CRÍTICA DE CINE

Déjame salir: La encerrona de los blancos progresistas

 La sorprendente Déjame salir (Get Out, 2017) en primera instancia nos ayuda a ratificar el muy buen pasar del cine de horror contemporáneo y en segundo término nos devuelve una vertiente casi olvidada del género, la sarcástica orientada al humor y la sutileza formal…

 

Thriller | 103 min. | USA 2017

Título: Déjame salir.
Título original: Get Out.
Director: Jordan Peele.
Guión: Jordan Peele.
Actores: Daniel Kaluuya, Bradley Whitford, Allison Williams, Catherine Keener.

Estreno en España: 19/05/2017 
Productora: Blumhouse Productions / QC Entertainment.

Distribuidora: Universal Pictures Spain

Sinopsis:

Chris (Daniel Kaluuya) es un joven y exitoso fotógrafo afroamericano que, desde hace cinco meses, sale con Rose (Allison Williams), una chica blanca. Aunque no está del todo convencido, Chris termina cediendo a la invitación de Rose de conocer a su familia. La pareja hará una escapada de fin de semana y viajarán hasta la casa de sus padres, Dean (Bradley Whitford) y Missy (Catherine Keener), que desconocen por completo que el chico es de raza negra. 
Al principio todo es amable y políticamente correcto. Pero Chris no tardará en descubrir secretos y mentiras, sobre todo en relación con los dos misteriosos empleados afroamericanos que viven en la casona. A medida que avanza el fin de semana, una serie de inquietantes descubrimientos le llevarán a conocer una realidad que nunca habría imaginado.

Crítica

Si hay algo que le faltaba al terror actual, ese que de a poco viene recuperando el impulso y la variedad de sus mejores épocas, eran los films de tono satírico y/ o vocación social: a pesar de que el género casi siempre incluyó una capa de apuntes irónicos sobre el alcance comunal y político de los agentes de destrucción de turno, lo cierto es que se extraña mucho la causticidad de propuestas como Basket Case (1982), The Stuff (1985) o la extraordinaria Society (1989), de Brian Yuzna.

Déjame salir (Get Out, 2017) se ubica muy lejos de la malicia de la clase B de la década del 80 pero curiosamente nos devuelve una versión anterior de la misma táctica orientada a unificar al horror y la ciencia ficción con las parodias oblicuas para con la estupidez y miserias del ser humano, como si estuviésemos hablando de una mixtura entre The Stepford Wives (1975) y un típico capítulo de angustia suburbana de La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), la obra maestra de Rod Serling.

En el film abundan los momentos de plena incomodidad y desasosiego.

Esta maravillosa ópera prima de Jordan Peele, hasta hoy un actor y guionista especializado sobre todo en comedias, es sumamente sencilla a nivel de su premisa de base y allí mismo reside la destreza del realizador, en la ejecución concreta -léase puesta en escena y dirección de actores- de la andanada de momentos a plena incomodidad y desasosiego que la película nos plantea a lo largo de su desarrollo narrativo. La historia gira alrededor de una visita de fin de semana por parte de Chris Washington (Daniel Kaluuya), un joven afroamericano, y su novia blanca Rose Armitage (Allison Williams) a la remota casa de los padres de la chica, Dean (Bradley Whitford) y Missy (Catherine Keener). La excesiva hospitalidad de los anfitriones, unos clásicos demócratas que de tanta pose liberal terminan cayendo rápidamente en la ingenuidad, despierta de inmediato cierta inquietud en Chris, a lo que se suma la presencia de sirvientes negros que oscilan entre el autismo y la agresión.

Desde el inicio el guión del propio Peele establece un contrapunto entre la sensación de hostigamiento del protagonista en un entorno hegemonizado por un grupo de blanquitos progresistas (circunstancia que incluye la habilidad de Missy para la hipnosis y una reunión bien freak con los allegados del clan) y las hilarantes conversaciones que Chris mantiene por teléfono con su mejor amigo Rod Williams (LilRel Howery), un oficial de seguridad de los medios de transporte norteamericanos (es a través de los soliloquios y la jerga de este personaje que el cineasta deja entrever su grata experiencia en el timing cómico, en especial exacerbando los modismos y la picardía realista de los negros como un “remedio” ante el ambiente de cartón pintado que rodea a Chris).

El mayor mérito de Peele pasa precisamente por saber aggiornar un viejo recurso del terror, el centrado en un viaje hacia lo desconocido que deriva en pesadilla, jugándose por villanos que escudan su soberbia bajo la cordialidad. Llama poderosamente la atención la capacidad que demuestra el director en lo que respecta al apuntalamiento de esta encerrona paulatina sobre el protagonista, una emboscada creada a partir del desarrollo de personajes, las sorpresas símil thriller psicológico pausado y el gran desempeño de un elenco en el que se destacan Kaluuya y Howery.

Si bien Peele coquetea con la posibilidad de que la trama funcione como una parábola acerca de una especie de retro racismo reconvertido en esclavitud lisa y llana, a decir verdad el foco del relato se concentra en la dialéctica de las apariencias y la corrección política de la clase media estadounidense, un enclave que -como señalábamos anteriormente- a veces termina haciendo tanto daño a los sectores marginados como el accionar de los fascistas delirantes que pululan en el norte: el recurrir a estereotipos étnicos y a argumentos vetustos a pura ignorancia suele poner en perspectiva el hecho de que el respaldo/ apoyo de determinados individuos o colectivos puede ser contraproducente para una causa de igualdad social.

Déjame salir es el ejemplo perfecto de ese cine de género valioso que duplica en eficacia a los convites arties en lo referido a un análisis astuto de la arrogancia y el oportunismo político de las elites capitalistas y todas sus prácticas lindantes con el maquiavelismo más estremecedor…

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