CRÍTICA DE CINE

Meseta: La España Del Silencio

Meseta

Título original
Meseta
Año
Duración
89 min.
País
 España
Dirección
Guion
Juan Palacios
Fotografía
Juan Palacios
Reparto
Documental
Productora
Doxa Producciones, Jabuba Films
Género
Documental | Vida rural
Sinopsis
En algún lugar de la meseta española un pastor de ovejas sueña con viajar al Titicaca, un dúo musical retirado recuerda su época dorada, dos niñas buscan pokemons sin suerte y un abuelo recuenta las casas vacías del pueblo para quedarse dormido. Los personajes de esta película aparecen como accidentes geográficos de un territorio cuya cultura y estilo de vida parecen desvanecerse en el tiempo.
 
CRÍTICA

Resulta dificultoso escribir una crítica sobre este documental sin caer en la tentación de mirarlo con ojos de urbanita con anhelos de escapismo. El bucolismo que envuelve cada fotograma actúa de metadona para quien tiene como banda sonora el ruido infernal y el estrés de las ciudades. Es un hecho indudable que la geografía no solo determina el aspecto material del hombre, sino también su aspecto espiritual. Así que lo escrito alcanzaría mucho más valor si los que juzgaran el resultado final fueran los porpios protagonistas del no relato, aquéllos que desnudan sus rutinas diarias para que el ojo foráneo paladee cada rincón silencioso de la meseta castellana. A fin de cuentas, al principio estos mismos moradores se autoevalúan con sana retranca al mirar las estéticas fotos en las que son protagonistas. ¿Qué pensarán entonces cuando se vean en pantalla grande soltando sentencias meditadas que en ocasiones rozan el surrealismo o durmiendo a pierna suelta mecidos por la brisa y esos sonidos que a algunos les recuerda el mar?.

Ahí radica parte de la grandeza de este documento necesario que se mueve con soltura entre el costumbrismo y el realismo mágico; un trabajo que posee la virtud de saber reinventarse en cada episodio para sorprendernos con imágenes y personajes impagables. Quedamos atrapados en su sencillez igual que Labordeta se quedaba cuajado tras una jartá de platos de cuchara mientras hacía como que escuchaba los relatos ancestrales de quienes le habían regalado manjares tan suculentos como contundentes. Una vida rural que muestra su mejor cara en el sosiego que se percibe en cada instante. Pero una vez que nos encontramos a gusto al lado de unos habitantes pintorescos que nos explican sus dificultades para habituarse al uso de las nuevas tecnologías, pastorean o pescan o se lamentan ante el éxodo vecinal que les ha dejado más solos que la una el tono de lo narrado se arrima al clarooscuro, a esos momentos vespertinos en los que lo nítido empieza a enturbiarse.

Es en este último tercio, por cierto desdeñado por la mayoría de críticas leídas que no saben ver más allá de lo que ellos llaman "combinación bucólica envidiable", donde el comentario afable muta en esperpento. Con unos minutos musicales reveladores a cargo de dos auténticas leyendas del cante como punto de inflexión entre lo transparente y lo opaco, somos testigos de como el buenrollismo es atizado a base de verdades como puños, y la bonita trucha se da de bruces con el cochino charco. La vida en el campo está repleta de obstáculos, y el afable pueblerino puede llevar intrínseco un carácter sobrio y seco que amenace a cualquier furtivo que ose emular su "modus vivendi". Y para colmo de lo tenebroso, aquellas niñas sinceras en su ingenuidad que en los primeros compases nos producían una sonrisa en su búsqueda infructuosa de asisrse a la realidad generacional en páramos desolados, ahora se atreven a adentrarse en terrenos pavorosos jugando entre tumbas y apelando a esas historias para no dormir que garantizan las pesadillas de los más inocentes.

Un giro inesperado por su crudeza que anticipa el círculo que se cierra. Es hora de que el rebaño descanse mientras que los pastores intenten conciliar el sueño, aunque para ello tengan que echar mano de un buen vaso de vino recién fermentado o de la matemática derivada de la ausencia y la soledad. Toda una experiencia visual y sensorial que no debería pasar desapercibida.