CRÍTICA DE CINE DE NETFLIX

Metal Lords: Bajo voltaje

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Metal Lords

Netflix (estrenos destacados) 8 de abril

Título original

Metal Lords
Año
Duración
97 min.
País
 Estados Unidos
Dirección

Peter Sollett

Guion

D.B. Weiss

Música

Ramin Djawadi

Fotografía

Anette Haellmigk

Reparto

Brett GelmanJaeden MartellSufe BradshawKatie O'GradyIsis HainsworthTeddy Van EeNoah UrreaMichelle FangKatie McCabeMike D HarrisParker HallAnalesa FisherLilian McNeil, ver 9 más

Productora

Bighead Littlehead. Distribuidora: Netflix

Género
ComediaDrama | AmistadMúsicaAdolescenciaColegios & UniversidadEnfermedad
Sinopsis
Para Hunter y Kevin, dos adolescentes marginados, el camino a la gloria está claro: entregarse al metal, ganar la Batalla de Bandas y ser adorados como si fueran dioses.
 
CRÍTICA

Echando un vistazo a vuelapluma a la ficha técnica de Lords of Metal, el film que nos ocupa, un dato de raigambre coetánea nos llama inmediatamente la atención: dirección,guion, producción, dirección de fotografía y banda sonora tienen en común que vienen firmados por personas nacidas en los años setenta del siglo pasado. Esto en principio no tendría mayor transcendencia si no fuera porque el contexto donde se localiza la acción tiene como protagonistas a un irreverente grupúsculo de imberbes. ¿Sindrome peterpanesco de los que ya llevan más de medio siglo a sus espaldas?. Pues va a ser que sí. El olor a naftalina ochentera rezuma cada fotograma y el mensaje, que debería ser rompedor y revolucionario dado el tipo de música homenajeada (en este caso el heavy metal, o mejor dicho, el post-death metal), suena más conservador que un opositor al matrimonio gay.

Y para muestra rápida un botón: una escena que acontece en el jacuzzi de una casa que ha acogido una fiesta y en la que aparecen cual espectros disfrazados de ángeles del infierno algunas viejas glorias de la música metalera (para ser exactos cuatro jinetes del apocalípsis primeras espadas de grupos señeros como Rage Against The Machine; Metallica; Anthrax y Judas Priest). No hacen acto de presencia para deleitarnos precisamente con un remix de sus hits o para mostrarnos material nuevo, sino que tan solo lucen palmito con el reaccionario propósito de advertir al engatusado protagonista de que no caiga en enredos sexuales ajenos y se centre en su noviazgo puro y sincero, que a la postre será lo que le traiga más alegrías. Seguro que ellos cuando jóvenes predicaron con el ejemplo de una vida monacal sosegada y monogámica. No se lo creen ni ellos…

Este ejercicio retrógrado de chavales marginados unidos por la música que idolatra a Satanás y perpetrado por cineastas cincuentones no tiene visos de ser vitoreado por los jóvenes actuales, a los que en teoría va dirigido el film. Al contrario, es complicado que se vean reconocidos en unos clichés calcados de las producciones ochenteras que tuvieron su film seminal en Desmadre a la Americana y que dieron como fruto una riada de títulos tipo la saga de Porky´s que ahora se revisitan con indisimulada nostalgia y muy poca originalidad. Al menos Woody Allen cuando escogió a estrellas adolescentes contemporáneas para protagonizar Día de lluvia en Nueva York (con Chamalet y Selena Gómez a la cabeza)  tuvo la honradez de retratarlos como si fueran actores de los de antes, sin querer dar gato por liebre al personal.

Si a esto unimos un guion pacato que se va desinflando en sus propias contradicciones, trufado de situaciones forzadas irrisorias e inverosímiles en su desarrollo; unas interpretaciones normalitas aunque sea digno reconocer el esfuerzo del trío de chavales principal  por elevar el listón de sus manidas frases de diálogo intentando reavivar el muerto y la obsesión de los hacedores por demostrar en todo momento que la rebeldía simpere pasa por enfrentarse a los mayores caricaturizados (padres y profesores opresores que parecen sacados de uncirco) pues ya tendremos el enésimo subproducto de plataforma destinado a sobrevivir en el recuerdo tanto como lo que dura un suspiro.

Segurmanete la falta de sorpresas y de elementos que inviten a la reflexión sea otro de los handicaps a los que se enfrente el espectador. Lo prosaico de la historia y lo poco convincente de las caracterizaciones elimina cualquier visión emocional que pudiera hacernos empatizar con lo que sucede en pantalla. Al contrario, episodios tan prescindibles, inacabados y ásperos  como el que tiene lugar en el centro mental o el de los primeros encuentros sexuales nos advierten de que no interesa profundizar en temas trascendentales abocándonos a un manido y anticlimático colofón en el que ni habrá sangre en el escenario, ni se invocarán demonios, ni se quemarán discos de baladistas tipo Ed Sheeran ni nada por el estilo. Todo muy cuqui y funcional.