CRÍTICA DE CINE

Operación Concha: Concha de óxido

Los aires de otro tiempo marcan el inicio de Operación Concha. Personajes vestidos de época, enmarcados en un paraje pasado, con ciertas aristas de artificialidad, deambulan con sus grandilocuentes proclamas y gestos por el espacio fluidamente. 

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Comedia | 99 min. | España 2017

Título: Bye Bye Germany.
Título original: Es war einmal in Deutschland... (Auf Wiedersehen Deutschland)
Director: Antonio Cuadri.
Guión: Patxo Tellería, Antonio Cuadri.
Actores: Jordi Mollà, Karra Elejalde, Unax Ugalde, Bárbara Goenaga.

Estreno en España: 29/09/2017 
Productora: Patxo Tellería, Antonio Cuadri.

Distribuidora: Fílmax

 

Sinopsis

Marcos Ruiz de Aldazábal (Karra Elejalde), un empresario sin escrúpulos, lidera una productora de cine que ha caído en bancarrota. Desesperado y sin dinero, Marcos y su equipo trazan un plan para engañar a una inversora millonaria mexicana con un doble del prestigioso actor Ray Silvela (Jordi Mollà), quien ha rechazado trabajar en su película. Aprovechando el contexto del Festival de Cine San Sebastián, empieza la gran estafa, donde nada es lo que parece. 

Crítica

Los aires de otro tiempo marcan el inicio de Operación Concha. Personajes vestidos de época, enmarcados en un paraje pasado, con ciertas aristas de artificialidad, deambulan con sus grandilocuentes proclamas y gestos por el espacio fluidamente. De pronto, alguien irrumpe y todo el truco que es el cine queda al descubierto en su faceta más decadente y menos mágica. Fernando Colomo, el director de la producción diegética (que bien se merecía un papel secundario más extenso), observa como en un segundo su criatura se derrumba cuando un Karra Elejalde en su tosca salsa le comunica que la producción se ha quedado sin dinero. Y se marcha. Ya desde esta primera escena, Operación Concha nos declara que, como otros muchos filmes, los entresijos y las triquiñuelas inherentes al mundo del séptimo arte constituirán su leit motiv.

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El efectismo está siempre dentro del plan, pero la efectividad, como en todo plan accidentado, cojea por algunos lados debido a la inverosimilitud presente en algunas escenas.

Su tono de comedia y su premisa inicial–hacer pasar un anónimo de bajo perfil por una estrella de cine internacional- puede parecer una suerte de Bowfinger, el pícaro (Frank Oz, 1999) en versión ibérica, en la que también se hablaba del cine como vehiculo para el engaño. Pero en su transcurso las tornas cambian y el film evoluciona hacia los registros más canónicos del cine de estafas, poniendo sobre la mesa el camino tumultuoso de la dicha de “el cazador cazado”. El efectismo está siempre dentro del plan, pero la efectividad, como en todo plan accidentado, cojea por algunos lados debido a la inverosimilitud presente en algunas escenas: acciones poco creíbles, ingenuidad de algunos personajes… Porque aunque el cine es ilusionismo y, como en la magia, se debe acordar un pacto con el prestidigitador, este debe asegurarse que la puesta en escena sea impecable y sin fisuras a ojos del engañado. 

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Y rasguños son, precisamente, los que tiene el artefacto de Antonio Cuadri. Más allá de los pequeños problemas de verosimilitud mencionados, el problema reside en que, dando por sentado que el poco explotado ámbito en que se desarrolla Operación Concha –el Festival de Cine de San Sebastián- iba a justificar el interés y su solidez, el film se duerme en los laureles de una trama automatizada, con plot twists avistables desde lo alto del Monte Urgull; y unos personajes arquetípicos que restan frescura a su estimable planteamiento, por no hablar del desaprovechamiento y la pobreza dibujada en algunos de ellos –los roles de Unax Ugalde y Bárbara Goenaga-. 

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Justamente son sus intérpretes quienes consiguen levantar el seguimiento interesado de la película, eso sí, todos y cada uno de ellos siempre dentro de su zona de confort interpretativa –exceptuando a Jordi Mollà, quien puede sacar a lucir su trabajo de acentos con un doble personaje andaluz/portoriqueño, y un Ramon Agirre que consigue exprimir cada una de sus apariciones-.

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El talón de Aquilés de estos timadores de medio pelo vendría a ser, lamentablemente, lo que debería ser su punto álgido: su humor. La sutil y fina ironía de maestros americanos que han indagado por las bambalinas del cine como Wilder o Allen, y también su traslación al imaginario español efectuada por autores como Fernando Trueba,  brillan por su ausencia; pero es que tampoco se contagia de la locura y la absurdez sana de Mel Brooks. En su lugar, la rudeza y algunos brotes de caspa (¿otra vez chistes sobre homosexualidades encubiertas?) son las infructuosas apuestas para divertir a la audiencia.

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Si bien no se puede negar que Cuadri tiene sentido del ritmo, su afán para no aburrir nunca termina por eclosionar en una obra atropellada e inestable, náufraga en el mar de la comedia. Una pena, ya que tenía los ingredientes para realizar una mordaz y desternillante critica al sistema cinematográfico, digna de la clase A que distingue a ese maravilloso festival cinematográfico que homenajea.