CRÍTICA DE CINE

Solo nos queda bailar: Contorsiones en la tierra de Dios

Drama | 106 min. | Suecia-Georgia |  2019

Título: Solo nos queda bailar.
Título original: And Then We Danced.

Dirección: Levan Akin.
Guión: Levan Akin.
Intérpretes: Levan Gelbakhiani, Ana Javakishvili, Bachi Valishvili, Giorgi Tsereteli.

Estreno: 07/02/2020
Productora: AMA Productions / RMV Film / Inland Film / French Quarter Film / Takes Film.

Distribuidora: Avalon.

 

Sinopsis

Desde joven, Merab (Levan Gelbakhiani) ha bailado y ensayado en el grupo de danza nacional de Georgia con su compañera de baile Mary (Ana Javakishvili). Su mundo se ve fuertemente sacudido con la llegada de Irakli (Bachi Valishvili), que paradójicamente pronto se convierte en su mayor rival, y también en su mayor deseo. En este entorno conservador, Merab se verá obligado a liberarse y arriesgarlo todo.

Crítica:

Si hace unos días desde Macedonia del Norte nos llegaba esa mujer que planta cara a una comunidad fuertemente dominada por el patriarcado con reminiscencias arcaicas en Dios es mujer y su nombre es Petrunya (Teona Strugar Mitevska, 2019), ahora asistimos a una nueva lucha de un yo contra una sociedad anclada en valores retrógrados que coartan sus derechos y libertades. En esta insólita producción sueca ubicada en Georgia es Merab, un joven homosexual aspirante a bailarín de danza tradicional autóctona quien debe confrontarse contra una comunidad estructuralmente homófoba, tanto en el ámbito público como en el familiar. Pero si la cinta norte-macedonia la trama se dedica fundamentalmente a exponer la militancia feminista de esa mujer fuera de los cánones, la denuncia de Solo nos queda bailar se tamiza en el melodrama queer y el film de baile.

“ La película focaliza en Merab y el proceso de maduración propio de su juventud que está viviendo, marcado por la presión de su pasión, pero también por las dudas e inseguridades de un alguien no normativo en un entorno hostil ".

 

La película focaliza en Merab y el proceso de maduración propio de su juventud que está viviendo, marcado por la presión de su pasión, pero también por las dudas e inseguridades de un alguien no normativo en un entorno hostil y, ante todo, las diatribas del amor y la pasión hacia uno de sus rivales, Irakli. Eso hace que Merab se defina como un personaje frágil que contrasta con el aplomo que imprime otro ser igualmente vulnerable como Petrunya, quien cree que tiene menos que perder. Los altibajos de Merab en la construcción de su relación profesional y amorosa con Irakli marcan un hilo conductor con ciertos lugares comunes que se podían sortear mejor, pero capaz de dar cabida a escenas de potencia emocional, en parte exitosas gracias a la labor de ese descubrimiento de nombre Levan Gelbakhiani quien, en una escala menor, recuerda a la intensidad natural de Adèle Exarchopoulos en La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013).

Levan Akin presenta una propuesta formalmente naturalista que bebe de otros romances entre dos hombres aparentemente incompatibles como Call me by your name (Luca Guadagnino, 2017) o Tierra de Dios (Francis Lee, 2017), tomando la sensorialidad visual de la primera y acercándolo a la rudeza de la segunda, consiguiendo una buena sintonía entre belleza estética y la intrusión en lo privado.

Aunque argumentalmente no descubrirá ningún mecanismo nuevo, es una aproximación  al carácter de un país conservador, poco mediático, que antepone la tradición a cualquier voluntad de desarrollo, en una historia duramente realista y emocionante en sus distintos niveles. Un film que no traiciona su denuncia para entregarse a los trucos complacientes de la ficción, hecho que la honora.