CRÍTICA DE CINE

La Sra. Lowry e Hijo: Grises chimeneas tapadas

La Sra. Lowry e Hijo

Mrs. Lowry & Son
Año
Duración
91 min.
País
 Reino Unido
Dirección
Guion
Martyn Hesford
Música
Craig Armstrong
Fotografía
Josep M. Civit
Reparto
Productora
Genesius Pictures, IPG Media Pty, Library Films
Género
Drama | Biográfico. Pintura
Sinopsis
L.S. Lowry fue una de las figuras artísticas más importantes del Reino Unido de mediados del siglo 20. Lowry era un pintor famoso por su visión única del noroeste industrial de Inglaterra. La película nos muestra la complicada relación que mantiene con su madre, una mujer empeñada en criticar cualquiera de los gustos de su hijo.
 
CRÍTICA

Con la fórmula madre-castradora contra hijo-dócil ya es fácil cimentar una obra dramática, pero si a ella le añadimos que el sucesor se trata de un pintor tan célebre en la cultura británica como L.S. Lowry, es lógico que tenga que materializarse de alguna manera. La Sra. Lowry e Hijo es la adaptación del montaje teatral homónimo escrito por Martyn Hesford (quien también se encarga del guión aquí), centrado en los últimos años del pintor junto a su manipuladora, depresiva, a la par que desvalida madre. La sumisión y las vallas a la explosión creativa de Lowry por miedo al fracaso en un contexto de precariedad marcan las esperables líneas de un conflicto que, en su cambio de medio, adolece de su origen teatral. En otro ejemplo reciente de traslado a la gran pantalla de texto de escena como  El padre (Florian Zeller, 2020) –con la que tiene puntos en común en tanto que ambas lidian con la dificultad de hacerse cargo de progenitores mayores de actitud inestable a causa de sus dolencias-, pudimos observar como la fuente eminentemente de las tablas era mantenida en esencia pero también aprovechaba de las posibilidades del lenguaje cinematográfico a través de un agudo uso del montaje. Es decir, daba otra dimensión a expresiva al texto, generando experiencias distintas en un formato u otro, sin depender abusivamente del diálogo.

En el caso de esta crónica de una etapa en la vida de Lowry, fía demasiado a una puesta en escena teatral, poblando el film de un número excesivo de escenas de conversación, muchas de las cuales resultan destensadas pese al material de base. Esto puede deberse, en parte, a una cierta falta de pericia en el director debutante, Adrian Noble, de amplia experiencia en los escenarios (y en filmaciones de grandes producciones teatrales), pero que no posee soltura en el celuloide aún. Si la película estéticamente puede salir de la funcionalidad es por puntuales destellos plásticos en los que la fotografía de Josep M. Civit consigue emular los tonos grises de la Manchester industrial de los años 30. Civit se ciñe visualmente a la historia e intenta sacarle partido con unos resultados correctos pero sin llegar a comuniones de pintura e imagen tan excelsas como la de Dick Pope y Mr. Turner (Mike Leigh, 2014), igualmente con Timothy Spall a la cabeza.

No solamente la vertiente teatral es palpable en la puesta en escena, también perjudica al guión en cuanto a su temporalidad, entrando algo tarde en materia y no arrancando el vuelo hasta la mitad del film. Además de ciertos diálogos faltos de tensión o emoción, en ciertos pasajes es laborioso comprender algunas acciones de los personajes, pese a aceptar la complejidad de la relación amor/odio tóxica establecida. Una cosa a la que poco remedio pueden poner Timothy Spall y Vanessa Redgrave, dos actores como la copa de un pino que no tienen que demostrar nada. Como es habitual en ellos, cumplidores y solventes –sin llegar a encarnar nada decisivo en su carrera-, pero que en breves tramos pueden caer en algunos tics molestos –Redgrave al principio de la película y Spall más hacia el final-.

Lejos de la gracia u originalidad de otras cintas contemporáneas focalizadas en la pintura como Retrato de una mujer en llamas (Céline Scianma, 2019) o la citada Mr. Turner, La Sra. Lowry e Hijo no es desestimable al descubrir el espectro privado de una figura solitaria como Lowry y, asimismo, captar la lectura de parte de la burguesía del arte proletario que efectuaba en su trabajo. Rebosante de convencionalismo, a ratos de aburrimiento, aunque con chispazos de brillantez, no constituirá la película definitoria del artista por su falta de imaginación, pero sí supone un presentable apunte para acceder a su universo y familiarizarse con su genio.