SE HAN PRESENTADO ENTRE OTRAS COURI PURI, EL MAR NOS MIRA DE LEJOS Y THE WILD BOYS

Sevilla Festival de Cine Europeo-SEFF 2017. Día 4

Un buen día lleno de propuestas interesantes y de lo más sensoriales aunque con algún traspiés romántico.

Nuestro día de hoy comienza con la proyección de El mar nos mira de lejos de Manuel Muñoz Rivas, montador y guionista de películas como Arraianos y Dead Slow Ahead, cuyo director, Mauro Hercé, realiza aquí las labores de fotografía en un relato que evoca el origen mítico de Doñana, remontándonos gracias a una voz en off bien integrada en las imágenes hasta el mismo Tartessos, lugar de leyenda y espacio soñado que entronca con las nuevas edificaciones para el turismo de playa construidas en el lugar.

Pero mientras esta fábula se nos cuenta, ante nosotros aparecen las imágenes del verdadero lugar, espacio desolado, de dunas y mar en el horizonte, donde conviven los últimos lugareños casi enclaustrados, realizando sus viejas tradiciones, ocultos de ese otro lugar que se nos quiere vender por parte de los organismos municipales como espacio para el recreo de las masas.

Quizás, la mejor hora para ver esta película no era en un pase tan temprano. Su belleza puede perderse entre nuestros recién despiertos ojos, pero su experiencia es bien recompensada con el lirismo de sus imágenes y su estupendo diseño de sonido que hace que por momentos nos encontramos en este lugar, que sintamos la arena y el mar sonar en nuestros oídos.

El siguiente pase ha sido el de Couri Puri, debut en el largometraje de Roberto de Paoilis, donde una joven de familia fervientemente arraigada a la iglesia, su madre podría ser la compañera de misa perfecta de la de Carrie, se debate entre su fe y el deseo al conocer a un joven de origen más humilde y algo macarra después de que ella robe un móvil en la tienda donde este trabaje y sea despedido.

La cosa comienza con fuerza pero tarda poco en derivar en un producto que podría haber venido con la firma de Federico di Moccia, cuando lo interesante hubiese sido que esa religiosidad que procesa la joven hubiera tenido mucho más peso. Tras su primera media hora la historia comienza a hacerse cada vez más previsible, notándose cada giro de manual de libro de guionista, con reacciones de sus personajes que ocurren sin sentido alguno y con un final que como no podía ser de otra manera, no es apto para diabéticos. Para colmo de males, hay en todo el filme un aura de racismo que cuesta mucho creer que sea crítico sino más bien desvelado.

Nuestro primer pase de la tarde es para Ramiro de Manuel Mozos, donde la vida de un poeta en crisis y bloqueo, interpretado por António Mortágua, se convertirá literal y formalmente en uno de esos culebrones que tanto ven su anciana vecina y su nieta al descubrirse un secreto que oculta un crimen.

Así, la cinta transcurre siguiendo a su protagonista, al que el director retrata de forma entrañable y cariñosa sin incurrir en lo fácil que hubiese sido mostrarlo de una forma patética por su forma de ser, por lugares deshabitados, reflejos de lo que es su alma y por esa librería en la que trabaja y que se convierte en su último refugio para intentar salir de la crisis creativa.

A medida que se van conociendo todos los personajes la película comienza a transformarse formalmente en un culebrón en la que no faltan los tics tan usados en los mismos (los zooms para la tensión y sorpresa, la música para generar intriga…)

Tras esto, y sin demasiado tiempo de esperar entre un pase y otro, comienza la proyección de Self-criticism of a bourgeois dog de Julian Radlmaier, una suerte de spoof movie política protagonizada por el propio director que interpreta el papel de un director de cine que intentando ligarse a una chica a la que ha observado esperando en un museo, decide convencerla para ir a trabajar a una empresa de cosechado de manzanas como ejercicio para la próxima película que va a rodar.

Es en este lugar, y gracias a un inspirado grupo de secundarios de lo más variopinto, donde la película se entrega al gag puro, con algunos momentos de cartoon pero que no son totalmente disfrutables por culpa de la voz en off del director que narra demasiado lo que ocurre.

En su último acto, y tras un giro metacinematográfico, se llega a la locura que tanto estábamos esperando, mejorando considerablemente hasta el final, que no por previsible deja de tener su gracia.

La noche acaba con The Wild Boys de Bertrand Mandico, en la que posiblemente sea la película queer de lo que llevamos de siglo XXI. Una cinta que desde su potente inicio invoca la transgresión del primer Bruce Labruce, el delirio del giallo alucinatorio de Hélène Cattet y Bruno Forzani, la estética a camino entre Guy Maddin, Tom of Findland y el Querelle de Fassbinder o la saturación de color de Derek Jarkman, entre otros muchos referentes, ya que cada plano, cada nuevo giro de la historia está lleno de detalles y referencias a la cultura en general y los géneros y subgéneros en ella se van transformando unos en otros.

Es la historia de un grupo de jóvenes interpretados por chicas que tras el cruel asesinato y violación de una de sus profesoras son enviados a una isla misteriosa como castigo y que convertirá este viaje en una fábula oscura y grotesca sobre la identidad sexual y de género, el germen de la maldad o el comportamiento social aceptado.