Cine Nueva Tribuna

CRÍTICA DE CINE

Eso Que Tú me Das: La muerte ayer y hoy

Eso que tú me das

Cartelera España 30/09/2020

Eso que tú me das

Título original

Eso que tú me das
Año
Duración
65 min.
País
España España
Dirección

Guion

Màrius Sánchez, Silvia Merino

Música

Àlex Vílchez

Fotografía

Lluís Galter, Marc González, Bernat Sampol

Reparto

Documental, 

Productora

Atresmedia Cine, Producciones del Barrio

Género
Documental | Enfermedad
Sinopsis
En 2015, al cantante Pau Donés, de 'Jarabe de Palo', le diagnostican un cáncer con el que convivió durante 5 años. Veinte días antes de morir llamó a su amigo Jordi Évole desde el hospital, y le dijo: "Me quedan muy poquitos días de vida y quiero pasarlos en mi casa del Valle de Arán. Me gustaría que subieses, pudiésemos tener una charla, que la grabes y hagas con ella lo que quieras". 'Eso que tú me das' es el resultado de esa charla. 
 
CRÍTICA

Actualmente, nuestra cultura y maneras de relacionarnos con la muerte, hace que el morir pase inadvertido a los amigos y familiares de quien se encuentra en ese trance. Se muere en instituciones cerradas, asépticamente, se desvincula este acontecimiento humano del hogar, de la compañía de familiares, amigos o vecinos, y se deja el final de la existencia y su afrontamiento a una fría y deshumanizada sala hospitalaria.

Pero no siempre fue así. Me permito recordar algunas citas literarias que nos servirán para conocer cómo era cuando la muerte habitaba entre las personas como algo natural.

Decía Jorge Manrique (1440-1479) en las Coplas por la muerte de su padre: «tanto famoso y tan valiente», en referencia a la inevitabilidad del morir y cómo ello toca a todos sin excepción, produciéndose este acontecimiento en compañía: «Así, con tal entender, / todos sentidos humanos / conservados, / cercado de su mujer / y de sus hijos y hermanos y criados, / dio el alma a quien se la dio / (el cual la dio en el cielo en su gloria), / que aunque la vida perdió / dejónos harto consuelo su memoria».

La muerte es la pérdida de todo lo que se tiene y de lo que se podrá tener, la muerte es el máximo exponente de la limitación humana, de su fatal destino biológico y existencial, de su penosa desembocadura en lo incierto.

Y es igualmente la pena, la rabia, el profundo pesar y el corazón roto que tan magistralmente expresa el gongorino, contemporáneo y naturalista Miguel Hernández (1910-1942), en otra de las grandes elegías poéticas de la lengua castellana, la dedicada en Orihuela («su pueblo y el mío»), a su amigo Ramón Sijé («muerto como el rayo»), a quien tanto quería: «Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas, / compañero del alma, tan temprano. (...) No hay extensión más grande que mi herida, / lloro mi desventura y sus conjuntos / y siento más tu muerte que mi vida».

En este nuevo siglo, la muerte es cada vez más ignorada, diferente de los penares y emociones de los poetas de antaño o de no hace tanto. Han cambiado mucho las cosas y a un ritmo muy rápido. Antes, las cosas eran más próximas, se entendía de una manera más natural este designio de vida que es el morir.

A propósito de todo esto y del documental que ahora comentamos, Évole ha dicho algo que para mí es sustancial como elemento formativo: «Creo que un chaval de doce años puede ver la pieza. Y puede ser muy útil para que encare la muerte como nuestra generación no la ha encarado, porque igual nadie nos ha hablado de la muerte así».

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Aportes técnicos

El equipo del documental estuvo compuesto por ocho personas que se desplazaron para realizar las grabaciones a una localidad montañosa del pirineo catalán donde vivió sus últimos días Pau. Técnicos de fotografía y de sonido, guionistas y directores convivieron mañana y tarde para ofrecernos la grabación de un encuentro vital con un personaje muy especial.

El tratamiento fue sin barroquismo ni artificio alguno en los encuadres y planos de Lluis Galter, Marc González y Bernat Sampol, el montaje a cargo de Mónica Jové y una sencilla música de Álex Vílchez que acompaña la entrevista entre Jordi Évole y Pau Donés.

Sentados en una salita se va tejiendo la conversación con la complicidad que se ve existe entre ambos protagonistas. El humor que muestra en ocasiones Pau ayuda a serenar el drama en ciernes.

La última parte de la entrevista cambia el interior de la casa, por un panorama abierto a un grandioso paisaje de montaña y arboleda. Este cambio colabora a abrir el campo de visión a todo nivel, lo cual incluye la presencia de los técnicos de fotografía y sonido. La luz alegre del día y el colorido de la naturaleza dan una pincelada positiva a esta parte final de la entrevista.

Esta cinta fue grabada en varias sesiones, quince días antes del fallecimiento de Pau Donés. Hay que agradecer la generosidad de Pau por tan aleccionador y profundo testamento vital que es, sin más, un enorme regalo para la vida.

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De dónde parte la idea

Pau Donés llamó a Jordi Évole para que lo entrevistara y dejar su testamento, su visión del mundo y de las cosas. Como dijo Évole«Él es el que me llama, el que elige el sitio, el que decide luego subir a la montaña… Le faltó pasarme un cuestionario. Así que, si la peli no gusta, la culpa es de él».

Pau Donés es un hombre muy enfermo, delgadísimo, conmueve verlo en esa situación y eso se le nota a Évole; normal, entrevistar a alguien que se va a despedir de la vida da cosa un poco de… miedo tal vez; e incluso Jordi parece no saber cómo empezar y así lo expresa: «es que no sé ni qué decir ¿Qué has hecho esta mañana?».

Un documento aconsejable que alecciona

Évole ha afirmado de la entrevista: «había que hacerla. Y eso que tenía dudas. Yo no soy oncólogo, no sabía qué tipo de consecuencias podía tener este tipo de entrevista en un paciente con cáncer». Esta es la razón de que la primera conversación que se oye en el documental es la de la médica de Pau con Jordi al teléfono en la que le asegura que todo va a salir bien.

Lo que viene es puro testimonio y pura sinceridad de un Pau muy delgado, entubado, con un hilo de voz, pero hablando con seguridad, a veces con humor, otras con algo de nostalgia, a veces con crudeza, pero siempre con una sinceridad que se sale por la pantalla y recorre la médula del espectador. Eso sí es saber morir, pensé.

Sin desesperación, sin angustia desmedida, sin hastío. Vitalmente y dando gracias por lo ya vivido, por una existencia plena, contando anécdotas y pareceres, algunas de ellas cómicas, como cuando afirma que la sardana es muy aburrida, dando su espacio al entrevistador, con respeto a todo el mundo, pidiendo que se acabe el odio y la mala leche que no hace más que enconar y destruir; muchos temas que van fluyendo como un torrente por la debilitada voz de Pau, al que se le nota mucho que está en el límite de la vida.

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Refiere Pau también su deseo de comunicarse y de vivir hasta el último momento, soñando incluso con la concesión de una prórroga. 

Pau Donés es un ejemplo y una inspiración. Se traslucen en él las cualidades de una persona sabia que sabe estar en calma de una manera que a muchos habrá de resultar incomprensible. Pero Pau no hace una «negación» psíquica de su situación, tampoco está lleno de ira, ni se le ve derrumbado. Pero afirma que llora, que le gusta llorar, que le «encanta» llorar y que cuando da un abrazo pregunta: «¿con lloro o sin lloro?».

Desde luego no es un documento lacrimógeno ni sensiblero. No hay sentimentalismo extra. Sí inspiración, lucidez, tristeza —claro— y la extraordinaria impresión de escuchar una débil voz justo a un músico y cantante que nos enseñó a gritar y a bailar.

No hay espectáculo oscuro, lamentable, trágico o triste. Prueba de ello es que Pau Donés se ríe mucho a lo largo de la entrevista y eso es alentador, bonito, algo que alegra el dolor que flota.

Un famoso psicoanalista de nombre Heinz Kohut afirmó que las personas «sabias» afrontan la muerte sin conceder mucha importancia a ellos mismos y respondiendo a la impermanencia con un «dilatado sentido del humor». Una claudicación que en la pantalla se convierte en pura luz por la sonrisa y las risas de un Pau Donés que ya camina con su guitarra por el algodonoso cielo de los ángeles.

Eso que tú me das ya lleva un tiempo en las salas y su recaudación irá destinada a la investigación contra el cáncer. Ir de la mano de la ciencia era importante para sus autores.

Desde los primeros momentos del documental, recordé este poema de Juan Ramón Jiménez.

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las siestas del baño,
en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu de hoy errará, nostálgico...

Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.

(Gracias, Pau.)

Escribe Enrique Fernández Lópiz Revista Encadenados