CRÍTICA DE CINE

Muchos hijos, un mono y un castillo: José Antonio en croquetas

El actor Gustavo Salmerón explica en este documental atípico, Muchos hijos, un mono y un castillo, como es su madre, Julia, una mujer vital, con unas circunstancias dignas de contar y algunas contradicciones. Difícil tarea se mire por donde se mire.

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Documental | 90 min. | España 2017

Título: Muchos hijos, un mono y un castillo.
Título original: Muchos hijos, un mono y un castillo.
Director: Gustavo Salmerón.
Guión: Gustavo Salmerón, Raúl de Torres, Beatriz Montáñez.
Intervienen: Gustavo Salmerón, Julita Salmerón, David Salmerón.

Estreno en España: 15/12/2017 
Productora: Sueños Despiertos.

Distribuidora: Caramel Films.

Sinopsis

Tener muchos hijos, tener un mono y también un castillo. Estos eran los tres deseos con los que Julita Salmerón soñó desde niña. Los tres deseos se convirtieron en realidad. Julita tuvo seis hijos, un mono que le hizo muy feliz hasta que empezó a morder a la gente, y un castillo que pudo comprar gracias a una herencia. 
Cuando la familia descubre que Julita ha perdido la vértebra de su abuela, asesinada durante la guerra, guardada a lo largo de tres generaciones, la familia emprende una afanosa búsqueda con el objetivo de enterrar sus restos. Aparecerán entonces los más peculiares y extraños objetos que Julita ha ido acumulando a lo largo de sus más de ochenta años. Claro que lo que en realidad Julita está a punto de encontrar es el verdadero significado de la vida.

CRÍTICA

El actor Gustavo Salmerón explica en este documental atípico, Muchos hijos, un mono y un castillo, como es su madre, Julia, una mujer vital, con unas circunstancias dignas de contar y algunas contradicciones. Difícil tarea se mire por donde se mire.

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Los espectadores podemos desternillarnos de risa con las anécdotas y con las contradicciones de la protagonista.

En el festival REC de Tarragona, el propio Gustavo explicó que considera el arte un acto efímero, pero también que ha pasado 14 años grabando vídeos caseros, que ha reunido centenares de horas de grabación y que después la selección y el montaje devinieron una pesadilla con centenares de versiones, rebelión de montador y añadidos de última hora con nuevas tomas para explicar a los demás quién es su madre. 

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¿Y los demás, cómo debemos tomarnos el documental sobre la madre de otro que no somos nosotros mismos? Nosotros, el público espectador podemos desternillarnos de risa con las anécdotas y con las contradicciones de la protagonista. También podemos preguntarnos cómo es ser hijo de una madre tipo Julita Salmerón, ella no parece infundir miedo en sus hijos, esa labor fundamental de las madres para asegurar la autoconservación de la vida de su progenie a partir de la precaución. 

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En el ejercicio de juzgar a nuestras madres, los hijos vamos a temporadas según la propia época vital y podemos ir desde la condena implacable sin posibilidad de recurso en instancia superior a la exculpación total gracias a dos indicios inconsistentes. Somos lo que nuestras madres han hecho de nosotros y solo de nosotros depende explicar quiénes son ellas. A pesar del desternillamiento constante, la muerte está presente de diversas maneras: hay unos restos óseos familiares que se buscan laboriosamente durante todo el documental a modo de hilo conductor y otros restos óseos que aparecen aquí y allá, Julita tiene unas últimas voluntades dignas de escenificar y también hay un suceso familiar apenas expresado que puede ser esclarecedor del porqué de todo. 

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Más referencias a la muerte. La acumulación de objetos convierte a todo el documental en un gran vanitas, barroco por supuesto. Esos objetos que tuvieron uso en otros tiempos, nos acercan a sus antiguos propietarios y a la idea de la muerte que todo se lo lleva dejando carcasas vacías. La sociedad de consumo hace que todos acumulemos más objetos de los necesarios; en el caso de la familia de Gustavo el hecho de tener casa, castillo y nave industrial multiplica las posibilidades almacenadoras de toda la familia y la duda es si todos ellos o una parte sufren del síndrome de Diógenes en algún grado.

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Para todos aquellos que busquen el significado del título de esta crítica, tan sólo apuntaremos que nos referimos a uno de los momentos más surrealistas y despatarrantes de todo el film: aquel en el que la increíble e irrepetible protagonista de este documento cuenta a su familia, mientras pasean entre las casas colgantes de Cuenca, un sueño recurrente con un personaje histórico de la política española que no tiene desperdicio.