CRÍTICA DE CINE

Alcarràs: Un cultivo de dignidad y verdad

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Alcarràs

Próximos estrenos España 29 de abril  

Título original

Alcarràs
Año
Duración
120 min.
País
 España
Dirección

Carla Simón

Guion

Carla Simón, Arnau Vilaró

Música

Andrea Koch

Fotografía

Daniela Cajías

Reparto

Jordi Pujol DolcetAnna OtínXenia RosetAlbert BoschAinet JounouJosep AbadMontse OróCarles CabósBerta Pipó

Productora
Coproducción España-Italia; 

Elastica Films, Avalon P.C, Vilaüt Films, Kino Produzioni, Movistar+, RTVE, TV3

Género
Drama | FamiliaVida rural
Sinopsis
El abuelo ha dejado de hablar, pero nadie de la extensa familia Solé sabe por qué. Como cada verano, en Alcarràs, una pequeña localidad rural de Cataluña, la familia cultiva una gran extensión de melocotoneros. Después de ochenta años cultivando la misma tierra, la familia Solé se reúne para realizar juntos su última cosecha.
 
CRÍTICA

El gélido invierno de Berlín se ha rendido ya dos veces a los veranos de Carla Simón. La primera vez, en 2017, ya pisó fuerte ganando el Gran Premio de la sección Generación Plus con su autobiográfica Estiu 1993, dándole alas en un recorrido internacional que la llevó hasta la representación de España en los Oscar, quedándose fuera de la nominación. En esta segunda ocasión, ha dado la campanada por todo lo alto recibiendo el Oso de Oro de la mano de figuras como M. Night Shyamalan y Ryûsuke Hamaguchi, siendo la primera película catalana en lograrlo en un panorama cinematográfico global cada vez más competitivo. Un dictamen que no es para menos frente a una propuesta como Alcarràs, con la que Simón recupera las virtudes de su ópera prima, las amplifica y abre la puerta a nuevos lugares para explorar.

Si Estiu 1993 fijaba su punto de vista en una niña de 6 años que tenía que adaptarse a un nuevo ambiente con sus tíos, Alcarràs va un paso más allá en su ambición y disemina la perspectiva en varios personajes individuales que conforman el retrato de un todo: de un tiempo, de un lugar, de un núcleo familiar.  En el marco de un estío en el campo de Lleida, la estructura dramática arquetípica se difumina a favor de la deambulación de las existencias mundanas de estas personas por los límites de su premisa. Y en este dispositivo, es donde fluye la autenticidad. Porque la película de Simón parece en todo momento un documental –rodado con mucho gusto-, sin ningún tipo de filtro, donde el estilo naturalista de la directora llega a cotas altísimas gracias a su apuesta por la inmersión en la huerta y la apabullante cercanía con la que acompaña la cámara de Daniela Cajías a sus seres de carne y hueso.

En un film donde parece que no ocurre nada, imperceptiblemente a base de la observación de estos retazos realidad las problemáticas y los personajes van calando en el espectador hasta padecer con ellos y sentirse parte de ese núcleo familiar repleto de roces, objetivos, risas y, sobre todo, solera. A esta sensación contribuye la recurrencia a un plantel de actores no profesionales que remarca la verosimilitud de lo que ocurre en pantalla, en un ejercicio parecido al que ya hizo otro valor imprescindible del cine catalán como Neus Ballús en La plaga (2013) o, en menor medida, Seis días corrientes (2021).

En esta dispersión de puntos de vista que la cineasta controla en su justa medida sin que nadie pise a otro miembro, la diversidad de edades y tramas (mínimas) provoca que se extiendan los temas del universo de Simón, adentrándose también en terrenos político-sociales de un modo más marcado que en su antecesora, pero con mucha sutileza. Alcarràs huye del panfleto en su exposición de la precariedad salarial en el campo, el abuso al que están sujetos los “pagesos”, la especulación agraria, o la destrucción y reconversión de los terrenos a nuevos modelos de explotación como son la instalación de placas solares.

Estos asuntos candentes en el mundo rural permiten luego desplegar reflexiones sobre la memoria del campo, la pérdida de una tierra que se ha trabajado manualmente de sol a sol cada día de una vida, la decadencia de un modelo de vida modesto, la imposibilidad de un futuro para los jóvenes en este emplazamiento o el miedo al desarraigo. Con casi la misma dureza frente al campesino de Los santos inocentes (Mario Camus, 1984) sin la fatalidad trágica pronunciada en la obra de Delibes y una figura del señorito invisible. Y, por supuesto, con la delicadeza y sensibilidad de Simón a la hora de abordar la infancia, los lazos familiares o la idiosincrasia de una comunidad a partir de sus tradiciones.

Ubicua, pero sin estar por encima del relato, todo lo que Alcarràs muestra no obedece a ningún engranaje en busca del efectismo, sino a una sincera voluntad de estar al lado de una gente que constituye uno de los pilares básicos de nuestra sociedad, cuyo entorno necesita salir a la luz de la ignorancia y condescendencia con la que son tratados habitualmente desde el centro.

Todo ello contado desde el respeto de alguien que conoce de lleno su contexto y día a día. Alcarràs es la dignificación de un oficio y un paisaje que ojalá abra los ojos a una humanidad cegada por la rentabilidad, menospreciante del esfuerzo de su trabajo. Como en la cosecha, el film pacientemente va fundamentando sus raíces, creciendo progresivamente, para acabar dando los frutos más puros y plenos.