Cine Nueva Tribuna

CRÍTICA DE CINE

El juicio de los 7 de Chicago: Las rimas de la historia

El juicio de los 7 de Chicago

Cartelera España 2/10/2020  

El juicio de los 7 de Chicago

Título original

The Trial of the Chicago 7
Año
Duración
129 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Dirección

Guion

Aaron Sorkin

Música

Daniel Pemberton

Fotografía

Phedon Papamichael

Reparto

Productora

Coproducción Estados Unidos-Reino Unido; Amblin Partners, Paramount Pictures, Cross Creek Pictures, Marc Platt Productions, Reliance Entertainment, DreamWorks SKG, MadRiver Pictures, ShivHans Pictures. Distribuida por Netflix

Género
Drama | Basado en hechos realesAños 60Drama judicialDrama social
Web oficial
https://www.netflix.com/title/81043755
Sinopsis
En 1969 se celebró uno de los juicios más populares de la Historia de Estados Unidos, en el que siete individuos detenidos durante una manifestación en contra de la guerra de Vietnam fueron juzgados tras ser acusados de conspirar en contra de la seguridad nacional. Su arresto se produjo a consecuencia de unos disturbios contra la policía y el juicio, impulsado por el nuevo fiscal general, fue claramente político, dando lugar a una serie de conflictos sociales -manifestaciones, movimientos ciudadanos, impulso de los derechos civiles- que pasarían a la posteridad en una época de grandes cambios en los Estados Unidos. 
 
CRÍTICA

Hace aproximadamente un mes, llegaba de un modo limitado a las salas de cine la segunda película como realizador del celebrado guionista Aaron Sorkin, artífice de los libretos de películas como Algunos hombres buenos (1997) o La red social (2014), y de una gran cantidad de series de televisión, entre las que cabe destacar El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006) o The newsroom (2012-2014). El filme, producido por Netflix, pasó a la plataforma de streaming el pasado 14 de octubre y desde entonces los suscriptores tienen la oportunidad de disfrutar de esta pequeña joya sin coste añadido.

La película es marca de la casa Sorkin: un drama jurídico/político —y el doble epíteto tiene un correlato directo con el desarrollo de la trama, donde se hace referencia constante al hecho de que lo que se está viviendo es un juicio marcado y auspiciado por la situación política— de gran intensidad argumental, con diálogos muy ajustados a la acción, sin abuso —e incluso apenas uso— de recursos visuales y con multitud de material de archivo que le confiere un realismo documental más efectista que fiel a los hechos, pero que casa muy bien con la intención del director de hacer rimar la historia.

Y digo esto, como muchos ya habrán imaginado, porque haciendo buena la sentencia de Mark Twain —la historia no se repite, pero a veces rima—, lo que parece pretender Sorkin con su película es analizar el presente desde la recuperación de hechos pasados que guarden con él una similitud asonante, produciendo a su vez un efecto poético —catártico, para más señas— que, sin resultar impostado, retome vivencias y muestre caminos por los que no deberíamos volver a transitar.

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El drama histórico, del mismo modo que la ciencia ficción, nos habla las más de las veces de nuestro tiempo, aunque al contrario que ésta, no pretende metaforizar los hechos y sus advertencias, sino que las muestra en su desnudez más cruda, para recordarnos que ya tropezamos más de una vez con las mismas piedras. Es imposible sustraerse a la situación actual cuando se contempla El juicio de los 7 de Chicago: lo interesante es ver cómo están compuestas las rimas.

La cuestión sobre la pericia de Sorkin como escritor no parece discutible: sabe presentar los hechos más complejos de manera precisa, es capaz de dotar de carisma a sus personajes desde el mero uso de la palabra, calza como un guante la puesta en escena al negro sobre blanco de sus guiones —con ciertas salvedades— tiene el talento suficiente como para prescindir de excesos visuales que distraigan al respetable de lo esencial.

No en vano ha trabajado con los mejores —David Fincher, Rob Reiner, Jeff Nichols y su inseparable Tommy Schlamme— y ha sido capaz de aprender algo de cada uno de ellos, poniendo al servicio de su indudable capacidad para contar historias, al menos lo imprescindible de las técnicas de los grandes realizadores.

La película de Sorkin no es un prodigio de dirección, ni pasará a la historia por su ejecución o innovación artística o por crear un nuevo estilo, pero lo mejor que puede decirse es que su realización no va a la zaga de su escritura, y que ambas mantienen un nivel muy notable.

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El filme comienza con un ágil y magnífico resumen de lo que significó para miles de jóvenes estadounidenses el reclutamiento arbitrario —y forzoso— para la guerra de Vietnam, y cómo este hecho sirvió de aglutinante para que las más diversas asociaciones protestaran unidas por una amenaza concreta de carácter global: el pacifismo, el ecologismo, el antirracismo, el antiimperialismo y los movimientos estudiantiles encontraron motivos reales de protesta en una guerra impopular e inútil que mandaba al matadero lo mejor de una sociedad norteamericana que, ahíta de prosperidad y decidida a avanzar en la necesaria consecución de los derechos civiles, se vio obligada a luchar durante una década contra fantasmas creados por una clase política paranoica, consciente de su fatuidad y su cobardía a la hora de ampliar aquellos derechos.

Sorkin es capaz de plasmar esta fatuidad en las más bajas motivaciones humanas de los rivales políticos, cuando sugiere que un simple gesto de descortesía en el traspaso de poderes pudo propiciar la apertura de un juicio político contra gente que en su momento no fue perseguida: un dar la patada en culo ajeno por parte de los republicanos para molestar levemente a los demócratas, siempre a costa de los impuestos y de la vida en libertad de los ciudadanos. Viejos versos de canción protesta que hoy riman con las cadenciosas frases del Hip-Hop; con protagonistas distintos, las mismas bajezas.

Desde aquí se construye la farsa, sustantivo que podría aplicarse tanto a sustancia real del proceso judicial que padecen los protagonistas, como al género dramático que Sorkin se entrega en ocasiones a lo largo del filme, estilo que brilla con destellos de humor y sarcasmo que lo hacen, además de profundo, ligero y disfrutable.

No en vano también Marx dijo que la historia se repetía, primero como tragedia y luego como farsa.

Sin embargo, el neoyorkino no duda en descender, cultivando el reverso dramático, a las oscuras cloacas de la más sucia política; lo hace siempre de la mano de la versatilidad de su equipo actoral, un nutrido grupo de personajes dibujado con precisión por el Sorkin guionista, pero interpretado de manera excepcional por artistas de los más variados registros.

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Sorprende sobre todo un Sacha Baron Cohen que parece caracterizarse a sí mismo: un chistoso e inteligente nihilista que saca constantemente de sus casillas a propios y extraños, tanto al Tom Hayden emulado por Eddie Redmayne —quizá el menos brillante del elenco, por la recurrencia a sus ya característicos gestos— como al Juez Hoffman interpretado por el gigantesco Frank Langella.

En un estilo totalmente diferente pero igualmente brillante, encontramos la firme composición de Yahya Abdul-Mateen II, que encarna a Bobby Seale, el líder de los Panteras Negras falsamente acusado en este y otros juicios que protagoniza alguno de los momentos más hondamente dramáticos y tensos del filme.      

He optado por destacar a estos actores, pero tanto me valdría haber señalado a cualquiera de los otros: uno de los aspectos fuertes de la película es su trabajo, y a fe mía que algo de la verdadera indignación que produjeron los hechos que se narran ha tenido que ver con la intensidad con que los intérpretes ejecutan sus papeles.

Porque los hechos históricos, señoras y señores, son lo que constituye a la vez el lado más intrigante y oscuro de un filme que a veces sobrepasa la realidad y otras se queda corto.

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Con respecto a las veces en que se sobrepasa, cabe señalar que la escena final no fue tal y como se narra. Me centro especialmente en ella porque constituye un clímax emotivo de primer orden; si bien es cierto que mucha gente puede considerarla fácil o sensiblera, no lo es menos que consigue su objetivo: acabar por todo lo alto una película que nos ha puesto los nervios a flor de piel más de una vez.

En un aspecto técnico, la mencionada escena consigue rehabilitar a un personaje que había aparecido desdibujado y titubeante, recuperando con ello el protagonismo real que probablemente tuvo. Por las mismas razones, dignifica el papel del fiscal interpretado por Joseph Gordon Levitt, cuyo personaje real, al parecer, no fue tan íntegro o amable durante el proceso como se sugiere en el filme; pareciera que Sorkin hubiese querido dotarlo de un poso de humanidad, quizá para no componer un relato en exceso maniqueo.

Con respecto a lo que en efecto sucedió, cabe decir que, si el alegato final no fue tan poético, también es cierto que no fue ni mucho menos insulso: los siete pusieron los puntos sobre las íes y señalaron la deriva ideológica y sectaria del sistema judicial y político estadounidense de aquellos tiempos.

Por qué Sorkin ha optado por este relato escapa también a nuestra comprensión: puede que las conclusiones fueran en exceso extensas para ponerlas en una película. Quizá fuera demasiado osada la pretensión de componer una histórica rima consonante con los tiempos que corren, a las puertas de unas elecciones... o simplemente ha optado por la vis emotiva y dramática mencionando a los verdaderos protagonistas anónimos del filme.

Si por el contrario nos centramos en lo que se halla suavizado, podemos señalar que el juez fue más autoritario de lo que sugiere la película; que el trato a los procesados fue aún más denigrante —con especial mención a Bobby Seale, que fue maniatado y amordazado durante días— y que los protagonistas no fueron tan heroicos y puros como se nos quiere dar a entender con algunas de sus acciones.

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Pero esto, que pertenece al reino de la historia efectiva, no es tan poético —tan ejemplar, tan catártico— como quisieran Aristóteles y su discípulo Sorkin.

Cualquiera puede seguir las vidas posteriores de los procesados y averiguar cómo acabo todo realmente, y en este sentido cabe mencionar la línea divergente que siguieron los Yippies  Abbie Hoffman y Jerry Rubin. Mientras el primero se mantuvo revolucionario y coherente hasta la muerte, Jerry Rubin optó por cambiar una sola letra de su antigua adscripción y devino en el prototipo de Yuppie de Wall Street.

Pero quizá eso sea una cuestión para componer una rima distinta y deba ser dejado para otra ocasión.

Lo cierto es que la película de Sorkin consigue atrapar al espectador por su temática, por su oficio y por ser capaz de transmutar una época en otra sin que se note demasiado, pero sin que se ignoren sus intenciones.

Esa es, sin duda, otra de las grandes virtudes de un cineasta: el saber decir lo que debe decirse sin hacer ver que se está diciendo

Escribe Ángel Vallejo  Revista Encadenados