Cine Nueva Tribuna

Crónica del Americana Film Fest 2019: Escalando tramo a tramo

Por sexto año consecutivo, el Indie americano ha desembarcado en Barcelona dentro de una potentísima selección de filmes aún inéditos en nuestro país. 

Por sexto año consecutivo, el Indie americano ha desembarcado en Barcelona dentro de una potentísima selección de filmes aún inéditos en nuestro país. La rica y variada programación de Americana con obras de ficción y no ficción presentes en premios como los Oscar, Independent Spirit, y festivales como Sundance o Berlín ha dado cobijo a obras arraigadas a la realidad social presente desde distintas formas y géneros, pronunciadas por voces noveles y renombradas. Estas características han permitido hacer un hueco al festival en la cinefilia catalana, prueba de ello es el aumento del 30% de público frente al año pasado, y que auguramos que no será su techo.

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Vida, abusos y desintegración

En Hale County, this morning, this evening, RaMell Ross toma los principios básicos del documental observacional y los deforma creando un juego de varias líneas dramáticas que quedan en suspensión narrativa, en un fresco sobre el llamado “Cinturón negro” de los Estados Unidos, constituido por suburbios poblados mayoritariamente por afroamericanos. Ross no construye grandes tramas, sino que depura las narraciones a retazos de vida de varios habitantes de la zona, reposando toda la narrativa en imágenes de su cotidianeidad, basculando entre momentos insignificantes y transcendentes, entre alegría y tristeza, con el fin de captar la realidad de un espacio del mismo modo en que se desarrolla, rompiendo con los esquemas clásicos cinematográficos. Visualmente evocadora y sugestiva desde el uso de los títulos de los capítulos, es también un retrato del paso del tiempo (llamativos son sus time-lapse) en una zona marginada, con la cual Ross consigue romper prejuicios ante el espectador ajeno, sin caer en la moralina. En su revolucionaria exposición, sin embargo, puede causar una cierta fatiga dada, en algunos momentos, la presencia de imágenes con ínfulas de transcendencia que, en realidad, resultan meramente estética disfrazada de profundidad, además de una dispersión que a veces puede desconcertar.

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Con menos riesgo, pero con más contundencia se proyectó Minding the gap, documento fílmico sobre las vidas de Bing Liu y sus dos colegas de skating, desde su adolescencia hasta su asentamiento en la edad adulta. Como en el Boyhood de Richard Linklater, somos testigos del paso del tiempo exterior e interior de sus tres protagonistas, por medio de escenas cotidianas de mayor o menor relevancia, pero cuya unión, confeccionada desde un preciso y estudiado uso de la elipsis, consigue dibujar caracteres diferentes unidos por una misma actividad. Aunque a primera vista parece que nos encontramos con una obra que aborda únicamente el coming-of-age habitual, progresivamente el film se va tornando un retrato de los abusos familiares y sus ecos en el crecimiento personal. Desde la espontaneidad del material con el que trabaja, Liu hila una historia perfectamente americana de amistad, pero sin perder de vista el desamparo de la realidad, valiéndose del cine como una vía terapéutica y de confesión para él y sus amigos.

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En el plano de la ficción, We the animals, la notable ópera prima de Jeremiah Zagar y ganadora del Premio de la Crítica, también explora el campo de los abusos familiares desde la subjetividad imaginativa de un niño. Como si se tratara de una mezcla del relato de iniciación de Moonlight (Barry Jenkins, 2016) y del realismo mágico de Bestias del sur salvaje (Benh Zeitlin, 2012), Zagar es capaz aún de crear una voz propia en este coming-of-age alusivo y rebosante de intimidad, marinada con una propuesta visual tan cautivadora como la mirada del joven protagonista, Evan Rosado. Otra descomposición familiar que dejó huella, haciéndose con la mención especial de la crítica, fue el también debut de Paul Dano en Wildlife, melodrama de corte clásico en la América rural de la década de 1960. Como en We the animals, es el punto de vista del benjamín de la familia, este ya un adolescente en tiempos de enamorarse, desde donde asistimos al paulatino incendio del matrimonio formado por Jake Gyllenhaal y una Carey Mulligan como hace años que no veíamos. Dano, junto a su inseparable Zoe Kazan, se nutren de la novela homónima de Richard Ford para concebir un guión sólido en el que todo queda convincentemente justificado, recreándose luego en un film milimétrico y preciso, con el que Dano, además, se constata como un realizador elegante, sugestivo y capaz de gestionar la tensión emocional en la pantalla.

Mujeres al poder

Como ha sido sintomático en los últimos años, el feminismo ha ido penetrando en la agenda fílmica y buena prueba de ello la hemos visto a lo largo de estas jornadas. En Support the girls, Andrew Bujalski realiza una oda al subestimado oficio de camarera tamizada por el humor manteniendo la desoladora perspectiva social fruto de la crisis económica. Aunque simpática y con una Regina Hall en estado de gracia, la sensación de ligereza y desaprovechamiento es inevitable, pese a su incuestionable intención combativa y su patente demostración de sororidad en pantalla. Peleona también en la lucha feminista y por los derechos civiles de los afroamericanos es la Ruth Bader Ginsberg (altramente conocida “Notorious RBG”) de RBG (Julie Cohen y Betsy West), una hagiografía documental de la célebre jueza estadounidense, cuya inspiradora historia y carismática protagonista supera con creces la forma del film, en exceso deudora de recursos televisivos y algo redundante en su desarrollo.

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Por su parte, el chileno Sebastián Silva quiere poner el foco en las microagresiones xenófobas naturalizadas que sufren los americanos en Tyrel. Planteada como una película de reunión con intruso, el resultado es una suerte de versión sobria de Déjame salir (Jordan Peele, 2017) en la que los trazos del género de terror se desvanecen y queda solo la incomodidad con puntuales toques de humor. No se puede negar la sutileza de Silva, pero tampoco una ejecución desigual y adormecedora en la que se prepara mucho el terreno para concluir en una catarsis insípida y menos elocuente de lo que apuntaba desde un principio.

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Sobre la estigmatización de un colectivo nos habla asimismo la encumbrada en Sundance 2018 The miseducation of Cameron Post (Desiree Akhavan), drama de iniciación en la que una joven es internada en un programa de base religiosa para “curar” la homosexualidad en los años 90. El guión es el pilar en la que se apoya la película de Akhavan y su construcción consigue que todo lo que deviene por delante de la pantalla sea fluido y relevante, además de llevar a cabo una travesía por el drama con contrapuntos cómicos que consiguen alcanzar una naturalidad con la que llegar a la emoción sin grandes afectaciones. Lástima que su desenlace culmine en una resolución algo inverosímil dado el entorno en el que se encuentran, desvirtuador de un conjunto que rozaba las máximas cotas del festival. Mención aparte merece Chloë Grace Moretz en su más madura y completa interpretación hasta día de hoy, la cual ha comprendido a la perfección los matices y necesidades de la Cameron Post del título –desprendiendo compasión y fortaleza a partes iguales-, sabiéndose apoyar en sus compañeros de reparto. En todo caso, The miseducation of Cameron Post vendría a ser una versión mejorada de otro film coetáneo de misma temática, Boy erased (Joel Edgerton), gracias a su frescura y concisión que se traducen en mayor intensidad y conexión emocional.

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Otra adolescente a las puertas de la edad adulta que ha conquistado la pantalla ha sido Thomasin McKenzie, la gran revelación de Leave no trace. Ocho años después de Winter’s bone, Debra Granik regresa a la América rural, esta vez con una historia más cálida sobre dos aislados (padre e hija) en el bosque que son forzados a integrarse en el orden de la sociedad. Basándose en la novela de Peter Rock, Granik opone el hombre en el mundo natural frente al hombre en la civilización, sacando a relucir las grietas del sistema. La dualidad naturaleza-civilización deja lugar también a la gradual oposición padre-hija, en concordancia con el crecimiento propio de una joven en la edad de los grandes descubrimientos. La paulatina toma de conciencia del personaje de McKenzie es proporcional al distanciamiento con el progenitor interpretado cómplicemente por Ben Foster, con la cual, al fin y al cabo, Granik nos cuenta un sentido y bien engranado coming-of-age.

Essa O'Shea and Hugo de Sousa in We Used To Know Each Other (2019)

Con los descubrimientos en la pareja lidia We used to know each other, la comedia de Robert G. Putka basada en las experiencias propias de él y Hugo de Sousa, actor protagonista. Tal como presentó Putka en el estreno mundial que tuvo lugar en el festival, es una cinta fundamentada en la conversación, prácticamente todo pasa por el diálogo. Un maestro del diálogo cuanto a las disecciones amorosas como Woody Allen sobrevuela toda producción de este tipo, pero Putka también bebe de la nueva comedia americana del siglo XXI, llena de referencias a la cultura popular. Esto es su virtud y su punto débil, ya que a veces se cree más inteligente de lo que realmente es. Igualmente patina en algunas secuencias donde los sentimientos quedan algo sobreexplicados, tal vez por esa dependencia devota hacia el guión. Agradable de ver y divertida, Putka y de Sousa aciertan en el enfoque neutral hacia los dos miembros de la pareja, evitando enjuiciar a sus criaturas y abriendo debates acerca las múltiples caras de la sexualidad en nuestra era. La incomodidad buscada por los autores consigue instalarse para exponer una visión progresista de la pareja para América, pero que en Europa ya tenemos más asimilada, así que tampoco cabe esperar un tratamiento revelador ni novedoso.

Héroes y antihéroes

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El mundo de la música es propicio a generar figuras centrales heterodoxas antiheroicas como las de Blaze (Ethan Hawke) o Her smell (Alex Ross Perry), en la que observamos el choque frontal de la dimensión artística con el entorno personal, desde aproximaciones y destinos diferentes. Ethan Hawke continua mostrando su pasión por los artistas –tras Chelsea Walls (2001) y Seymour: An Introduction (2014)-, en Blaze, biopic del compositor y cantante country maldito Blaze Foley, mención especial de la crítica. Hawke realiza una obra más convencional que otros ejemplos de biografías musicales como I’m not there (Todd Haynes, 2007), pero sigue resultando atípica gracias a su juego narrativo y a no dejarse llevar por los malos tics del género. Sucia pero a la vez tierna, Hawke demuestra saber componer imágenes bellas al servicio del relato, así como tener buen ojo para los actores, destacando la sorpresa que supone el debutante Ben Dickey en la piel del malogrado músico; pero es en el montaje donde debe poner más empeño, ya que se le va la mano con el metraje y en alguna ocasión deviene reiterativa y arrítmica. Mientras que Blaze experimenta una progresión decadente, a la cantante punk de Her smell, encarnada por una descomunal Elizabeth Moss, la encontramos ya en sus horas más bajas. Para plasmar a una diva egocéntrica devorada por los excesos de la fama, Perry divide el film en dos mitades diferenciadas en consonancia con el progreso de la protagonista: una primera parte fría, antipática exacerbada, caprichosa, caótica, bruta, terrorífica; y una segunda parte reposada, resplandeciente, limpia, cálida, mesurada y redentora. Con esta propuesta Perry corre el riesgo de sumir el film en la irregularidad y, aunque en su primera parte peca de ello, en general consigue salir airoso en esta caída y levantamiento de una mujer tóxica y destructiva que ve en la familia el faro para salir de la oscuridad. Sin obviar que su reflexión ya es conocida y que se echa en falta algún desarrollo más en la subtrama de las sucesoras del grupo del personaje principal, Perry ofrece una muy estimulante película, tanto visualmente como sonoramente, y con una escena para la eternidad: ese plano fijo de Moss tocando al piano Heaven de Bryan Adams.

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Poner en cuestión los roles y la figura del héroe en el western es lo que hacen los hermanos David y Nathan Zellner en Damsel, un trabajo que remite inevitablemente a las reinterpretaciones del género que han hecho otra dupla de hermanos como los Coen, con un toque del Jim Jarmusch de Dead man (1995). Para esta revisión y reinvención toman a un héroe millennial como Robert Pattinson y lo transforman en un perfecto idiota coeniano en busca de su amada (Mia Wasikowska) con el fin de desmitificar su figura. Con esta premisa, los Zellner se dedican a romper periódicamente las expectativas del espectador para desacralizar los códigos del género y convertirse en un alegato feminista en el que las mujeres pueden prescindir de un hombre. Un divertimento que bien merece atención, especialmente para ser testigos del crecimiento actoral de un Robert Pattinson hilarante dando vida al patetismo con patas.

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El verdadero héroe no podía ser otro que el Alex Honnold del flamante Oscar al mejor documental Free solo (Jimmy Chin, Elizabeth Chai Vasarhelyi), quien logró la histórica gesta de ser el primer escalador en subir sin cuerdas la roca de “El Capitán”, en el parque de Yosemite. La cinta oscila entre el documental deportivo y el estudio de un hombre obsesionado por su pasión, mostrando su carismática personalidad y, a la vez, sus inseguridades ante esta increíble hazaña. Honnold queda expuesto como alguien terco, poco sensible e individualista, pero simultáneamente es posible empatizar con él gracias a su incursión intimista en su mundo. Chin y Vasarhelyi muestran versatilidad en la descripción cotidiana y las adrenalínicas escenas de montaña, impresionantemente fotografiadas, dejando huecos para el humor despreocupado de Honnold. Una combinación que le valió el premio del público.

Como la escalada de Honnold, el festival Americana ha ganado el favor de la audiencia y su programación ha salido reforzada, con títulos de gran interés y, sobre todo, altura cinematográfica. Pero aún no han llegado a la cima, de eso estamos seguros.