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Kubrick (de Michael Kubrick (de Michael Herr)): El infierno desde dentro

Michael Herr (1940-2016) puede presumir de un currículum envidiable: es autor de la obra más importante sobre la guerra de Vietnam, Despachos de guerra, y después fue coguionista de los films más importantes sobre ese viaje al horror vivido por los soldados norteamericanos: Apocalypse Now, de Francis Coppola, y Full Metal Jacket, de Stanley Kubrick.

Herr fue cronista en directo de la guerra de Vietnam, a finales de los 60. Luego, al regresar a casa, recreó ese viaje al infierno con su obra Despachos de guerra, publicada en 1977.

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Fue su primer viaje al infierno, pero no el último. Luego vendrían las películas de Coppola y Kubrick. El infierno, nuevamente.

De hecho, el personaje del recluta Bufón (interpretado por Matthew Modine) bien podría ser el traslado del auténtico Herr al guión de La chaqueta metálica, sobre todo en la segunda mitad del film, cuando es un periodista de la revista Barras y Estrellas.

Tras vivir un retorno al infierno trabajando en los años 80 con el intocable Kubrick en su visión de la guerra de Vietnam, Herr fue llamado de nuevo por el director para «pasar la esponja» a los diálogos de su último film, en los 90, Eyes Wide Shut.

La colaboración no prosperó, por el bien de la salud de Herr… aunque ahora se arrepiente de no haberse animado a un último viaje al infierno. Y no es el único que lo lamenta.

Porque trabajar con Kubrick podía ser exactamente eso: un paseo por los círculos de Dante, directamente al infierno.

Pero un viaje del que luego uno presume. Siempre. He trabajado con Kubrick. Cuando has sobrevivido, te apetece repetir. Por muy dura que haya sido la experiencia.

Y casi, casi, a punto estuvo de repetir, algo que sólo pueden decir unos pocos actores: Peter Sellers, Joe Turkel, Kirk Douglas y algunos más… Eso sí, su equipo técnico era permanente, casi una familia.

No prosperó la segunda colaboración como guionista, ya que fue el desagradecido Frederic Raphael quien escribió el guión de Eyes Wide Shut. El escaso amor que le demostró Kubrick, reacio a respetar el inmaculado texto del autor de Dos en la carretera, llevó a Raphael a publicar un libro interesante y odioso al mismo tiempo: Aquí Kubrick; un «ajuste de cuentas» con el director que algún día comentaremos detenidamente.

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Herr no llegó a trabajar en el guión, pero seguía siendo amigo de Kubrick.

Y Kubrick era fiel a los suyos, de ahí que le ofreciera a Michael Herr una exclusiva: aunque no estuviera dispuesto a reescribir los diálogos de su último título, sí podía escribir un reportaje exclusivo sobre el proceso creativo de Eyes Wide Shut.

Un reportaje para la prestigiosa revista Vanity Fair, que se debía convertir en la única fuente de información autorizada sobre el último film de Kubrick.

Kubrick murió en pleno proceso de postproducción de Eyes Wide Shut.

Y ese reportaje quedó en el limbo.

Pero Herr, amigo de Kubrick, entusiasta del trabajo del maestro, decidió continuar con el reportaje. Revisarlo. Ampliarlo. Meditarlo…

Y, finalmente, convertirlo en este breve, pero apasionante libro, publicado en su versión original en el año 2000, titulado sencillamente Kubrick y editado en español por Anagrama en el mítico 2001.

«Como amigo suyo que era, solía traerme sin cuidado la basura que leía sobre él, pero ahora que ha muerto debo decir que me molesta. Naturalmente, siempre es penoso ver a un gran artista menospreciado por unos necios, por culpa de unos prejuicios mezquinos, equivocados y negativos, por una acumulación de ideas erróneas a las que se aferran de manera contumaz. Es lo que ocurre cuando un carroza se enfrenta a una obra rompedora».

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Un viaje inolvidable

Si no has leído ninguna de las obras de Michael Herr, este pequeño manual es una buena introducción a su elegante prosa, su profundo análisis psicológico y su facilidad para condensar ideas complejas en párrafos breves que se degustan con fruición.

«Stanley Kubrick era amigo mío, en la medida en que la gente como Stanley tiene amigos, y si es que hoy en día queda gente como Stanley».

Ya desde estas primeras palabras descubrimos que no va a ser un acercamiento convencional a la persona de Kubrick, porque el libro apenas habla de su cine, se centra sobre todo en la persona y desmonta, en buena medida, el personaje.

Y, además, cojonudamente bien escrito.

Herr habla del Kubrick que podía estar siete horas seguidas hablando por teléfono con su guionista —Gustav Hasford, autor de La chaqueta metálica—, de la importancia del personaje —cuya «leyenda» el autor suscribía, hasta que le conoció en persona— o de las interminables sesiones hablando de Carl Jung y la sombra, elementos que, a la postre, serían coprotagonistas de films como El resplandor, La chaqueta metálica o incluso Eyes Wide Shut.

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Porque la presencia del «otro» es uno de los temas que da coherencia al último cine de Kubrick.

Cuando Kubrick le llamó en 1980, Herr confiesa que se hizo la ilusión de que Kubrick quisiera adaptar su novela sobre Vietnam, aunque la duda duró unos minutos: «Stanley Kubrick quería conocerme porque le había gustado Despachos de guerra, mi libro sobre Vietnam. Fue lo primero que dijo cuando nos conocimos. Lo segundo que dijo es que no deseaba hacer una película del libro».

Directo al grano. Así era Kubrick.

En realidad, después de mostrarle en exclusiva un preestreno de El resplandor —estamos hablando de 1980— quería que le ayudara con la adaptación de Traumnovelle, la novela escrita por Arthur Schnitzler en 1926, que Kubrick ya había leído más de veinte veces y Herr no podía encontrar en ninguna librería… «La razón por la que probablemente yo no había oído hablar de ella era porque Kubrick había comprado todos los ejemplares existentes».

Así era Kubrick. Sin medias tintas.

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De hecho, poseía los derechos de la adaptación cinematográfica desde 1960… y los retuvo hasta que, finalmente, en 1999 pudo realizar Eyes Wide Shut, la versión de aquella novela que persiguió durante cuatro décadas.

Pero sigamos con la amistad de Herr y Kubrick, una amistad que ya llevaba años de llamadas telefónicas maratonianas, hasta que Kubrick decidió adaptar The short-timers, de Gustav Hasford, y entonces sí, pidió a Herr que le ayudara a escribir el guión de lo que sería La chaqueta metálica (1987): «A aquellas alturas yo sabía que había estado trabajando para Stanley desde el momento en que le conocí».

Una afirmación que no está reñida con que critique —amablemente, eso sí— la proverbial «tacañería» de Stanley a la hora de pagar a sus colaboradores, porque estos ya estaban sobradamente pagados por trabajar con el gran Kubrick: «Stanley creía que era un privilegio trabajar con él, y ésa era una realidad que estaba mucho más allá de la arrogancia o la humildad».

Opina, con conocimiento de causa, del director, de la importancia del arte, pero también del lado económico, imprescindible para conseguir la autonomía creativa de la que Kubrick y muy pocos más han podido presumir durante su larga carrera.

Por supuesto, también opina de lo que siempre se habla de Kubrick: su carácter obsesivo y la frialdad de que hacía gala en el trato con los demás. «He leído en muchísimos artículos y en unos cuantos libros que Stanley era un hombre frío, aunque eso debía de ser ante la gente que no le conocía».

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Y así, desvelando pequeños secretos, transcurre el libro.

Pasa como un suspiro, mientras uno confirma teorías y descubre nuevos puntos de vista.

La vida y la obra de Kubrick seguirán siendo inagotables durante mucho tiempo.

Esta pequeña joya ayuda a valorar en su justa medida ambas.

Y, sobre todo, ayuda a conocer al hombre Stanley y separarlo del mito Kubrick.

Distinguir entre la persona y la obra. Entre la leyenda y la realidad.

Algo que Kubrick no tenía la menor intención de hacer. Le venía bien así: todos trabajaban felices junto al gran director y eso le permitía convertir sus rodajes en auténticos infiernos —ya lo decíamos al inicio: Vietnam, Apocalypse Now y Full Metal Jacket: los viajes al infierno de Herr—, porque Kubrick acababa explotando al máximo a todos los que estaban junto a él:

«Cuanto mejor pagado, o cuando más involucrado se estaba en lo que era el rodaje propiamente dicho, más probabilidades había de verse esclavizado. (…) Era exactamente tal como ha contado todo el mundo, y más, y peor: había que hacer lo que fuera para que “saliera bien”, como él siempre decía. No sé a qué se refería con eso, ni tampoco los cientos de personas que han trabajado para él, pero ninguno de nosotros ha dudado jamás de que él  sabía lo que quería» (página 54).   

Escribe Mr. Kaplan   Revista Encadenados

Kubrick | Michael Herr | Editorial Anagrama | Barcelona, 2001 | ISBN: 84-339-2546-6