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CRÍTICA DE CINE

Romance en Tokio: Nipofilia

Una de las grandes preguntas que el hombre se ha planteado a lo largo de los tiempos es la de si uno es de donde nace o de donde pace. Pues la protagonista de este bromance (mitad comedia, mitad romance) tiene muy claro que es más japonesa que el sushi, aunque su nacimiento en la isla fuera circunstancial, sus padres tuvieran la nacionalidad belga y ella abandonara Japón a la temprana edad de cinco años. 

romance

Comedia | 100 min. | Bélgica-Canadá 2014

Título: Romance en Tokio
Título original: Tokyo Fiancée.
Director: Stefan Liberski.
Guión: Stefan Liberski
Actores: Pauline Etienne, Taichi Inoue, Julie LeBreton, Alice de Lencquesaing.
Estreno en España: 22/04/2016 
Productora: Versus Production / Les Films du Worso

Distribuidora: Abordar Distribución.

 

Sinopsis

Amelie es una joven belga soñadora de 20 años que vuelve a Japón, donde pasó parte de su infancia. Allí da clases privadas de francés para ganarse la vida, y es así como conocerá a Rinri, su primer y único estudiante, un joven japonés con el que entablará un romance. Entre sorpresas, momentos felices y escollos en mitad de un choque cultural, Amelie descubrirá un lado de Japón que nunca antes había conocido.

Crítica

Una de las grandes preguntas que el hombre se ha planteado a lo largo de los tiempos es la de si uno es de donde nace o de donde pace. Pues la protagonista de este bromance (mitad comedia, mitad romance) tiene muy claro que es más japonesa que el sushi, aunque su nacimiento en la isla fuera circunstancial, sus padres tuvieran la nacionalidad belga y ella abandonara Japón a la temprana edad de cinco años. 

Unos cuantos años después, decide volver al país del sol naciente en una búsqueda irrefrenable de las que cree son sus raíces, y para ello se irá empapando de cultura y folklore como si no hubiera un mañana. En estas conoce a un chico autóctono a través de unas clases de francés del que se enamora en cuanto ve la posibilidad de conocer Tokio de la mano de alguien experto en la materia. De sus encuentros y desencuentros mientras visitan lugares emblemáticos de la ciudad se nutre una propuesta que va perdiendo fuelle a medida que avanza su desarrollo argumental.

 Los vivarachos ojos de la protagonista no quieren dejar pasar ningún aspecto de la tradición japonesa.

Amélie Nothomb, la protagonista del relato, (tan sólo escuchando el nombre ya nos podemos ir haciéndonos a la idea de su personalidad, calcada hasta decir basta de la Amèlie Poulain de la película homónima dirigida por Jean-Pierre Jaunet en 2001), es una muchacha pizpireta y un punto alocada con unas ansias de experimentar propias de su corta edad. Rechazando de plano su condición de “lost in traslation” en una tierra que le es extraña aunque su cabezonería le lleve a pensar lo contrario se irá dando cuenta a golpes de realidad de que los japoneses y los franceses se asemejan lo mismo que un huevo a una castaña. Sus vivarachos ojos no quieren dejar pasar ningún aspecto de la tradición japonesa, aunque paulatinamente se vaya dando cuenta de que alcanzar la utopía puede llegar a tener un precio demasiado caro.

Esa inquina que alberga en su interior hacia todo lo que le rodea logrará mitigarse gracias al cobijo de otro ser igual o más marginal que él.

La película tiene algún que otro momento de comedia logrado, aunque es en las situaciones en las que el contraste de culturas alcanza su punto más álgido donde lo contado gana fuerza. El problema es que una vez expuesto el planteamiento el guión da vueltas y más vueltas sobre sí mismo, agotando su pretendida originalidad en una sucesión de clichés y lugares comunes que no le hacen ningún bien. También queda un tanto extraño el hecho de que en la segunda parte del film la heroína de la función, en principio pura y casta en su inocencia, no pare de regalarnos escenas tanto de desnudos frontales como de coyunta interracial, como si el director hubiera decidido quisiera aderezar la falta de punch de su historia intercalando escenas erótico festivas.

Los que sí verán satisfechas sus expectativas serán todos aquellos seguidores de la cultura asiática en general y de la japonesa en particular que copan los salones del manga, japan weekends y demás certámenes que se convocan en nuestro país y que sirve de excusa para que, en su fervor euroasiático, se puedan llegar a disfrazar de sus personajes favoritos y emular los ritos y formas propias de la juventud nipona en todas sus vertientes: cncursos de cosplay, karaoke, torneos Pokemon, videojuegos…

A destacar que la producción está basada en una historia real, la de una escritora que quería ser japonesa de verdad y que vio truncado su sueño cuando empezó a ser explotada por una compañía de importación y exportación, lo que dio fruto a uno de sus libros más conocidos: Estupor y temblores, donde los trabajos absurdos, órdenes dementes, tareas repetitivas, humillaciones grotescas, misiones ingratas y superiores sádicos echaron por tierra todas sus teoría preconcebidas sobre el orden y concierto de la forma de ser japonesa.

Tampoco sería justo obviar el buen trabajo de la actriz principal, una burbujeante y muy fotogénica Pauline Etienne, a quien ya habíamos tenido el placer de disfrutar en títulos recientes estrenados en nuestra cartelera como La religiosa o Edén, perdidos en la música. 

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La escena en la que tiene que improvisar una especie de discurso propio de las geishas en una comida con amigos de su novio es sin duda de lo mejorcito del film, así como aquellos momentos en los que pulula perdida por las calles de una cosmópolis que creía propia y que cada vez se aleja más de sus fundamentos y creencias.

En definitiva, una película entretenida y liviana, de esas para pasar un buen rato y olvidarse enseguida, que gana enteros en sus apuntes a pie de página, pero a la que le faltan un par de vueltas para resultar trascendente.