Cine Nueva Tribuna

CRÍTICA DE CINE

El Verano Que Vivimos: Ciudadano Cañí

El verano que vivimos

Cartelera España 4 de diciembre

El verano que vivimos

Título original

El verano que vivimos
Año
Duración
119 min.
País
España España
Dirección

Guion

Ramón Campos , Gema R. Neira, Salvador S. Molina, Javier Chacártegui, David Orea

Música

Federico Jusid

Fotografía

Jacobo Martínez

Reparto

Productora

Mr. Fields and Friends, Atresmedia Cine, Warner Española S.A, Bambú Producciones, La Claqueta PC, 4 Cats Pictures

Género
RomanceDrama | Drama románticoBasado en hechos realesAños 90Años 50
Sinopsis
Año 1998. Isabel, estudiante de periodismo, se ve obligada a realizar sus prácticas en el diario de un pequeño pueblo costero gallego para terminar la carrera. Al llegar, quiere empezar cuanto antes a investigar, a demostrar todo lo que ha aprendido para convertirse en una auténtica periodista. Pero el puesto que le asignan es el último que ella esperaba: la escritura y gestión de las esquelas que llegan a la redacción. Pero esto, que podría parecer en principio algo aburrido, se convierte en la puerta a una investigación que la llevará por diferentes puntos de la geografía española en busca de una historia de amor imposible.
Distribuidora: Warner Bros Spain
 
CRÍTICA

La superproducción de moda: una becaria, muchas esquelas, algún muerto, una historia de amor, numerosos saltos en el tiempo y una alarmante falta de seriedad y lógica en el guion son las claves de este melodrama con aires de tragedia que bebe en su estructura de Ciudadano Kane y en sus diálogos del culebrón más castizo.

Hace unos días leíamos en esta revista el análisis de Palmeras en la nieve, a cargo de nuestro compañero Enrique Fernández. Allí se decía que hay que alabar el valor de una productora que se atreve con un cine histórico, donde la producción adquiere más valor por los costes y donde destaca un envoltorio impecable (música, fotografía, decorados, vestuario), aunque sin olvidar el reparto, muy conocido sobre todo por sus series en televisión… y un cierto erotismo poco dado al lucimiento de los intérpretes.

Todo eso se puede aplicar también a El verano que vivimos, nueva apuesta comercial de una serie de productoras españolas: la catalana 4 Cats pictures, la andaluza La Claqueta, la más importante creadora de series de televisión, Bambú producciones, y su filial cinematográfica Mister Fields and Friends, con el apoyo imprescindible de Atresmedia, que no sólo garantiza la exhibición televisiva, sino también la tan necesaria promoción en esta fase de estreno… una promoción sin la cual algunos títulos en ocasiones ni siquiera llegan a las pantallas de cine.

Quizá, puestos a matizar, habría que añadir que aquí el presunto erotismo es aún más bobalicón y la trama, aunque más pretenciosa en su estructura, acaba viniéndose abajo por la falta de lógica en los momentos clave. Repasemos algunos de ellos.

La historia comienza en 1998, cuando una recién titulada en periodismo llega a un pueblo gallego para sus prácticas, le otorgan una sección escasamente relevante y, aún y así, logra salir adelante con una historia que nadie había descubierto antes. Una historia que promete.

¿Cuál es el problema con la becaria?

Que una recién llegada ocupe el peor lugar y la peor sección del periódico es lo normal. Que Isabel (una excelente Guiomar Puerta, muy por encima del resto del reparto) logre encontrar una historia en las esquelas que publica el periódico es el McGuffin, la excusa para comenzar la película, y como tal lo aceptamos.

Ahora bien, que el director le dé días libres nada más comenzar sus prácticas y le deje un coche (o algo así) para viajar por toda España, eso resulta menos creíble. Necesario para la trama, pero no deja de ser un truco de guion.

No entraremos en cómo se apaña para recorrer Galicia, Alicante, Valencia (cuyas escenas se han rodado en la antigua Universidad Laboral de Cheste), el Puerto de Sagunto, Salamanca y Jerez con la tartana que lleva… ni haremos cálculos de cuánto tiempo se toma de vacaciones. Sin más, no nos lo creemos.

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¿Cuál es el problema con las esquelas?

En una determinada fecha de septiembre, cada año se publica una esquela. Siempre con unas iniciales como firma. Siempre hablan de una historia de amor sucedida 40 años antes. Isabel será la encargada de ir recuperando esas esquelas por toda España, y con ellas forma una historia que nosotros vemos en forma de sucesivos flashbacks.

En el verano de 1958 asistimos a la relación de dos amigos (el arquitecto, Javier Rey, y el señorito, Pablo Molinero) y el triángulo que forma la novia del señorito y amante del arquitecto (Blanca Suárez). La historia transcurre en Jerez, en una bodega, con fiestas, tablaos flamencos, vinos y la construcción de una nueva bodega como telón de fondo.

Todo esto contado en las esquelas. Sí, como lo leen.

Para solaparlas con el presente, en ocasiones el director enlaza a un personaje leyendo en el hoy (1998) y su voz se superpone al mismo texto en 1958. Para que no haya dudas.

Pero seguimos hablando de esquelas. Ya saben, esas breves líneas donde se recuerda a un fallecido en una fecha especial. ¿De verdad nos podemos creer que las estelas puedan contar toda esa historia de amor de un verano?

Difícil aceptar que ahí se encuentre escrito todo lo que vemos en los larguísimos saltos atrás en el tiempo. No es creíble. La esquela es un McGuffin y, como tal, ya hemos dicho que lo aceptamos.

Pero la insistencia en que todo está ahí acaba arruinando la credibilidad del punto de partida. No, no nos creemos tanta información, por más que nuestra intrépida becaria se mueva por media España para encontrar más esquelas, porque, recordemos… las esquelas tienen unas cuantas líneas. No son un libro entero.

¿He dicho libro? Volveremos sobre este punto.

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¿Cuál es el problema con la bodega?

La construcción de una bodega nueva en Jerez también es otro McGuffin, es decir, una excusa para reunir a los dos viejos amigos y a la novia/amante.

Y no tiene más importancia porque durante la primera hora de película no vemos en ningún momento esa construcción, más allá de la escena que sirve para presentar un boceto de dónde irá. Ni una referencia al trabajo diario. Nada.

Eso sí, todos los personajes claman por la dureza de su trabajo, su constante sudor día a día. Y eso, atentos, ¡lo reclaman en largas escenas de fiestas que se suceden día sí y noche también!

Como lo leéis. El señorito (un notable Pablo Molinero, muy por encima de sus compañeros de triángulo) se pasea con las copitas de fino en la mano, el jamoncito, los bailes flamencos y explicando lo mucho que trabajan allí en el sur, aunque tengan fama de otra cosa. ¿Alguien lo entiende?

Eso sí, para el desenlace ya tendremos una bodega lista (una obra finalizada en unos cuatro meses, tomen nota) que será necesaria para dar color y calor al final del film (calma, no lo desvelaremos).

En definitiva, tampoco es muy creíble el proceso de construcción unido a la pasión de los personajes…

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¿Cuál es el problema con el triángulo amoroso?

Aunque es ingeniosa la presentación de Blanca Suárez, sin identificarse como novia de su amigo ante el torpe arquitecto, pronto la sutileza pasa al baúl de los recuerdos.

El guion se empeña en subrayar las miradas, las situaciones y, finamente, el amor más grande que la vida misma.

Para facilitar las cosas no hay nada como un oportuno viaje a Francia del señorito, lo cual deja el camino libre a las pasiones desenfrenadas. La justificación para el viaje… mejor lo dejamos. Alguien debería haber revisado el guion con tanto cariño como el vestuario, la música, la fotografía y la ambientación.

Pero si el guion no es muy fino en las propuestas, la realización tampoco deja de subrayar lo que no está escrito: Jerez, verano 1958, ¿saben cómo se muestra la pasión de los amantes? Pues sí, como en El hombre tranquilo, de Ford, con una tormenta nocturna de las que hacen época.

¿Se imaginan algo más surrealista que una noche de lluvia torrencial, así, de momento, en pleno verano en Jerez? Pues esperen a ver los resultados de esa lluvia en el paisaje en las escenas siguientes. Ni rastro. Una lluvia simbólica. Una tormenta interior. Seguramente.

Eso sí, los contraluces nocturnos lucen de maravilla para la escena sensual.

Aunque nada comparado con los protagonistas girando sobre los cristales de un faro. Se supone el colmo del romanticismo, aunque lo que se muestra resulta bastante cursi.

Y, ya puestos, el «desnudo» a la luz de la hoguera, con unas poses imposibles para «no mostrar» más de lo tolerado para menores. El plano cenital de los amantes podrían firmarlo los intérpretes de aquella canción veraniega Ese amor no se toca. Pues eso. Guardando las distancias, aunque estén (casi) desnudos.

Todo muy apto para paladares televisivos.

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¿Cuál es el problema con el punto de giro?

Que la historia de amor va a finalizar mal lo sabemos todos. De ahí las esquelas recordando aquel verano. Lo que no podíamos imaginar es cómo guionistas y director van a presentar ese necesario punto de giro para precipitar el desenlace.

Sin desvelar más de lo preciso. Tranquilos. Allá va. No tiene desperdicio.

Los amantes quedan en verse una noche, en mitad de los viñedos, lejos de la vivienda. Allá acude cada uno con su coche. Pero allí, lejos del mundanal ruido, alguien los espía. Descubierto el espía, este personaje huye y en su huida a oscuras muere accidentalmente.

Veamos: ¿cómo llega ese tercer personaje allí, de noche? ¿Corriendo? Venga ya.

¿Y cómo muere? Cae en un pozo. ¿Y de dónde salen esos pozos, en plena zona de secarral? ¿Por qué no sabemos que hay pozos tapados en mitad de las viñas? Bueno, tapados tampoco, que alguien ha de caer ahí. Sí, el padre nos ha enseñado un péndulo, para indicarnos que busca agua, pero de ahí a la existencia de unos pozos que jamás hemos visto…

No. Tampoco es creíble el momento clave. La forzada muerte de ese personaje que desencadena la tragedia final.

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Entonces, ¿qué nos queda?

Carlos Sedes muestra su experiencia como director de series con más o menos éxito, como Gran Reserva, Gran Hotel, Velvet, Fariña o Alta Mar. Una experiencia que habla de su pericia técnica, de su atención al encuadre, los decorados, el vestuario, la luz…

Pero también una experiencia que apuesta por el diálogo explicativo, en ocasiones «demasiado» explicado todo. En el film, como en las peores series, todo se nos aclara una y otra vez, no ya por las esquelas, sino por los diálogos entre los personajes, que verbalizan aquello que el director no logra transmitirnos sólo con las imágenes.

Ese tratamiento eminentemente televisivo se impone al final en esta superproducción histórica en la que la corrección técnica no evita el aburrimiento —algo que también ha sucedido en más de una ocasión con las series históricas británicas—, pero cuyas explicaciones llegan a ser molestas y los agujeros de guion, sencillamente, inadmisibles.

Incluso por momentos, la música de Federico Jusid suena a excesiva, grandilocuente, subraya en exceso ese amor más allá de la vida y de la muerte… y eso que, como es habitual, su música es agradable y fácil de escuchar. Pero no resiste la tentación de subrayar en exceso: los dos personajes se miran en mitad de una fiesta y la música comienza a sonar. Y luego crece la orquestación y el subrayado suena en exceso. Bonita, pero sobra.

(Y abrimos un paréntesis para hablar de otras situaciones que el film utiliza en algún momento y luego desaparecen sin más: uno recuerda un intento de violación, bueno, algún roce de más de un personaje con la protagonista, que sirve para un par de bofetadas… pero ese personaje desaparece sin más de la trama. Un capataz que se da de baja de la obra, porque no cobra a tiempo, sin más… aunque lo recuperan con una historia de un anillo sin mayor desarrollo. Y de un noviete que busca trabajo y, bueno, suena a excusa su presencia; también desaparece, claro. Y una joven que también se enamora del arquitecto y… bueno, no entraremos en su desaparición. No fomentemos el expolio… o el spoiler que a algunos les suena mejor. Pero quedan muchos cabos sueltos, de eso no hay duda.)

De su estructura, vagamente inspirada en Ciudadano Kane, sólo recordar que como punto de partida es una gran idea… pero tal como está contada, no resulta creíble en ningún momento. Como sucediera con el magnate de la prensa, aquí hay un intento de glorificar al arquitecto, su trabajo, su obra dedicada en parte a ese amor inmortal. Pero es un recurso que pronto muestra sus costuras, resulta postizo, una mera excusa.

Como tampoco es creíble el viaje de la periodista con ese acompañante con el que —como mucho nos temíamos mediado el metraje— seguramente la historia se repetirá. Ya se sabe el carácter circular dota de sentido a todo… ¿A todo?

Seguramente, porque con todo lo que cabía en unas esquelas —quién lo iba a decir— nuestra Isabel ya tiene a punto su primer libro… justo el día que finaliza las prácticas.

Sí, yo también quedé gratamente sorprendido. El manejo del tiempo es alucinante: construyen una bodega en cuatro meses, prepara un libro en… ¿cuatro semanas, mientras recorre España?

Bien, estupendo. Ella es periodista, luego escribe. Una ficción, seguramente… porque en su investigación de ninguna manera puede haber descubierto aquello que nosotros hemos estado viendo. De documentación periodística, nada de nada.

En síntesis, El verano que vivimos acaba siendo una película increíble… por más que te expliquen las cosas varias veces. Asistimos una superproducción al mismo nivel que esos americanos que probablemente queríamos copiar. Lo hemos conseguido. Enhorabuena. Ojalá la recaudación acompañe. Al parecer, la taquilla es lo importante. El guion… no tanto.

Escribe Mr. Kaplan  Revista Encadenados