jueves. 08.12.2022
CRÍTICA DE CINE

El niño y la bestia: El corazón del guerrero

Todos aquellos que nos echamos las manos a la cabeza cuando el Estudio Ghibli anunciaron que cerraban sus puertas en cuanto a nuevas producciones animadas se refiere (en otras facetas como participar en proyectos ajenos en calidad de coproductores o la venta de mercandishing de la marca siguen actuando) podemos estar tranquilos, ya que su legado de indiscutible calidad sigue más vivo que nunca.

206565.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxAnimación | 119 min. | Japón 2015

Título: El niño y la bestia
Título original: Bakemono no Ko (The Boy and the Beast).
Director: Mamoru Hosoda.
Guión: Mamoru Hosoda.
Voces: Koji Yakusho, Aoi Miyazaki, Shota Sometani, Suzu Hirose. 
Estreno en España: 08/04/2016 
Productora: Studio Chizu / NTV

Distribuidora: Scherlock Films.

 

Sinopsis

Kyuta es un niño solitario que vive en Tokio, y Kumatetsu es una criatura sobrenatural aislada en un mundo fantástico. Un día, el niño cruza la frontera al otro mundo y entabla amistad con Kumatetsu, que se convierte en su amigo y guía espiritual. Este encuentro les llevará a vivir multitud de aventuras. 

Crítica

Todos aquellos que nos echamos las manos a la cabeza cuando el Estudio Ghibli anunciaron que cerraban sus puertas en cuanto a nuevas producciones animadas se refiere (en otras facetas como participar en proyectos ajenos en calidad de coproductores o la venta de mercandishing de la marca siguen actuando) podemos estar tranquilos, ya que su legado de indiscutible calidad sigue más vivo que nunca gracias a una serie de autores y productoras (en este caso la Toho) que, si bien aún no han logrado alcanzar el nivel de excelencia de los Miyazaki o Takahata de turno (el listón es muy alto, no lo vamos a poner en duda), sí que se les acercan bastante.

Uno de estos artífices que operan como alumnos aventajados es Mamoru Hosoda, quien después de unos prometedores inicios en sendas adaptaciones a la gran pantalla de series como Digimon u One Piece sorprendió a propios y extraños con La chica que saltaba a través del tiempo (2006). Las excelentes críticas recibidas por parte de crítica y público se convirtieron en aplauso unánime en sus dos siguientes producciones: Summer Wars (2009) y Los niños lobo (2012), esta última ganadora entre otros del Premio de la Academia Japonesa y del Festival de Sitges 2012 a mejor película de animación.

A película cada tres años, todos esperaban con ansiedad y expectación cuál sería su próximo proyecto en 2015.

A película cada tres años, todos esperaban con ansiedad y expectación cuál sería su próximo proyecto en 2015, pero lo que pocos podían imaginar es que El niño y la bestia (The Boy and the Beast) iba a ser incluida en la sección oficial de Festivales de Cine tan importantes como San Sebastián. El talento e inagotable creatividad artística de Hosoda se traducen así en auténticas obras de orfebrería a contracorriente del resto de cine que nos va llegando desde el país del sol naciente. La mayoría de producciones niponas que pululan por los Festivales y luego llegan a cuentagotas a las carteleras de cine se embadurnan de constantes new age muy del gusto del público occidental. 

Esa inquina que alberga en su interior hacia todo lo que le rodea logrará mitigarse gracias al cobijo de otro ser igual o más marginal que él.

Ahí tenemos para ilustrar lo que apuntamos los últimos trabajos que nos han llegado de cineastas tan reputados y consagrados como Naomi Kawase o Hirokazu Koreeda. Tanto en Una pastelería en Tokio como en Nuestra hermana pequeña el desarrollo argumental se vertebra en base a unos personajes esencialmente buenos que se enfrentan a enfermedades, injusticias o pérdidas varias; sufren lo suyo y al final lo superan con creces, gracias sobre todo a la proverbial tranquilidad y sabiduría para poder enfrentarlos y mucha música incidental para indicarnos qué sentir en cada momento.

Sin embargo, el punto de partida del héroe de El niño y la bestia es radicalmente opuesto, ya que no se trata precisamente de un angelito, sino de alguien a quien poseído por el odio más iracundo como niño que en su día fue abandonado a su suerte por la irresponsabilidad de sus progenitores. Esa inquina que alberga en su interior hacia todo lo que le rodea logrará mitigarse gracias al cobijo de otro ser igual o más marginal que él, un valeroso guerrero habitante de un mundo paralelo que se prepara para el que será el combate de su vida. 

El violento luchador necesitado de un discípulo le abrirá los brazos (más bien las garras) y se convertirá en el amparo necesario de quien busca con desespero alcanzar su propia identidad.

Este atípico punto de partida le sirve al director para poner en solfa algunas de sus constantes ya trabajadas en sus anteriores films: los lazos de unión fraternales, independientemente si se trata de lazos sanguíneos o no; el mutualismo en el aprendizaje; el valor de la amistad;  el perdón y la templanza como signo de madurez y sabiduría… Todo envuelto en una pátina de puro entretenimiento que hará las delicias tanto de los más pequeños como de los mayores que acudan a la sala.    

Lo verdaderamente original de la propuesta radica en lo furibundo tanto de su puesta en escena como de su mensaje. Aquí no se trata de ir soltando sentencias confucianas a diestro y siniestro mientras se contempla un cerezo en flor, sino que el elemento emocional surge de afrontar, mediante el hecho belicoso, situaciones extremas que estarán a punto de acabar con la vida de los protagonistas. Y es que como se dice en un momento del film: la clave de todo está en tener una espada en el corazón.  


El niño y la bestia: El corazón del guerrero
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