VARIEDAD, LEALTAD A LOS MAESTROS, CONFIANZA EN LOS VALORES DESCUBIERTOS Y FOCALIZACIÓN EN NUEVOS TALENTOS SON LAS MÁXIMAS DEL FESTIVAL

Crónica final del D'A FILM FESTIVAL BARCELONA 2018

Barcelona ha vuelto a ser el escaparate de una recopilación de los buenos testimonios que el cine de autor ha dejado durante el último año en los festivales de cine del planeta. 

Barcelona ha vuelto a ser el escaparate de una recopilación de los buenos testimonios que el cine de autor ha dejado durante el último año en los festivales de cine del planeta. En cada una de las diferentes secciones, la pluralidad de cinematografías y de géneros se ha visto bien representada, en una edición que, en concordancia con la revolución feminista que se vive en la industria, ha sido especialmente relevante cuanto a la presencia del cine hecho por mujeres. Grata representación que ha obtenido su traducción en el palmarés.

Elegidas para la gloria

 

En una tendencia que esperamos que sirva para visibilizar a creadoras y fomentar el trabajo femenino en el cine, el D’A ha hecho su aportación propia a ella, atorgando más del 50% de sus distinciones, entre premios y menciones, a películas hechas por mujeres. A la cabeza de la secció “Talents” –la cual pretende ser un altavoz para directores y directoras en efervescencia-, se ha coronado a la india Rima Das y la peripecia de una niña de familia humilde para formar una banda con otros chicos de su aldea en Village Rockstars. Un canto en forma de coming of age sencillo y luminoso. La búlgara ¾ (Ilian Metev), por su creatividad en la puesta en escena, empata en la mención de la sección junto a la encumbrada Con el viento, de Meritxell Colell. La película de Colell, respaldada en la Berlinale y el Festival de Málaga de este año, aborda la importancia de la familia, los vínculos de sangre y la memoria por medio de los silencios y la contención, en la que prima lo sensorial. Un trabajo plástico atractivo –cabe destacar el intenso diseño de sonido- y un cuarteto de actrices bien compenetradas elevan una historia que bebe en demasiado de lugares comunes y tópicos de otros dramas familiares, esta vez tamizados con un filtro contemplativo, el cual en ciertos pasajes termina resultando algo insistente.

 

La crítica, por su parte, ha concedido honores a la gallega Diana Toucedo y su docuficción Trinta Lumes, acerca de las conexiones entre la vida y la muerte en la aldea de O Courel (Lugo). Decisión apoyada en el carácter mestizo del género fantástico y el documental. La mención, por otra parte, ha recaído en la iraní Ava (Sadaf Foroughi), en la que la directora vierte parte de sus experiencias de adolescente. A medio camino entre el melodrama de Farhadi y el estilo directo de Kiarostami o Panahi, Foroughi indaga en la rebelión de una adolescente ante los dictámenes familiares y sociales, opresores de su desarrollo como ser humano. Foroughi cuenta una historia cruel cuya denuncia es de alto interés social. Lástima que la tensión no quede tan bien sostenida como en los maestros en los que se basa, generando una cierta reiteración y monotonía en el relato.

 

El veredicto del público, ajustado hasta el último momento, ha distinguido al italiano Jonas Carpignano y su celebrado fresco sobre una comunidad gitana italiana en A ciambra. Asimismo, el anime de Night is short, walk on girl (Masaaki Yuasa) ha sido la primera afortunada en ganar el Premi del Públic de la Sala Jove, espacio creado este año con una programación hecha a cargo de jóvenes programadores.

América no es lo que era

 

El imaginario americano propagado por el séptimo arte a lo largo de su historia ha tenido una respuesta proporcional en forma de decepciones para los muchos extranjeros que han llegado allí cegados por la ilusión desprendida del celuloide. Desde el cine, también ha habido durante décadas reacciones en forma de desmitificaciones de los tópicos de la sociedad americana, que también han tenido su cuota en el Festival. Por parte de Julia Solomonoff –ocho años después de El último verano de la boyita-, con producción de Isabel Coixet, nos llega la notable Nadie nos mira, retrato del desarraigo que vive un actor argentino parado en Nueva York. Un poderoso Guillermo Pfening da vida a esta gloria interpretativa de Argentina que, en el país donde los sueños se hacen realidad, observa como pasa a ser alguien ignorado, relegado a picar piedra para labrarse un camino, mientras el teléfono no suena o le augura más esperas. Mientras el tiempo pasa, empieza a trabajar como niñero, una tendencia actual las urbes americanas para que los niños aprendan idiomas. Pfening consigue equilibrar la arrogancia de un carácter egocéntrico con la vulnerabilidad emocional de alguien añorado y a la vez deseoso de abandonar el fracaso. Solomonoff, también con un fluido equilibrio entre sutileza y dramatismo, recrea en su personaje alguna experiencia propia en otro punto de vista sobre la inmigración. Un exilio menos crudo contextualmente al ser blanco, con poder adquisitivo y trasladarse por voluntad propia, pero con denominadores comunes en cuanto a anhelos.

 

A otra que también que se le cae a los pies la América ideal vendida desde las clases de inglés de su academia es la protagonista de Oh Lucy! (Atsuko Hirayanagi, 2017). En la andanza de una japonesa que viaja a Estados Unidos para recuperar a su encantador profesor de inglés, hay un choque cultural que aturde a la heroína y su hermana, evidenciando que hay una amargura detrás de todas las bondades con las que nos embaucan. Maravillas ante las que se rinde cualquiera, pero especialmente personas con flaqueza emocional que necesitan una vía de escape, como en el caso de la protagonista. Cómica pero también agria, la película vive del patetismo de unos personajes que lidian con lo estrambótico, rozando momentos algo excesivos y poco creíbles que se diluyen en un resultado simpático pero que pierde fuelle, reanimado en buena parte gracias a Shinobu Terajima, Kaho Minami y un recuperado Josh Harnett fuera de su zona de confort.

 

Regresamos a Nueva York de la mano, esta vez, del debutante Gustavo Sánchez, quien ha desempolvado sus grabaciones caseras con los testimonios de varias artistas transexuales de la ciudad para componer su primer film. El peso de un film visualmente tan sucio como el ambiente underground que captura se encuentra en las cuatro mujeres que se desnudan ante la cámara de Sánchez. Luchadoras, deslenguadas, auténticas y artistas, ejemplos valientes de supervivencia en una ciudad llena de claroscuros humanos. Tal vez le falta algo más de contundencia en sus denuncias y apologías, pero esta compensada gracias a la frescura y amenidad de la propuesta.

Otros lugares donde vivir

 

Como América sale tan mal parada, ha habido otros filmes que han explorado otros lugares en el mundo donde vivir. Aunque algunas terminen pareciéndose al imperio capitalista americano, como es en la mexicana Tiempo compartido, de Sebastián Hoffmann. En ella, una familia que llega en un paradisíaco complejo turístico es forzada a compartir villa con otra familia. El patriarca irá descubriendo las cloacas que hay detrás de la estructura del complejo por medio de una cruel sátira con ecos coenianos, pero también con su crítica a las sociedades occidentales de Alexander Payne. Humor sin compasión en una película con reminiscencias a Kafka que, sin embargo, no termina de hacer diana y le falta un punto más de frescura. Pero es en su analogía crítica con el sistema capitalista y las tendencias colonialistas americanas donde está el valor de la propuesta de Hoffmann.

 

En uno de los platos de Un Certain Regard de Cannes 2017, la alemana Western (Valeska Grisebach) nos habla de otro colonialismo: el de la Europa poderosa frente a la Europa precaria. Un grupo de alemanes se instalan en un pueblo búlgaro para construir una central eléctrica, con un modus operandi digno de todo imperialista. Como si se tratara de un western crepuscular de Hawks, los maduros personajes se asientan en el pueblo y desarrollan sus relaciones interpersonales con los habitantes autóctonos. Grisebach reproduce las diferencias culturales y económicas que existen no ya sólo entre países del mundo, sino en el seno de una agrupación internacional que aboga por la igualdad como es la Unión Europea. Natural y despojada de todo artificio, la sobriedad de la cinta deja espacio también para el optimismo, posible gracias a la bondad que aún puede existir en el ser humano.

 

Otra de las grandes crisis humanitarias del presente como es la causa de los refugiados ha sido el motivo de la última obra del turco Semir Kaplanoglu, su regreso a la ficción tras su premiada trilogía formada por Huevo (2007), Leche (2008) y Miel (2010). Para ello, Kaplanoglu se adentra en los cauces de un futuro distópico en que las ciudades están reservadas a las élites y el campo es un espacio de supervivencia, en el que un hombre debe encontrar un nuevo lugar para progresar, a raíz de la expulsión indiscriminada que ha vivido. La premisa iniciática de Kaplanoglu parece que obedece a los códigos del subgénero de la distopia apocalíptica, pero en realidad no abandona nunca su esencia como cineasta, ya que lo que nos ofrece es una road-movie existencialista, en la que la sombra de Tarkovski acecha en todo momento, con una especial preponderancia en el contacto del hombre con la naturaleza y el cosmos. Jean-Marc Barr aguanta cómplicemente con Ermin Bravo un film que abusa de un ritmo lacónico que lastra las tensiones dramáticas que pueden sucederse. Como ya le pasaba a Jupiter’s Moon (Kornél Mundruczó, 2017), un apetecible tonteo entre ciencia-ficción y cine social queda mermado por las ínfulas pretenciosas de un creador que, eso sí, resulta tan estimulante como fallido.

Menores perdidos

 

No sólo los adultos han efectuado viajes tanto físicos como emocionales. Niños y jóvenes, desde distintas lecturas y con dispares resultados, han experimentado vivencias a través del espacio que les han llevado a crecer. El Francesc de la catalana Jean-François i el secret de la vida (Sergi Portabella, 2017) adopta la identidad de Jean-François y se pone en ruta junto a una joven de alrededor 20 años para ir a encontrar a Albert Camus. Como el protagonista, Portabella se empapa de referencias francófonas y concibe una obra que lidia con el coming of age callejero de Truffaut con el aura de feel-good movie entrañable de Jean-Pierre Jeunet, con el quien comparte un cierto sentido del humor. Jean François i el secret de la vida es lo bastante hábil para que la intertextualidad y sus referencias no fagociten su fresca propuesta, cristalizando en una melancólica visión sobre la desubicación del adolescente.

 

Por contraste, sin lugar para la diversión nos deja Andrew Haigh en Lean on Pete (2017). Haigh, nuevamente, nos habla de las relaciones humanas en la odisea de un chico de 16 años por la América profunda, en busca de su tía tras quedar huérfano junto a un caballo con el que entabla una relación de dependencia. En esta cara B desnuda y amarga de War Horse (Steven Spielberg, 2011), la traducción de la novela a la pantalla no está exenta de una historia cruda y de enorme potencial dramático, pero que Haigh consigue mantener sin sobresaltos excesivos durante buena parte de su metraje. Algo menos sutil y más explícita que los filmes que le dieron la fama internacional, Weekend (2011) y 45 años (2015), Haigh nos sigue hablando de gente frágil que busca amor i comunicarse con los otros. Esta vez, pero, tomando los cauces del western de crecimiento personal, en el que somos testigos de cómo alguien inocente puede descender a los actos morales más bajos, a raíz de una sociedad adversa con su condición. Todo ello defendido por un Charlie Plummer -l John Paul Getty III secuestrado de Todo el dinero del mundo (Ridley Scott, 2017)-, que controla a la perfección todos sus gestos, en una de las interpretaciones juveniles más maduras y desoladoras que hemos visto en años.

 

Más inocente es el día que pasan deambulando por París los niños de Cléo & Paul (Stéphane Demoustier, 2018). Demoustier toma a sus hijos como actores y los hace perderse por la ciudad. La candidez de su paseo, con un interés leve para encontrar a sus padres, contrasta con la urgencia de los adultos con los que se topan. Urgencia acentuada por el clima de alerta en la ciudad tras los atentados terroristas ocurridos meses antes. Recordando por momentos a El pequeño fugitivo (Ray Ashley, Morris Engel & Ruth Orkin, 1953), Demoustier nos brinda una despreocupada y naturalista mirada a la infancia, que observa desde una efectiva sencillez el modo tan diferente de relacionarse con la naturaleza que tienen los niños en comparación con los adultos.

 

El viaje de la Tamara de la chilena Princesita (Marialy Rivas, 2017) no es espacial, sino en el lleno de los cambios físicos y emocionales propios de la pubertad. Atrincherada en el extraño ambiente de una secta rural (únicamente asiste a la escuela, como medida extraordinaria), Tamara es la elegida del líder para ser la madre de su sucesor. Rivas trata un tema tan actual como es la liberación femenina ante la opresión machista a través de un cuento que abusa de los recursos introspectivos y tics malickianos, y que, por el contrario, posee algunas incongruencias que restan verosimilitud y mucha fuerza a un planteamiento necesario y firme.

Mujeres y hombres en apuros

 

Además de las andanzas de los jóvenes, hemos visto a adultos pasándolo mal, a varias escalas. Charlotte Rampling ha dejado los corazones de la platea en puño con su contenida pero elocuente interpretación en Hannah, segundo film del italiano Andrea Pallaoro tras Medeas (2013). Siguiendo el día a día de una mujer cuyo marido está en la cárcel, la película está marcada por unos silencios que refuerzan lo perturbador de lo elidido. El espectador no encontrará respuestas a las preguntas que plantea, pero el film tiene la habilidad de resultar suficientemente sugestiva como para componer una historia con un trasfondo sórdido, que deriva en la soledad de su protagonista, y en el repudio social y familiar. Mientras configuramos en nuestra mente la historia de Hannah, Pallaoro nos hipnotiza con su estilo manierista, con planos descentrados y enmarcados, además de efectuar un estudio sobre el rostro y el gesto de una pletórica Rampling, como ya hizo el antes citado Andrew Haigh en 45 años.

 

Más inesperado es el recital interpretativo de Robert Pattinson, muy sólido y alejado de otros trabajos suyos en la excelente Good Time, de Ben y Josh Safdie. Esta sensación de Cannes, disponible en Netflix, es un film noir de inspiraciones scorsesianas con un pequeño chute de la aspereza de Nicholas Windig Refn que, además, suma una destacable aportación no solo al cine de atracos, sino al canon de filmes sobre las relaciones fraternales. Una sucia pesadilla urbana, dirigida con precisión y pericia, con agudeza técnica desde el sonido hasta la ecléctica banda sonora, capitaneada por un entregadísimo Pattinson que, sin duda, muestra una muy estimulante faceta suya, como ya le pasó a Kristen Stewart con Olivier Assayas. Incuestionablemente, uno de los mejores ejemplos de savoir faire cinematográfico, con una perfecta sincronía de forma y fondo, de sentido del entretenimiento y la profundidad, del dominio de los códigos de género y la transgresión.

 

Desde Francia, pero con regusto cínico al yogurt griego Lanthimos, nos trajo Samuel Benchetrit (La comunidad de los corazones rotos, 2015) Chien, sobre la progresiva transformación del carácter de un hombre en un perro. Una metáfora sobre la deshumanización del ser humano y las relaciones de supeditación, menos divertida de lo que cabía esperar, pero sí más desagradable. Una brillante idea no muy bien ejecutada, debido a su retardo en el inicio de las acciones, al poco aprovechamiento de las situaciones y, en general, a la falta de chispa de su creador. Decepcionante, algo obvia en sus reflexiones, poco creíble en algunos momentos y desconcertante en otros, es la devoción Vincent Macaigne lo más consistente de la propuesta. Una pena.

No hay dos sin tres

 

Ciertas películas han incidido con más exhaustivamente en las relaciones humanas varias bandas. Entre amigas, hemos visto los altibajos de dos muy bien acopladas Pilar Gamboa y Dolores Fonzi en El futuro que viene, debut de la argentina Constanza Novick. El público es testigo de una amistad a lo largo de tres tiempos, marcada por el predominio de la influencia encima de la otra, de dos naturalezas distintas pero complementarias. No difiere de otros filmes sobre amistades, pero Novick sabe como conectar a sus dos protagonistas con el público, por medio de sucesos reconocibles, especialmente para las mujeres. Asequible, agradable, bien narrada y mejor interpretada.

 

Un maestro de los amoríos como Philippe Garrel fue fiel a su estilo con Amante por un día, nueva aproximación a los triángulos amorosos, que supone el cierre a su trilogía conformada por La jalouise (2013) y L’ombre des femmes (2015). Con su habitual elegante blanco y negro, Garrel nos narra otra de sus filias en el encuentro de un padre con su hija, abandonada por su novio, y la relación del padre con una alumna suya. Garrel no se anda con rodeos y concentra en una hora y cuarto una película de corte pausado, pero activa en todo momento cuanto a lo narrativo, con algún que otro as en la manga. De ligereza en su visionado, pero de interés psicológico para comprender el comportamiento humano cuando se deja llevar por las pasiones, Garrel hace una apuesta sobre seguro en un film dominado con soltura, en el que, además, a diferencia de la familia descrita, prueba la buena relación con su familia, al contar con su hija en uno de los roles principales y su mujer como guionista.

 

El hiperactivo Hong Sang-soo presentó por partida doble sus novedades: La cámara de Claire y The day after. En la última, parodia los códigos del melodrama romántico gracias a una historia de (falsos) triángulos amorosos, en los que las apariencias y la confusión reinan. Esto es un pretexto para seguir imprimiendo su sello y jugando con la fragmentación y la reinterpretación de escenas, siempre arraigado a unos personajes masculinos alelados y a unas mujeres firmes. Las múltiples lecturas que destila evidencia la riqueza que esconde una trama aparentemente liviana, a la que solo se le puede achacar una leve reiteración que podría haberse simplificado. Empero, una nueva exposición de la virtud de un cineasta con un gran bagaje fílmico con afán de experimentación.

Fantasmas y celuloide

 

En otros parámetros, hemos visto como se han despertado los fantasmas y los espíritus que conlleva el arte que transcurre en una pantalla, desde aproximaciones dispares realizadas por curtidos cineastas. Arnaud Desplechin equipara el aturdimiento y la descolocación de un director de cine encarnado por Mathieu Amalric y de su personaje en la ficción, un diplomático con la cara de Louis Garrel. El desconcierto también lo vive Marion Cotillard en la piel de una vieja conocida para Amalric, resurgida de sus cenizas y cuya identidad es dudosa. Desplechin factura un film muy sugerente y con varias incógnitas que no serán resueltas, pero también está obsesionado con narrar y los personajes vivan, aunque estén un tanto narcotizados. El fruto es una obra con una seductora primera hora que se desbalaza en su segunda mitad por un exceso y una pomposidad que llevan a poco, defendida por un siempre solvente reparto que tampoco nos brinda nada novedoso. Pero, aún así, es innegable que Desplechin tiene oficio y sabe como cautivar desde sus faltas.

En otro orden, pero teniendo al cine en primera instancia, Guy Maddin investiga los límites de la intertextualidad en un gran exponente sobre la postmodernidad como es The green fog. Un cinéfilo Maddin reconstruye el Vértigo de Hitchcock por medio de imágenes robadas de filmes rodados en San Francisco (desde grandes clásicos hasta rompetaquillas noventeros como Instinto Básico). Maddin se lo pasa bomba manipulando los fotogramas para componer una sinfonía tremendamente referencial de lo que es el cine y los géneros, llena de sorna y humor, pero también de una loca coherencia. Distendida, graciosa, irónica y algo nostálgica, un brutal ejercicio de montaje al servicio del gozo del espectador, pero también de la reflexión sobre las formas y el metalenguaje. A parte de The green fog, Maddin también nos obsequió con otro homenaje al maestro del suspense inspirado en La ventana indiscreta con Accidence, corto que espía la fachada de un edificio de apartamentos, en el que la simultaneidad de acciones de sus inquilinos revisa la idea de comunidad.

 

Finalmente, un experto en los bajos fondos y los tormentos de la mente como Paul Schrader hizo desfilar First reformed, sobre la aflicción de un sacerdote (Ethan Hawke) por la muerte del marido de una feligresa (Amanda Seyfried). Relato sobre la fe, la pérdida, el amor y la redención de tónica fría, consigue incomodar por la imprevisibilidad de sus personajes y lo turbio del asunto. Schrader sigue siendo un rebelde que busca la provocación y descolocar el espectador con esta meditada película en la que se aprecia como se puede forzar el ser humano, a unos niveles similares a los que nos relataba Paul Thomas Anderson en El hilo invisible hace poco. Puede generar más o menos rechazo, pero la indiferencia por descontado que no aflora en ningún momento.

 

Variedad, lealtad a los maestros, confianza en los valores descubiertos y focalización en nuevos talentos son las máximas de este Festival que no hace más que crecer tanto en cantidad como en calidad, que insufla luz a obras con alicientes que tal vez no tendríamos el placer de admirar. Un espacio en el que cada día que pasa nos adoctrina más en el gusto cinematográfico.