Cine Nueva Tribuna

CIERRA SU SEGUNDA EDICIÓN CON 3.100 ESPECTADORES

Crónica del Ohlalà! Festival de cinema francofón de Barcelona

Después de una inicial y fructífera primera edición, en el Institut Français se volvió a recopilar para nuestros ojos una muestra significativa de cine inédito del pasado año producido en países francófonos dentro del marco del Festival Ohlalà. 

Crónica de “II Ohlalà Festival de Cinema Francòfon de Barcelona”

Después de una inicial y fructífera primera edición, en el Institut Français se volvió a recopilar para nuestros ojos una muestra significativa de cine inédito del pasado año producido en países francófonos dentro del marco del Festival Ohlalà. Agnès Jaoui amadrinó esta segunda edición, la cual albergó una retrospectiva suya en los cines Texas para conmemorar sus ya más de tres décadas delante y detrás de la cámara. Jaoui no fue la única invitada en un año en que las visitas se prodigaron más, con las asistencias del actor Pierre Deladonchamps, presentando Le vent tourne y Les chatouilles, y de la directora Catherine Corsini, defendiendo su Un amour impossible.

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El certamen abrió sus puertas con el plato fuerte de En liberté!, última comedia de un especialista galo como Pierre Salvadori, menos afinado que en otras ocasiones. El film nos relata una historia policial de venganza tamizada con humor y romanticismo, convirtiéndose en un cóctel alocado marca del director, pero cargante, forzadísimo y, francamente, muy bobo. En sus casi dos horas de metraje, la incoherencia ahoga buena parte de su batería de gags -de los cuáles sobresalen únicamente un par de secuencias-, y es la buena labor de su reparto lo que evita su rotundo fracaso, particularmente la de los secundarios Damien Bonnard y Audrey Tautou.

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Por su parte, Le vent tourne, de Bettina Oberli, aportó la cuota suiza con un triángulo amoroso de manual en la Suiza rural, a través del cual la directora nos habla de la liberación femenina de una joven granjera que descubre la insatisfacción insospechada que reina en su vida gracias al escarceo con un ingeniero eólico. Estaríamos ante un conmovedor melodrama de haber profundizado en el contexto de la protagonista, convincentemente encarnada por Mélanie Thierry (siendo esta lo mejor del film), y  de haber dado dimensión a unos personajes masculinos utilitarios que, sumados a un desarrollo un tanto precipitado, restan extensión psicológica al conjunto. Conjunto que tampoco consigue remontar por una puesta en escena con momentos de sutil belleza y otros de recato cobarde a la hora de transpirar amor.

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Más acertada es la clásica propuesta de Catherine Corsini en Un amour impossible, adaptación del romance a través de la segunda mitad de Christine Angot. Con un arranque algo tardo, la película gana gradualmente en intensidad, descubriendo múltiples capas en las que Corsini nos retrata una historia de, nuevamente, liberación femenina con fuerte compromiso político en la problemática de la diferencia de clase. Porque lo que parecía a simple vista un apasionado idilio de aristócrata-proletaria se torna en una tormentosa odisea materno-filial, coartada por una manipuladora figura paterna envuelta en encantos cegadores, en la que Corsini trata el paso del tiempo, tanto corporal como relacional. Aunque el material con el que trabaja puede hacer saltar todas las alarmas hiperbólicas, Corsini se mesura y asume un punto justo de delicadeza, emoción y sensualidad en una obra de placentero visionado, sorpresiva en ciertos momentos y con los sentimientos de una entregadísima Virigine Efira a flor de piel, como sufrida amante y madre.

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El abuso sexual a menores tomó un acercamiento innovador con Les chatouilles, ópera prima de Eric Metáyer y una Andréa Bescond multidisciplinar, basada en la autobiográfica obra de la segunda, quien además se atorga el rol principal. Su planteamiento es estimable, pero la mezcla de comedia y drama no acaba de cuajar, propiciando algunas puntuales salidas de tono; mientras que, a su vez, la conjugación de la realidad con la imaginación resulta más distraída que sumadora, a la par que descuida algunos personajes secundarios clave como son los padres. A pesar de su aura un tanto fallida, la temática con la que opera y el encanto que destila hacen que, también, esta terapia de Bescond hacia su persona devenga sobrecogedora, hecho que fue plasmado en el Premio del Jurado Joven.

EntraImage result for LES CHATOUILLESñable fue también la aportación canadiense de Les rois mongols (Luc Picard), sobre el secuestro de una anciana llevado a cabo por una adolescente junto a sus hermanos para evitar su distribución en casas de acogida. Estableciendo una analogía con la situación política del Quebec de la década de 1970 en la que tiene lugar la trama, regida por los secuestros y actos terroristas del Frente de Liberación de Quebec, Picard ofrece una buena premisa con la que desarrollar una defensa a la capacidad de decidir, a la familia y a los niños como seres críticos. Divertida, en gran parte gracias a sus paralelismos con el clima histórico, y simpática por la amalgama de madurez e ingenuidad que mueve a la protagonista, Picard, sin embargo lastra su ejecución con una evolución algo irregular y un innecesario subrayado sentimental. A diferencia de Les rois mongols, a Nos batailles no le hace falta recursos efectistas para llegar de pleno al corazón del espectador. El segundo largometraje del belga Guillaume Senez invoca en un mismo film el drama laboral y el familiar en la historia de un combativo empleado de fábrica en pleno período de tensión empresarial que sufre el abandono repentino de su mujer. El esfuerzo del protagonista en su profesión mutará también en la necesidad de reconfigurar su relación con sus hijos, tratando de fortalecer unos lazos en los que la maternidad tenía un peso determinante. La virtud de Nos batailles es que no se deja arrollar por la sensiblería y, con su sobriedad formal y reposada construcción dramática, es capaz de resultar emocionalmente elocuente. Gran parte del mérito corre a cargo de Romain Duris, en una inmensa interpretación sostenida en los matices.

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Asimismo, para padre coraje el personificado intensamente por Mohamed Dhrif en la tunecina Mon cher enfant (Weldi), última obra de Mohammed Ben Attia tras cultivar alabanzas con Hedi, un viento de libertad (2016). De nuevo con los ecos de la Primavera Árabe en Túnez, esta vez Attia cuenta la radicalización de un joven islámico, acertadamente filtrada desde la mirada de los progenitores. Naturalista e íntima, Attia se ahorra toda moral para no juzgar una situación que es producto de la irracionalidad y la vulnerabilidad, evitando así doctrinas que lleven a la estigmatización. Quien espere un tratado pormenorizado sobre la conversión al Yihadismo no encontrará todo lo que busca, ya que Attia prefiere focalizar en la percatación de un padre del abandono progresivo de su hijo y el intento de recuperarlo, pese a encontrarse en las garras del enorme monstruo. Attia trenza una sólida caracterización familiar que redunda en su parte central y, por el contrario, falta de una conclusión algo más firme, pero que consigue convencer y, especialmente, interpelar al espectador cuanto a una de las grandes lacras del planeta, cualidad que la hizo merecedora del Premio del Crítica.

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Fuera de concurso, En buenas manos (Pupille) fue la encargada de culminar el festival, con su retrato exhaustivo del proceso de adopción de un recién nacido en Francia. Jeanne Herry logra un gran equilibrio entre el valor informativo y una ternura alcanzada desde la observación realista de las vicisitudes del proceso que involucra a unos personajes muy humanos, a los que dan vida unos brillantes Élodie Bouchez, Sandrine Kiberlain y Gilles Lellouche. Sin grandes aspavientos y con toneladas de sensibilidad, En buenas manos (Pupille) fue el sólido cierre de una selección muy conectada temáticamente, fundamentada en la variabilidad de vertientes de los vínculos entre las personas, en la que también se pudo disfrutar del drama laboral En guerre (Stéphane Brizé, 2018), la cinta de animación Dilili en París (Michel Ocelot, 2018), y L’homme qui répare les femmes (Thierry Michel, 2018), documental ganador del Premio del Público sobre el doctor Mukwege, flamante Premio Nobel de la Paz. Y, si bien no todas las propuestas han estado a la altura, lo que sí ha quedado patente es la gran y variada actividad cinematográfica que se desenvuelve en los países de habla francesa, la cual nos ha regalado gratificantes momentos estos días, y bien seguro que seguirá haciéndolo, tanto en las siguientes ediciones del Festival Ohlalà, como en otros ambientes.