto por medio del humor.

Como en otras ocasiones en la historia del cine, Garbarski apuesta por tamizar tal desolador contexto por medio del humor. Una comedia que sigue la línea entrañable propuesta por iconos populares como La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), apartando a un lado toda acidez o ínfula satírica iniciada con las cátedras sentadas por Lubitsch o Chaplin, ya coetáneamente con los hechos narrados. Así pues, la amabilidad se apodera del relato de David –un ya innegablemente carismático Moritz Bleibtreu-, judío superviviente de los campos de concentración que, para seguir con su existencia, aspira a emigrar a Estados Unidos. 

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A fin de reunir dinero suficiente para emprender su prospera nueva vida, recluta un grupo organizado de ciudadanos en una situación vital similar a la suya para enriquecerse mediante pequeñas estafas. La picaresca como método de supervivencia deviene uno de los leit motivs del film. Y, si bien, hay pequeños destellos punzantes (alguna ejecución puntual de las estafas o la subtrama de Hitler y sus ansias de resultar divertido), la benevolencia y algo cargante pulcritud humorística ahogan la película. 

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Aunque su sentido del ritmo es correcto y constante, el contenido general se resiente levemente debido a que el factor serio tampoco es tratado con demasiada profundidad y, por ende, hace palidecer esa emoción que se pretende instalar en el espectador, al fin y al cabo, traspasando un poco la frontera marcada por la “tierra de nadie”. Noble es su rechazo al maniqueísmo y a la provocación sentimental descarnada, pero Garbarski confunde sobriedad afectiva con planicie estilística, ofreciendo una obra bañada en las formas de representación más habituales.

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El mayor interés de Bye Bye Germany reside en la trama elegida para vehicular este nuevo paseo por el Holocausto, gracias a lo insólito de la aventura, pero también por rebajar el comprensible, pero a veces excesivamente subrayado, aire victimista de todo film con aspiraciones melodramáticas sobre esta vergüenza humanitaria. Porque los judíos fueron engañados y vilmente oprimidos, pero no eran ingenuos. Si para no morir tenían  que ser picaros, lo eran, como cualquier ser humano en situaciones extremas. De esta constatación sí que no es posible librarse nadie.