CRÍTICA DE CINE

El Gran Camino: Sé a dónde voy

El gran camino

Título original
The Great Way aka
Año
Duración
82 min.
País
 España
Dirección
Guion
Alba Prol Cid, Raúl García Pérez
Fotografía
Alba Prol Cid, Raúl García
Reparto
Documental
Productora
Meteorica Cine
Género
Documental
Sinopsis
Documental narrado en primera persona por Alba y Raúl, una pareja de jóvenes cineastas que decide cargar sus cámaras en las mochilas para emprender una aventura de miles de kilómetros por las grandes rutas a pie del mundo. El Pacific Crest Trail, uno de los senderos más extremos de los EEUU, el misterioso Camino Inca a Machu Picchu, la ancestral ruta de Kumano Kodo entre grandes templos japoneses, o el europeo Camino de Santiago, no son más que una excusa para un viaje más profundo al encuentro de la gente de los caminos, con los que se tratan temas universales como las fronteras, el amor y el sacrificio por la familia, los conflictos sociales, la espiritualidad, el cuidado de nuestro planeta y la conexión con la Pachamama, o el regreso a uno mismo.
 
CRÍTICA

Hace unos meses llegó a nuestras pantallas un trabajo autóctono bastante atípico en forma de documental titulada Dear Werner, en la que Pablo Maqueda, su director, caminaba siguiendo las huellas de Werner Herzog en su viaje de 1974 de Munich a París para ver a su moribunda mentora Lotte Eisner. Este viaje introspectivo a pié fue un acto de amor hacia uno de los mejores cineastas de nuestro tiempo. Ahora nos llega otro documental en el que su pareja protagonista se patea cuatro de los destinos más impresionantes que uno se pueda imaginar para ejercer de caminante: el Pacific Crest Trail, que atraviesa la Costa Oeste de Estados Unidos, el camino Kumano Kodo en la región del Wakayama en Japón, el Camino Inca en Perú y el Camino de Santiago...ahí es nada.

Y lo cierto es que este macroperiplo mochilero les ha salido bastante bien en cuanto a entretenimiento filmado se refiere, y no lo decimos solo nosotros, porque la filmación ya ha sido reconocida con premios tan prestigiosos como los News York Cinematography Awards o los Instambul Film Awards. El desparpajo de ámbos a la hora de ilustrarnos mediante sendas voces en off de su espectacular aventura peregrina y las mil y una anécdotas que les suceden suponen un material muy apreciable que debería verse en cuantos más cines mejor, dada la grandeza y magnanimidad de los paisajes que se nos muestran. En cada etapa de su trayecto optan por reunir valiosas opiniones en forma de bustos caminantes tanto de los responsables y guías encargados de acompañarles o darles cobijo como de otros atrevidos pateadores que, como ellos, se han atrevido a calzarse las botas y emular aquello que una vez dijo   Jean-Jaques Rousseau en sus Confesiones: «Sólo puedo meditar cuando estoy caminando. Cuando me detengo, cesa el pensamiento; mi mente sólo funciona con mis piernas».

De los cuatro enclaves visitados, los dos primeros son, desde luego, los más sufridos; sobre todo el segundo, con unas cuestas empinadas para llegar al Machu Pichu que harían poner los pelos como escarpias a cualquiera. Allí el mal de altura se ataja con las hojas de coca, aunque se nos aclara que la alegría de quien alcanza la cima no es exponencial a la cantidad de sustancia estimulante digerida. De todas formas, a nosotros no deja de sorprendernos la radiante cara de Alba Prol Cid habiéndose levantado a las tres de la mañana en la etapa reina (es broma), mientras que a su camarada de fatigas, Raúl García, se le nota en algunos momentos que el Mortirolo se le hace bastante cuesta arriba. En cuanto a la caminata primera por esos mismos parajes que se vieron en las muy recomendables Hacia Rutas Salvajes de Sean Penn y Alma Salvaje de jean Marc-Vallee, vale la pena resaltar la figura de ese productor de Hollywood que vivía retirado en Hiker Town y que había decorado el espacio donde descansaban los fatigados penitentes con fotos antiguas de estrellas de cine además de ambientar e lugar como si se tratara de un poblado del viejo Oeste.

No nos extraña que el documental haya sido un éxito allá por donde se ha proyectado, habida cuenta de que funciona a modo de cantimplora para el sediento y maná para el hambriento, o sea para el sufrido y enjaulado espectador que lleva más de un año sin poder moverse de su comunidad debido a lo que todos sabemos. Dan ganas de llenar el macuto (aunque se nos repite en más de una ocasión que ese sea uno de los errores mayúsculos de los exploradores principiantes, el de llevar más peso del adecuado), y salir en estampida a reventar el cuentakilómetros. A quien esto firma se le saltaron las lágrimas en el tercer viaje, aquel que transcurre en la impresionante y bellísima red de caminos que conectan los santuarios de Kumano Sanzan. Allí los rostros de nuestros héroes parecen alcanzar un grado de felicidad extrema; y es que quién se puede resistir a los exquisitos manjares que se sirven en el Shangri-la regentado por los dueños más flamencos que uno se pueda llegar a imaginar.

El cuarto y último recoveco visitado es el que les devuelve al hogar, dulce hogar; ese Camino de Santiago que algunos hemos tenido la suerte de llevar a cabo hace años y que para nada desmerece en atractivo y encanto a las ubicaciones anteriormente mostradas. Este cierre local viene acompañado de una serie de reflexiones, preguntas y conclusiones que funcionan a modo de epílogo ideal en el que se nos plantean temas tan interesantes como la razón por la que la gente camina; o las certezas de que uno es más fuerte de lo que cree y de que caminar te permite conectar con el mundo y en definitiva sentirse libre. Ojalá una vez salga del circuito comercial se pueda mostrar este estimable trabajo en institutos y demás centros escolares. Más que nada para que la juventud deje un poco de lado su tendencia a vivir como un cyborg y se atrevan a conectar de algún modo con la naturaleza.