CRÍTICA DE TEATRO

Los Nadadores Diurnos (Salón de Belleza), dirigida por Carlota Ferrer: Cosmética de los adentros

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Texto y dramaturgia: José Manuel Mora

Dirección: Carlota Ferrer

Con Enrico Bárbaro JR, Carlos Beluga, Julia de Castro, Juan Codina, Carlota Ferrer, Tagore González, Manuel Tejera y Alberto Velasco

CRÍTICA

Carlota Ferrer vuelve a las tablas del Matadero cuando se cumplen casi diez años del estreno del exitoso Los nadadores nocturnos, su puesta en escena del texto homónimo de José Manuel Mora, uno de sus más frecuentes colaboradores. Tanto el dramaturgo sevillano como la directora madrileña han vuelto a los mandos de un proyecto que retoma algunos personajes de la propuesta anterior. Ahora la propuesta parte del hijo del fundador de la Orden de los Nadadores Nocturnos, Jean G. y, como hiciera su predecesora, plantea un catálogo de personajes heridos, perdidos en un mundo que los vomita, que conviven con su soledad y con el mudo deseo de ser amados: La Mujer Rota (Julia de Castro), El Chico Paloma (Alberto Velasco), El Hijo (Manuel Tejera), El Joven Performer (Enrico Barbaro Jr.), El Hombre Solitario (Carlos Beluga), La Taquillera (Carlota Ferrer) o El Mendigo (Tagore González). Estos caracteres se dan cita en un Salón de Belleza, entendido como un lugar donde purificarse, una suerte de purgatorio tras el cual prepararse para la muerte o para el paraíso.

El montaje, como ya ocurriera en Los nadadores diurnos, parte de una puesta en escena que parte del posdrama y combina distintos lenguajes más allá de la palabra: la intertextualidad, la música en directo, el trabajo coreográfico… todos ellos al servicio de la creación de imágenes plásticas potentísimas. Tal es el alarde de recursos que, en algún momento, terminan por dejar exhausto al espectador a quien, a veces, le resulta complicado descifrar el sentido último de acciones, referentes o símbolos. No se trata, por tanto, de una obra para un público amplísimo y el espectador ha de acercarse a la puesta en escena desde la apertura a las sugerencias planteadas y la emoción. En este sentido, ha de encomiarse el trabajo de los actores que se dejan la piel –casi literalmente– y ofrecen al espectador toda una catarsis colectiva que parte, las más de las veces, de lo íntimo. Destacan un espléndido Juan Codina, un sensible Alberto Velasco –especialmente en su encarnación de la Mujer Canto– y una hipnótica Julia de Castro. Sin embargo –y quizá por encima de por encima de los hallazgos visuales–, el montaje brilla en los monólogos donde cada uno de los personajes se abre en canal, casi a modo de confesión. Es en estos momentos cuando el texto de Mora llega a conmovernos y algunas de sus frases son, a veces, latigazos.

Los nadadores diurnos y su colección de seres desvencijados que se muestran en su total y transparente imperfección aspiran a llevar al espectador a ese salón de belleza paradisíaco, en el que todos seremos, a la postre, plenos. La personalísima propuesta de Carlota Ferrer podrá convencer en distinto grado, generando tanto adhesiones acérrimas como fervorosa indiferencia, pero en ningún caso podremos achacarle valentía o falta de ambición.