El profesor de violín: la música puede cambiarlo todo

La música puede cambiarlo todo, sobre todo si anda por medio un violín bien temperado. Ya lo dijo el conde L. N. Tolstoi en La sonata a Kreutzer: «el violín es peligrosísimo porque llega al corazón», y antes que él Cervantes, a quien se atribuye la frase tantas veces repetida «donde hay música, no puede haber cosa mala», y tal es el precepto que constituye, aunque no se mencione, la tesis de El profesor de violín (2015), última película brasileña que llega en estos días a los cines españoles.

violin-juntos-cartel El profesor de violín: la música puede cambiarlo todoCon este aserto por bandera, el protagonista, de nombre Laertes, que a pesar de llamarse como el cuñado de Hamlet es una especie de Orfeo que amansa las fieras en su bajada a los infiernos de las favelas, prueba cómo todo puede cambiar si hay individualidades poderosas que cultivan valores individuales transformadores, como la pasión por la música y la empatía con los marginados. Y uno desea que ojalá fuera así y que hubiera un final feliz para todos, cosa que no es posible, si bien la película no carece en absoluto de realismo y a lo largo de ella hay pérdidas muy fuertes. No es un camino de rosas la música en ese ambiente y, naturalmente, se producen bajas.

El profesor de violín, repitámoslo, transmite la idea de que valores y actitudes como el amor al arte (en este caso la música) y la interacción social (en este caso el profesor con sus alumnos) prevalecen siempre por encima de toda catástrofe personal. Con esta idea de un optimismo desbordante analiza la dialéctica entre profesor y alumnos. El profesor es un músico genial pero incapaz de adaptarse a las exigencias del mercado (toca muy bien en privado pero es incapaz de mostrar sus virtudes ante el tribunal examinador para una plaza codiciable), lo que hace de él un marginal, tanto como sus alumnos.

Con estos moldes, no es de extrañar que El profesor de violín sea una de las películas más emocionantes y aclamadas del año en Brasil, pues tiene todos los ingredientes de una epopeya en lo que se refiere a la bajada personal a los infiernos con la siguiente superación de pruebas derivadas del oficio de profesor de violín. En ella se goza con la música y el éxtasis que provoca en quienes la escuchan de igual manera que se sufre con las peripecia personal de sus protagonistas, atrapados en la estructura claustrofóbica de una favela. Una vida en manos de las mafias locales que, a pesar de ser de todos conocidas, ejercen el poder asfixiando cualquier iniciativa privada o pública que no les rinda cuentas. Nadie puede escapar a esta situación si no es a través de la droga. O los más afortunados, de la música, pero luchando.

La música, a la que por suerte no son inmunes los mafiosos y sus familias. Como en El padrino, la música en directo de una orquesta por humilde que sea siempre adornará sus triunfos y glorias familiares. De ahí viene toda la poesía de la película: si eres un músico y caes en una de estas redes locales, te obligarán a tocar y tocarás como los ángeles a punta de pistola, o morirás. Así cualquiera. Pero también podemos pensar que las mafias pervierten hasta a la música al considerarla, a ella y a los músicos, juguetes de su poder, que es omnívoro.
Lo cierto es que en la película esta violencia cura al profesor de su «mieditis» y es la parte más sorprendente -y hasta la más auténtica- de la película.

La historia que se narra en El profesor de violín está ambientada en Sâo Paulo, años 90, y cuenta la peripecia de Laertes, un violinista de gran talento que fracasa en sus exámenes a una plaza de titular de la Orquesta Sinfónica del Estado. Para superar el mal paso y al mismo tiempo castigar sus nervios, empieza a dar clases de música a adolescentes de una escuela pública en Heliópolis, una favela situada en un barrio de una zona deprimida de São Paulo. Allí se encontrará con todos los problemas propios de la marginación, pero tendrá una experiencia iniciática que lo aplacará por lo que, a pesar de las dificultades, el poder transformador de la música se impone y la amistad que surge entre profesor y alumnos abrirá las puertas a un nuevo mundo.

Todo de un optimismo candoroso aunque, como digo, hay bajas.

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De la mano de los productores de Una segunda madre, Tabú y El lobo detrás de la puerta, El profesor de violín, de Sergio Machado, cuenta con protagonistas como Lázaro Ramos, Kraique de Jesus y Elzio Vieira entre otros muchos, cuyas caras componen un verdadero poema de lo que puede ser la inspiración compartida entre pares (gentes que son iguales sólo cuando algo bello consigue ponerles de acuerdo). Catalogada por los expertos como «la nueva mirada del cine brasileño» junto con Eu quero voltar sozinho (2014), aboga por algo que tal vez a fuerza de creerlo acabe siendo verdad: «Todo lo que aprendemos juntos nos enriquece». ¿Y por qué no? No va a ser siempre verdad lo de la manzana podrida.

Inspirada en la verdadera historia de la orquesta creada por el maestro brasileño Silvio Bacarelli en los años 90, que consiguió estimular la inclusión social y cultural de los jóvenes en la favela más grande de São Paulo, más conocida como Heliópolis, El profesor de violín ha pasado por los festivales de Locarno y Sâo Paulo, donde se hizo con el premio del público.

Nunci de León
Doctor en Filología por la Complutense, me licencié en la Universidad de Oviedo, donde profesores como Alarcos, Clavería, Caso o Cachero me marcaron más de lo que entonces pensé. Inolvidables fueron los que antes tuve en el antiguo Instituto Femenino "Juan del Enzina" de León: siempre que cruzo la Plaza de Santo Martino me vuelven los recuerdos. Pero sobre todos ellos está Angelines Herrero, mi maestra de primaria, que se fijó en mí con devoción. Tengo buen oído para los idiomas y para la música, también para la escritura, de ahí que a veces me guíe más por el sonido que por el significado de las palabras. Mi director de tesis fue Álvaro Porto Dapena, a quien debo el sentido del orden que yo pueda tener al estructurar un texto. Escribir me cuesta y me pone en forma, en tanto que leer a los maestros me incita a afilar mi estilo. Me van los clásicos, los románticos y los barrocos. Y de la Edad Media, hasta la Inquisición.

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