CRÍTICA DE CINE

De-mentes criminales: La morfología del absurdo

La llegada a la cartelera de una película de Jared Hess es un acontecimiento notable que nos devuelve a períodos gloriosos en los que la comicidad no estaba ligada a una sonsera vulgar y escapista, sino a una perspectiva heterogénea encariñada con los eslabones más frágiles de la sociedad.

 

Comedia | 94 min. | EEUU 2016

Título: De-mentes criminales.
Título original: Masterminds.
Director: Jared Hess.
Guión: Chris Bowman, Hubbel Palmer, Emily Spivey.
Actores: Zach Galifianakis, Owen Wilson, Kristen Wiig, Leslie Jones.

Estreno en España: 04/01/2017 
Productora: Relativity Media / Broadway Video / Michaels-Goldwyn

Distribuidora: Tripictures.

 

Sinopsis

La cinta se centra en un hombre atrapado en una monótona vida. Él conduce un vehículo blindado transportando millones de dólares a otras personas. Sólo tiene un atisbo de emoción: trabajar con su coqueta compañera Kelly Campbell (Kristen Wiig), quien pronto trastocará todos sus planes. Junto a un grupo de delincuentes de medio pelo liderados por Steve Chambers, planearán el robo de 17 millones de dólares. Con un equipo de inexpertos, los rastros que irán dejando serán más que evidentes por lo que sólo habrá una cosa más difícil que organizar el robo: escapar con el botín.

Crítica

La llegada a la cartelera de una película de Jared Hess es un acontecimiento notable que nos devuelve a períodos gloriosos en los que la comicidad no estaba ligada a una sonsera vulgar y escapista, sino a una perspectiva heterogénea encariñada con los eslabones más frágiles de la sociedad…

Hollywood ha devaluado hasta niveles insospechados la comedia.

El Hollywood contemporáneo, de una manera similar a la televisión abierta, ha devaluado hasta niveles insospechados la comedia, un género que en otras épocas fue sinónimo de inteligencia, precisión y comentarios socialmente relevantes que por un lado remarcaban los inconvenientes de un sistema plagado de injusticias y por el otro destinaban sus dardos a la idiotez del individuo promedio y su falta de paciencia en lo que respecta a la faena de comprender al prójimo como un ser diferente o alterno. Sepultado bajo una sarta aburridísima de latiguillos y chistes burdos que se agotan en una canchereada infantiloide que dura apenas unas segundos, el humor -en su versión mainstream- se reduce al acto de degradar al vecino por su aspecto, sus actitudes o cualquier detalle de su persona, siempre con el deseo de estereotipar a todos para ratificar la cultura del agravio y la estratificación.

A pesar de este panorama general y sus ramificaciones en prácticamente cada producto de la industria norteamericana y sus “modelos espejo” a lo largo del globo, por suerte todavía podemos hallar excepciones como por ejemplo los opus de Jared Hess, Wes Anderson y Spike Jonze, tres realizadores que hicieron de la marginación y extravagancia de sus protagonistas sus banderas cinematográficas (otros exponentes exquisitos de la vertiente fueron las dos primeras películas de Michel Gondry y las dos primeras de Jean-Pierre Jeunet). La carrera de Hess, en especial, retoma muchos elementos de la comedia indie de la década del 90 y su homóloga contracultural de los 60 y 70 para analizar -mediante conductas bizarras y una ambientación de carácter grotesco- la complejidad de personajes sensibles en los que la anomalía, el delirio, la convicción y la valentía suelen ir de la mano.

Hasta este momento su obra estaba dividida en dos dípticos, el primero compuesto por las extraordinarias Napoleon Dynamite (2004) y Nacho Libre (2006), y el segundo por las inferiores pero muy eficaces Gentlemen Broncos (2009) y Don Verdean (2015): la primera dupla estuvo centrada en el derrotero de los parias en pos de alcanzar sus sueños y/ o ponderar sus ideales de igualdad y justicia por sobre cualquier categorización, y el dúo posterior apuntó a desenmascarar los vericuetos de la falsificación a través de una denuncia jocosa alrededor de las dos perspectivas del arte de la manipulación (Gentlemen Broncosestaba enfocada en la víctima de turno y Don Verdean en un victimario que se mofaba de la estupidez de la comunidad religiosa). Locos de Mentes (Masterminds, 2016) es el primer trabajo por encargo de Hess, no obstante en el resultado final esto no se percibe para nada.

La propuesta en cuestión mantiene todas las características de las creaciones del director, ahora asimismo combinándolas con astucia y desparpajo ya que el susodicho consigue adaptar un hecho real a su lenguaje e inquietudes retóricas. La trama gira en torno al robo en 1997 de unos 17 millones de dólares en efectivo en posesión de Loomis Fargo, una compañía transportadora de caudales. El responsable de llevar adelante el asalto fue David Ghantt (Zach Galifianakis), un empleado estrafalario de la empresa que bajo el encanto de Kelly Campbell (Kristen Wiig), una ex compañera, decide seguir el plan ideado por Steven Chambers (Owen Wilson), otro paladín surrealista que arrastra hacia el crimen a todos sus allegados. Luego del atraco y la huida de Ghantt a México hasta que las aguas se calmen, Chambers lo traiciona enviando a Michael McKinney (Jason Sudeikis), un asesino a sueldo.

Como corresponde a toda película de Hess, el surtido de secundarios es enriquecedor y pone el acento en la belleza de fondo de personajes cuya torpeza es equiparable al cariño del que son capaces y la coherencia ideológica que los motiva. En un mundo repleto de seres automatizados, tediosos y ventajistas, el norteamericano sigue escribiendo cartas de amor al humor absurdo y al porfiar todo terreno de los representantes más frágiles del entramado comunal, esos que habitan los límites de la indefinición y cuentan con el coraje para luchar por sus objetivos. En Locos de Mentes el director recupera el empeño político/ existencial de su primer díptico y aquel patetismo adorable/ paradójico de sus dos films siguientes, lo que deriva en otra aventura de impronta freak que ataca la trivialidad estadounidense y aboga por el respeto y la diversidad vía un despropósito muy hilarante…

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