Cine Nueva Tribuna

CRÍTICA DE CINE

Viva la Vida: Esa pareja feliz

Comedia dirigida por José Luis García Berlanga (Hospital Central, Sin tetas no hay paraíso) y protagonizada por Pablo Chiapella (La que se avecina), Laura Romero (36 pasos), Diego Braguinsky (El bar) y Guillermo Montesinos (Cuéntame como pasó).

Viva la vida : Cartel

Comedia | 94 min. | España| 2019

Título: Viva la Vida.
Título original: Viva la Vida.
Director: José Luis García Berlanga.
Guión: Alicia Luna, Paco en la Luna.
Actores: Pablo Chiapella, Laura Romero, Guillermo Montesinos, Ferran Gadea.

Estreno en España: 24/05/2019 
Productora: Viva la vida AIE.

Distribuidora: Premium Cine

 

Sinopsis

Para poner en práctica un negocio que parece prometedor, Juan (Pablo Chiapella) decide poner su casa como aval. Desafortunadamente, acabará perdiéndola. Su mujer, Ana (Laura Romero), sigue viviendo en la opulencia sin darse cuenta de lo ocurrido. Hasta que, claro, toda la familia se ve obligada a trasladarse a la casa de los padres de Juan. Una vez allí, la pareja lidiará como pueda con esta nueva situación.

Crítica 

Viva la vida parece encuadrarse dentro de esa corriente de películas españolas que se apuntan a denunciar las consecuencias de la reciente crisis económica que ha padecido el país y sus habitantes. Una denuncia que se traslada desde la óptica de la comedia y que funciona con un modelo que ya hemos hablado en otras ocasiones: caras conocidas de TV, guión de actualidad y perfil amable del mensaje.

El filme dirigido por José Luis García Berlanga reúne muchos puntos de contacto con otros trabajos que ya hemos visto. Los problemas que ocasiona el no poder afrontar el pago de la vivienda (Bajo el mismo techo, de la que toma también las diferentes cartelas con títulos que van apareciendo durante toda la película) o la necesidad de acudir a métodos delictivos para obtener ingresos (Lo dejo cuando quiera).

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Incluso el comienzo parece seguir la comicidad de trazo grueso de los filmes que hemos nombrado con anterioridad a través del personaje de Juan (Pablo Chiapella), un empresario de fontanería que se mueve en los revoltijos de la construcción con un socio embaucador (Diego Braguinsky) y que termina arruinado, incapaz de afrontar los pagos de la hipoteca de su lujosa casa.

Pero Viva la vida, partiendo de esas premisas, y quizá debido a las características modestas de su producción, pone el foco en un cine costumbrista que combina, dentro de la comicidad, los elementos humorísticos con la introducción de recursos dramáticos (la felicidad asociada al dinero termina provocando la ruina y el desahucio).

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Situada la acción en Valencia, con el germen de la corrupción y las prácticas empresariales delictivas como marco referencial (comisiones, especulación inmobiliaria), la película deriva pronto hacia una individualización de la crisis en los personajes principales, Juan y su mujer, Ana (Laura Romero).

Serán estos dos personajes los que encarnen las consecuencias y las diferentes propuestas para solucionar los problemas económicos. Un camino lleno de torpezas (Juan repite hasta la saciedad el modelo que le ha dejado arruinado y Ana intenta otras respuestas más imaginativas) donde finalmente la vida fingida de Juan termina chocando con la realidad que Ana ha terminado por asumir y comprender.

Por el camino tenemos un muestrario de situaciones, más o menos afortunadas, pero que no terminan de conformar un relato hilvanado porque el guión atiende a la construcción aislada de las escenas sacrificando la coherencia del discurso global.

Todo para llegar a la conclusión —vista una y mil veces—  de que la avaricia rompe el saco, que buena parte de la sociedad es culpable por confiar en un modelo de enriquecimiento rápido y que, finalmente, es en el amor y en la familia donde reside la verdadera felicidad y la solución a los problemas. Además, el futuro no es la construcción sino la restauración.

Viva la vida : Foto Pablo Chiapella

En la parte positiva queda la composición de una serie de personajes secundarios que rodean a la pareja protagonista y que se nutren de la cantera actoral valenciana. Secundarios que son los que terminan apuntalando ese aire entre costumbrista y satírico que remite lejanamente a la estructura de esos personajes peculiares que poblaban las películas de Berlanga y que en este caso los encontramos en la familia del protagonista, el trabajador de la fontanería, el empresario y sus matones, el socio embaucador, etc.

Ese guiño al Berlanga clásico aparece en la parte final con la desaparición repentina de un personaje y, sobre todo, con el tratamiento de humor negro que se realiza a propósito de la muerte, uniéndola al carácter festivo y mediterráneo con el que se celebra la vida, pasando de la tristeza a la alegría en la misma secuencia.

Contribuye a este aspecto el juego con las localizaciones en Valencia, con unas imágenes de la ciudad (el barrio del Cabanyal con sus casas tradicionales y el mercado, el jardín, las calles del centro) que arropan el mensaje de la película presentando un entorno amigable que nada tiene que ver con el desarrollismo desmedido y la especulación.

Viva la vida : Foto Laura Romero

Viva la vida es el segundo trabajo como director de José Luis García Berlanga, hijo del mítico director español. Su primera película, Barrios altos, data del ya lejano 1987 y posteriormente su carrera se centró en la producción y dirección de series de televisión. De igual forma, para su actor protagonista, Pablo Chiapella, la película supone un papel protagonista para la gran pantalla que le permite ir más allá de su conocido registro en la serie La que se avecina, con un papel en el que podemos encontrar más matices por ese tono melodramático dentro de la comedia. En general, el variado casting constituye una de las mejores bazas de la película.

Un filme que juega con situaciones reconocibles de actualidad y que oculta, con una sucesión de escenas y personajes, un guión que no profundiza en el mensaje crítico de la situación que se denuncia e impide que el relato vaya más allá del mero entretenimiento puntual. Revista Encadenados.

Escribe Luis Tormo