CRÍTICA DE CINE

El jardín de Jeannette: Retrato de una Dama en la ventana

Stéphan Brizé (La Loi du Marché) traslada el relato de Guy de Maupassant de una forma más realista y detallista de la época donde una joven tendrá que hacer frente a todas las trabas que se impongan en su vida.

Drama | 119 min. | Francia 2016

Título: El jardín de Jeannette.
Título original: Une vie
Director: Stéphane Brizé.
Guión: Hiroshi Saitô, Hanmo Sugiura, Yôichi Katô.
Actores: Judith Chemla, Jean-Pierre Darroussin, Yolande Moreau, Swann Arlaud

Estreno en España: 06/10/2017 
Productora: Stéphane Brizé, Florence Vignon (Novela: Guy de Maupassant).

Distribuidora: Selecta Vision

Sinopsis

Normandía, 1819. Jeanne es una chica joven, inocente y repleta de sueños infantiles cuando regresa a casa tras acabar sus estudios escolares en un convento. Se casa con un vizconde local, Julien de Lamare, que no tarda en mostrarse como un hombre miserable e infiel. Poco a poco, las ilusiones vitales de Jeanne se desvanecen.

Crítica

Tras una cinta tan necesaria como actual como La Loi du Marché, Stéphane Brizé nos traslada en esta ocasión a la campiña francesa decimonónica con la segunda adaptación de la novela homónima de Guy de Maupassant después de aquella de Alexandre Astruc (desconocida para el que escribe hasta haber indagado y haberla visionado después de ver esta nueva versión).

Astruc, antes que director era crítico de cine y al igual que muchos de su época, escribía en Cahiers du Cinema, dónde redactó entre otras, su teoría de la cámera-styló (cámara-lápiz).

Astruc, antes que director era crítico de cine y al igual que muchos de su época, escribía en Cahiers du Cinema, dónde redactó entre otras, su teoría de la cámera-styló (cámara-lápiz) en la que diferencia y se distanciaba de esos directores que calcaban narrativamente las adaptaciones literarias en el cine sin tener en cuenta los sentimientos y se posicionaba a favor de una adaptación que, aunque traicionase argumentalmente a la obra literaria, mantuviera el espíritu de esta, en un intento de trasladar las emociones de los personajes a la pantalla.

Su adaptación sigue firmemente sus postulados y lo que nos encontramos es un melodrama sobrecargado y colorista cercano a los dirigidos por Douglas Sirk, con una Maria Schnell en el papel de Jeanne a flor de piel, al igual que el resto de personajes que pueblan la cinta. Sin embargo, Brizé, sin hacer un calco palabra a palabra de la obra de Maupassant, se aleja de este sentimentalismo romántico y prefiere una puesta en escena más realista, detallando el costumbrismo de la época (estupendas escenas de siembra y recogida) e incluso recurriendo a un estilo cercano a esas películas de Super 8 dónde condensa ese tiempo sumatorio que ya aparecía en la propia novela. Su protagonista sufre, pero más por dentro que por fuera. Es una mujer abnegada frente los sinsabores que le da la vida y de hecho el director expresa esta fuerza interior del personaje en dos momentos maravillosos del filme y que tienen como protagonista fundamental el uso de la ventana.

En su libro “Imágenes del Silencio: Los motivos visuales en el cine”, Jordi Balló hace una exhaustiva indagación y explicación entre otros, de esa imagen tan melancólica y poderosa que es el tener a una mujer en una ventana, un motivo muy repetido en la historia del arte y en el cine en particular y que pierde cierta fuerza cuando el que está junto a ella es el hombre, y entre de las muchas disquisiciones en la que divide este capítulo hay dos que retratan perfectamente las dos escenas tan intensas y eficaces de este filme: los sueños de superación y el recuerdo de la ausencia.

Así, cuando al comienzo del filme, la joven Jeanne (interpretada de forma impecable por Judith Chemla en lo que puede ser el mejor papel en su filmografía), llena de vida, permanece junto a esta en una mañana de primavera mientras en off se planifica su vida con su futuro marido, la sensación que percibimos es la de ese primer amor lleno de vitalidad e ilusiones que nos trasporta a otro mundo, ya que para la joven, es también una forma de salir de esa mansión familiar, que aunque acogedora, se comporta como una cárcel, otro motivo que irá aumentando a lo largo del filme, al ser el único espacio donde se muevan los personajes, algo que su formato de 1.33:1, el primer formato usado para el cine tanto por Edison como por los Lumière, incide aún más

En contraste, casi al final de la película, la misma posición junto a la ventana, esta vez sin voz en off y bajo un gélido invierno, nos genera una impresión diferente, más triste y melancólica dónde una mirada nos cuenta el pesar de la protagonista esperando la visita de su hijo, que nunca llega, y rememorando todos los obstáculos que ha tenido que sufrir a lo largo de su vida y en la que quizás haya algún resquicio al final para la esperanza.