CRÍTICA DE CINE

Fue La Mano De Dios: La vida entre Fellini y Maradona

Set of "The hand of God" by Paolo Sorrentino. in the picture Filippo Scotti, Toni Servillo and Teresa Saponangelo. Photo by Gianni Fiorito This photograph is for editorial use only, the copyright is of the film company and the photographer assigned by the film production company and can only be reproduced by publications in conjunction with the promotion of the film. The mention of the author-photographer is mandatory: Gianni Fiorito. Set del film "E' stata la mano di Dio" di Paolo Sorrentino. Nella foto Filippo Scotti, Toni Servillo e Teresa Saponangelo. Foto di Gianni Fiorito Questa fotografia è solo per uso editoriale, il diritto d'autore è della società cinematografica e del fotografo assegnato dalla società di produzione del film e può essere riprodotto solo da pubblicazioni in concomitanza con la promozione del film. E’ obbligatoria la menzione dell’autore- fotografo: Gianni Fiorito.

Fue la mano de Dios

Cartelera España 3 de diciembre  

Título original

È stata la mano di Dio aka 
Año
Duración
130 min.
País
 Italia
Dirección

Paolo Sorrentino

Guion

Paolo Sorrentino

Música

Lele Marchitelli

Fotografía

Daria D'Antonio

Reparto

Filippo ScottiToni ServilloLuisa RanieriTeresa SaponangeloMarlon JoubertLino MusellaRenato CarpentieriSofya GershevichEnzo DecaroMassimiliano GalloElisabetta PedrazziCiro CapanoBiagio Manna

Productora
Coproducción Italia-Estados Unidos; 

The Apartment, Netflix. Distribuidora: Netflix

Género
DramaComedia | Años 80Biográfico
Sinopsis
El oscarizado guionista y director Paolo Sorrentino presenta la historia de un chico, Fabietto Schisa (Filippo Scotti), en el turbulento Nápoles de los años ochenta. En "Fue la mano de Dios", hay lugar para alegres sorpresas, como la llegada del legendario futbolista Diego Maradona, y para una tragedia igual de imprevista. El destino interpreta su papel, la alegría y la desdicha se entrelazan y el futuro de Fabietto echa a rodar. Sorrentino vuelve a la ciudad que lo vio nacer para contar su historia más personal: un relato sobre el destino y la familia, los deportes y el cine, el amor y la pérdida.
 
CRÍTICA

Paolo Sorrentino ha vuelto a demostrar con Fue la mano de Dios (È stata la mano di Diom) que se trata de uno de los cineastas más relevantes de la actualidad. Con cincuenta y un años, el director napolitano es ya un clásico del cine de nuestro tiempo. En su último largometraje, de marcado contenido autobiográfico, realiza una nueva relectura de Fellini.

Si en La grande bellezza (2013) tomaba como referencia La dolce vita (1960), en Fue la mano de Dios se inspira fundamentalmente en Amarcord (1973). El filme se construye a través de los recuerdos del propio cineasta. Situada a mediados de la década de los 80, en Nápoles, la película narra las peripecias del adolescente Fabietto Schisa —trasunto de Sorrentino—, interpretado de manera notable por Filippo Scotti.

Es Fabietto un joven tímido, a menudo inmerso en sus cavilaciones, que despierta al erotismo a través de la hermosura física de su tía Patrizia (Luisa Renieri) y que crece entre la vitalidad y el humor de su familia. Los padres del muchacho, Saverio y María, son un prodigio de espontaneidad, en una mezcla genuina de inteligencia e ingenio. Toni Servillo, intérprete esencial del cine de Sorrentino, y Teresa Saponangelo encarnan admirablemente a los progenitores.

Algunas de las escenas corales, como la comida campestre o el baño posterior, tan fellinianas, tan berlanguianas, suponen momentos gloriosos del cine contemporáneo. Solo un genio de la altura de Sorrentino puede manejar con destreza secuencias con diez, doce personajes. No veía un manejo tan extraordinario de la coralidad desde Gosford Park (2001), de Robert Altman.

En el Nápoles de 1984, un acontecimiento deportivo cambia la vida de la ciudad: Diego Armando Maradona ficha por el equipo de fútbol local, convirtiéndose en el ídolo de Fabietto y de miles de habitantes de esta urbe del sur de Italia. El mejor futbolista del planeta llega a un club humilde, siempre a la sombra de los conjuntos poderosos del norte: Juventus, Inter y Milán.

Maradona representa la esperanza balompédica y una luz inagotable para los napolitanos: su orgullo, la expresión más auténtica de la conexión entre un pueblo y un deportista, la utopía de lograr cumplir los sueños de la sociedad napolitana. El padre de Fabietto le regala a este un abono en el estadio del Nápoles. Y cada partido acude a San Paolo con la ilusión de ver a Maradona, un crack mundial que para los seguidores será Diego, simplemente Diego.

En el verano de 1986, el calor de Nápoles es un sol de dicha, pues centenares de hogares tendrán la televisión conectada para ver la mayor demostración que un jugador de fútbol realiza en un Mundial. En México, Maradona lleva a Argentina al título, ofreciendo exhibiciones inolvidables.

Maradona no está latente de manera directa en el filme de Sorrentino —solo lo vemos al volante de un coche tras fichar por el Nápoles y entrenando las faltas al borde del área, efectuando maravillosos lanzamientos a la escuadra—, pero su magia deportiva, su aliento esperanzador para Fabietto y tantos napolitanos impregna todo el largometraje.

Sorrentino sí nos muestra en imágenes televisivas los mejores momentos del partido de Argentina contra Inglaterra, en junio de 1986, donde Maradona alcanza la cumbre más alta de su genialidad futbolística: en apenas cinco minutos marca un gol con la mano (hoy el VAR lo hubiera anulado, pero pareció y aún parece que Diego remata con la cabeza) y luego realiza un mágico eslalon, sorteando a varios rivales británicos, con la pelota pegada, cosida al pie izquierdo, veloz, imparable, cruzando más de medio campo hasta depositar el balón en la red de la portería de Shilton.

Ese gol es en el fútbol lo que Las Meninas en la pintura, Bohemian Rhapsody en la música, Qué verde era mi valle en el cine. Una obra de arte. Todos los vecinos del barrio de Fabietto gritan alborozados el gol, porque Diego los representaba a ellos también, una figura internacional, aunque ese estío jugase con la indumentaria albiceleste, en el continente americano.

Y si Maradona enlaza con la alegría y las esperanzas de ese adolescente ingenuo e introvertido, su presencia en un campo de fútbol hará que Fabietto escape de la tragedia. Un fin de semana de 1987, sus padres fallecen en un accidente doméstico en su casita de las montañas. Fabietto no los había acompañado porque el Nápoles jugaba en San Paolo y no quería perderse un partido de Diego.

El dolor irrumpe en su vida, y aunque pronto conozca el placer sexual y los aires libres de la amistad, Fabietto decide abandonar su urbe, su Nápoles, con dirección a Roma, para cumplir su incipiente sueño: convertirse en director de cine. Y se marcha simbólicamente el 10 de mayo de 1987, cuando el Nápoles gana su primer scudetto guiado por Maradona —maravilloso el contraste entre el fervor de la multitud y la voluntad solitaria del joven aspirante a cineasta.  

Las escenas donde se reflexiona sobre el propio arte cinematográfico son meritorias, aunque no alcanzan la maestría de las familiares. Con la muerte de María y Saverio, con la ausencia en la pantalla de Saponangelo y Servillo, también baja el nivel artístico de la película. El largometraje, muy brillante a nivel visual, con unos zooms majestuosos, quizá cae en un exceso de preciosismo, una seña de identidad del cine de Sorrentino, pero que a veces provoca que el ritmo narrativo sea demasiado pausado.

Con todo, Fue la mano de Dios es una magnífica película, obra de memoria y deseo, eliotiana, homenaje entrañable de Sorrentino a sus padres y al futbolista que le libró de un destino trágico.

«No hay un final. No existe un principio. Es solamente una infinita pasión por la vida».

Federico Fellini.

Javier Herreros Revista Encadenados