sábado. 20.07.2024
A pesar de las apariencias, existe otra vida que se oculta tras la que se puede contar, otra configuración de la existencia que se puede intuir pero no materializarse en un objeto comunicable. Existe porque la sentimos inherente a eso que llamamos yo, porque caemos bajo el huidizo hechizo que la concreta, que la certifica como verdadera y real, aunque jamás podremos acceder a ella, aprender de sus lecciones o motivarnos con su ejemplo. Es un peso muerto que estamos condenados a arrastrar y cuya masa no hace más que incrementarse; un yo virgen sin antecedentes, sin acontecimientos, sin recuerdos; un estado en el que no nos reconocemos o no queremos reconocernos, ineludible, cuyo objeto es provocarnos la nostalgia por lo existente y cuyo relato es imposible porque, caso contrario, sería como una autobiografía de lo no vivido; porque no contendría lo que no sabemos que somos, tan distinto de lo que somos en realidad; ni los planes que no sabemos que no se han cumplido; ni al propio sujeto, un nosotros que jamás hemos sido capaces de identificar y del que estamos más lejos cuanto más vivimos. Las relaciones entre estos parámetros son el objeto de La vida no es una biografía (La vie n'est pas une biographie, 2018), uno de los últimos trabajos de Pascal Quignard.
«Tengo la impresión de estar intentanto rescatar una prenda que dejaron escapar mis dedos infantiles. 
Luego mi voz enmudece. 
Es preferible escribir. Así se habla algo menos. Y se solloza más. No hay nada que tiemble. El grito de ahoga». 
Revela el mito que al final de la existencia atravesamos el Aqueronte embarcados en la nave de Caronte para alcanzar la morada definitiva. La imagen es muy poética y presupone una existencia después de la existencia, colmando nuestras ansias de vida cuando ya hemos apurado su cáliz hasta las heces —algunos mitos, incluso, deslumbran a los incautos con la promesa de una vida después de la vida, venturosa y eterna, en función del ajuste del  comportamiento a un código de normas, absurdas e irrazonables, dictadas por un ser impredecible, atrabiliario e inconstante—, cuando el recuerdo está a punto de desaparecer y nos vemos en el límite del abismo de la no existencia. Sin embargo, la realidad, insobornable, despierta la intuición de que la verdadera travesía del Aqueronte, el genuino viaje sin retorno a los infiernos tiene lugar justo al nacer, cuando se abandona la placentera no existencia para recalar en la orilla de la vida en una extravagante huida hacia el origen —desnudo, desvalido y sin recuerdos—, donde nos esperan el infortunio y el vacío.
«Escribir. Desaparecer en la lengua hablada por el grupo sin pronunciar una sola palabra de ella. Sin mirar a ningún rostro.
Y luego leer. Leer se pone al servicio de un canto conmovedor que tampoco necesita despegar los labios, pero que resuena en la psique mientras el cuerpo retrocede y alcanza la curvatura calcificada, rígida, blanca, protectora del huevo».
La forma más segura de estar presente es hacerse invisible, mimetizarse con el entorno hasta que se pierda la percepción, sumarse a la ausencia de los ausentes, callado, inmóvil como el pez nadando a contracorriente, como el ave planeando contra el viento, ¿por qué no como el hombre avanzando hacia su nacimiento, hacia la ceguera, es decir, la oscuridad por deslumbramiento, como la ablepsia de quien mira ininterrumpidamente al sol durante demasiado tiempo? Solo en el afán de citarse con el origen —empeño imposible pero no por ello menos codiciable—, es decir, de abandonar la comodidad de la corriente favorable, podemos hurgar en todas las circunstancias, impuestas o azarosas, que han determinado el  trayecto recorrido, y en la arqueología de nuestros deseos y de nuestros rencores; acceder al laboratorio de la conciencia y naufragar, definitiva pero honrosamente, en la corriente de la  realidad.
« “No podemos sumergirnos ni siquiera parecidos en lo idéntico y lo idéntico mismo no es un parecido”.
Este es el teorema de la biografía imposible».
Sumergidos en el río de Heráclito, nosotros somos el objeto, el curso de la inmersión  es nuestra trayectoria y el río nuestra biografía, y no ese intento infructuoso de búsqueda de nexos causales, sin intervención de la voluntad ni de la experiencia, entre acontecimientos,  cuya única des-conexión es debida al azar. El espejo de Saint-Réal no sirve; si acaso —aunque no es seguro, depende de las manos que lo enarbolen— el de Rodoreda.
«El aprendizaje de la lengua es un acto voluntario (una servidumbre a la que el niño termina por consentir) después de haber sido una metamorfosis pasmada ante los melindres virtuosos del rostro de la madre. Ahí es donde hay que situar no solamente el problema sino también el análisis que lo resuelve o al menos lo desenreda: quizá sea necesario a una vida humana desimbolizarse de lo simbólico. Abandonar la lengua del grupo. Olvidar a la madre y su objetivación en el espacio y su toma de poder a lo largo de la infancia. Volver a una inmersión más libre en la pulsión más allá de lo visible, más allá de los objetos, más allá de los cuerpos. (Más biótica. Más hipnótica. Más onírica. Más ágrafa. Más errática. Más nocturna.) 
Solo vivirás con la condición de dejar de tratar de descubrir lo que eres (si te non noveris)»
Los sueños, al contrario que el pensamiento, no necesitan del lenguaje. Por eso, su formulación es un intento vano de traslación a una dimensión ajena: el lenguaje, capaz de expresar el mundo, se retira con vergüenza ante su incapacidad para expresarlos, y mucho más para descifrarlos, porque no existe, ni siquiera en lenguaje matemático, idoneidad para convertirlos, en su complejidad, en relato, porque configuran una circunstancia en la que la identidad queda diluida y, por tanto, la entidad denominada yo es indefinible.

El camino se limita al recorrido ya realizado, a la senda que nos queda atrás; por delante, no existe camino, solo incerteza, incógnita, amenaza. Por esa razón es tan fácil volver al lugar donde todas las profecías se han descodificado; las amenazas, desactivado; las incógnitas, despejado; las incertidumbres, certificado. Lo único imposible es subsanar los errores; esta es la razón de la invención del pecado: una falta que no se puede subsanar pero que, a cambio, se puede perdonar, una vez convertida el relato.
«No podemos más que amontonar lenguaje en el lenguaje pues él fue el principal vehículo del envenenamiento del aire, luego del encarcelamiento, inmediatamente después de su choque con el aire. 
Esto es lo que significa re-vocar la voz, para hablar como la Sibila de Cuma, la voz tan frágil, tan fortuita, tan vulnerable, a las puertas de la gruta del Infierno. 
Re-vocar la voz (vox) es des-viar la vía (via).
Re-vocare la voix (vox) c’est re-révoyer la voie (via)».
Cuando algo adquiere significado queda habilitada la expresión; sin embargo, ¿cuál es el origen, cuando aún no existía significado? ¿Una forma arcaica, inaccesible, de expresión —la palabra creadora del Dios del Génesis— o una irrastreable no-expresión? ¿Existe una cola, en el mundo intangible, de no-expresiones pendientes de significado o, simplemente, a través de un proceso parecido a la sustitución, cada vez que se revela un significado, una no-expresión generada ab ovo toma el lugar que ha dejado libre la ya descodificada?
«En ocasiones corremos hacia nuestra propia derrota cargados de razón. En ocasiones, hay que correr hacia ella, porque hay que darse prisa, hay que pasar a otra cosa. La derrota puede ser un atajo. A menudo es preferible renunciar al honor y a la buena imagen social que se reivindica en él, y preferir el vigor de un nuevo ataque, el esplendor angustioso e íntimo de una nueva creación».
La biografía es el intento vano de convertir la vida en un relato: vano porque es imposible conocer aquello que no fue explícito, que no pudo ser aprehendido por ninguna estancia exterior al sujeto; vano porque el lenguaje no es suficiente para expresar la complejidad, la multiplicidad de pliegues del tejido de la experiencia; vano porque la vida no posee ningún sentido teleológico, ni objeto ni dirección; vano porque la existencia está construida por mucho más que palabras, por elementos intraducibles al lenguaje, por circunstancias que no dejan ninguna huella externa y que se desnaturalizan al intentar trasladarlas al ámbito de la lengua; vano porque carece de significado intrínseco.

Cuando alguien explica cómo es un objeto, puede hacerlo con tal nivel de detalle que no llegue a existir ninguna diferencia entre el objeto y su descripción; por contra, ¿cómo se explica, con un nivel semejante de completitud, qué es el vértigo?
«Empezamos nuestra estancia en este mundo abandonando violentamente otro. Una mujer empuja, empuja para que salgamos. Hay que saber emigrar. Hay que saber divorciarse. Hay que saber dimitir, hay que saber engancharse y desengancharse. Hay que saber largarse y huir a todo correr. Hay que saber borrar las huellas para desorientar  al perseguidor. Hay que saber salir pitando como un ciervo. Hay que saber alzar el vuelo como un pájaro diurno. Lanzarse en picado sin hacer el menor ruido, moviendo apenas las alas desplegadas, abiertas como una rapaz nocturna que confía el silencio de su vuelo a las brisas de la noche. Vivir es saber abandonar las funciones de la vida y la idea que uno tiene de su vida e incluso la idea de la duración de su vida».
Vivir es andar tambaleándose de derrota en derrota. Vivir es lo que sucede entre derrota y derrota.

La biografía es a la vida lo que el relato de lo soñado es al sueño, la traducción imposible del hecho —no del objeto— al relato. La biografía y el relato de lo soñado son un recorrido, un camino, un trayecto; la vida y el sueño son una evasión. 
«Estos dos axiomas debemos pensarlos conjuntamente. Las lenguas no son organismos vivos. El hombre dormido no es un hombre muerto.
El sueño no es una sombra. El sueño toca a la sombra en el otro mundo y una vez ha vuelto a este mundo y atracado en su orilla de luz a menudo se deshace».
El sueño se olvida —se pierde— si no se toma nota nada más despertar, se dice. En 
realidad, el sueño se pierde siempre porque su naturaleza es extratemporal. Al anotarlo, especulamos con la ilusión de atraparlo, de temporalizar su extratemporalidad, pero lo que conservamos, por más detalladamente que lo hayamos anotado, es el relato —tiempo— del sueño —no-tiempo—, ni mucho menos el sueño en sí mismo.
LECTURAS | Las lágrimas, de Pascal Quignard | Maremoto Maristain
 
La vida se olvida —se pierde— si no se toma nota después de cada suceso, se dice. En realidad, la vida se pierde siempre porque su naturaleza es extratemporal. Al anotarla, especulamos con la ilusión de atraparla, de temporalizar su extratemporalidad, pero lo que conservamos, por más detalladamente que lo hayamos anotado  es el relato —tiempo— de la vida —no-tiempo—, ni mucho menos la vida en sí misma.
«La muerte violenta, después del enfrentamiento, transforma a los contendientes en presas y predadores.
La biografía hace de los onar, hypar. 
La retrodicción hace de las potencialidades, causas. 
El lenguaje arranca la vida a su corazón de sueño. Abre un camino en lo más profundo del bosque primario. 
Entonces el sueño sustituye al trauma (a la carencia, a lo perdido). 
El lenguaje sustituye a la pérdida (a la pulsión de muerte, al duelo). 
El relato sustituye al enigma (a Eros, a Caos). 
El pensamiento sustituye al sueño (al juego, al arte, al emplazamiento vacío)».
¿Y si, en lugar de anunciar sucesos futuros, profecías sobre lo que está por venir, los sueños no fueran sino reformulaciones del pasado, reimpresiones de lo que ya ha sucedido, el despliegue de las múltiples posibilidades de lo ya ocurrido o, al contrario, su encapsulamiento definitivo, reescrituras de sucesos, palimpsestos sobre protocolos  olvidados, prolongaciones de aquello que registraron los sentidos, reformulaciones de procesos inacabados, la acción de la levadura sobre la harina cuando se deja reposar la masa, impresiones del deseo sobre la invulnerabilidad de la realidad? ¿Son intercambiables, se puede hablar de patrones compartidos por todas las especies que sueñan o por distintos individuos de la misma especie? ¿Es de la misma naturaleza natura, participio de nasci, en cuanto a proceso, no a objeto— el sueño del Neanderthal que el del homo abductus? ¿Y el de los individuos encerrados en la caverna de Platón que el de los hombres libres? ¿Y si fueran, generados en ausencia de lenguaje, los rastros vívidos de la vida antes de la vida, de nuestra no-existencia intrauterina, pasos imprescindibles para un cerebro en formación a la búsqueda de identidad —igual que esta, los sueños son ferozmente individuales, no pueden ser compartidos ni divididos, son una experiencia psíquica «más individual que la conciencia», el único rastro palpable de la carrera hacia el origen antes del origen?
«El sueño es un pensamiento que no sabe que está pensando. Es una salida corporal del cuerpo que se erige y se despliega y se aventura cuando el volumen del cuerpo completamente anquilosado, inmóvil, abandonado a su circuito sanguíneo, al jadeo apático de su respiración, a la relajación deliciosa de sus músculos, duerme».
Aprendemos a decir yo antes de comprender lo que significa y de ese modo abrimos un atajo para, probablemente, jamás poder volver al camino principal; siempre encontraremos obstáculos que nos lo impedirán y, tal vez, si damos con él de manera fortuita, lo evitemos al no reconocerlo. Igual que la lengua en la que hemos aprendido a nombrarlo, también robamos su significado y así seguimos, de prestado, toda nuestra existencia. 
« ¿Cómo se atreve uno a decir “yo” hablando de sí mismo, cómo encontrarnos en ese “yo”, nosotros que no tenemos más que un sexo de los dos, y tan poca autonomía en nuestros proyectos, y ninguna identidad en nuestra doble fuente? 
Para que podamos reconocernos tenemos que ver en nosotros a alguien que hemos conocido antes de vernos a nosotros mismos. 
¿Cómo decir yo sin una lengua adquirida en otros labios donde la hemos recogido después de haberla robado?
¿Cuándo somos yo?»
La vida es un estado terminal, estable en la materia, un punto de su organización, pero solo en el plano teórico porque justo cuanto se materializa en un vivir pierde por completo su estabilidad y se desenvuelve entre el azar y la necesidad, para lo cual es imprescindible acepotar el estatus de imprevisibilidad al carecer por completo de patrones. Cualquier intento de sistematizar esa imprevisibilidad está condenado al fracaso, de ahí la inutilidad del psicoanálisis —aunque recurra a símbolos inventados y a procesos irrastreables para demostrar sus sofismas— en su intento de establecer relaciones causales en un sistema cuya supervivencia se sustenta en el caos. El error ab initio del psicoanálisis es bucear en la biografía —en el relato— en lugar de tomar como referencia la vida —el hecho—; es decir, haber confundido biografía y vida.
«Cada mujer, cada hombre ha experimentado hasta qué punto volver la mirada atrás, por llenos de lágrimas que estén los ojos, fabula. 
Como los bruscos flashes que finge lanzar la memoria cuando se la convoca en el presente son la mayoría de las veces disparados, mediocres, incongruentes. 
Carbonillas que incendian el emplazamiento, o que queman y ciegan la mirada.
Jirones desparejos. La ley de la inversión es simple: cuanto más convincentes más mentirosos».
Habría que preguntarse si el sentimiento que embargaba al aislado y ágrafo hombre de las cavernas, que conocemos con el nombre de amor romántico, puede asimilarse al del hombre actual; en el primer caso, hablamos de vida, en el segundo, de biografía. En el mismo momento en que damos nombre a un sentimiento ya cambiamos su naturaleza porque este nombrar actúa de forma retroactiva sobre el sentimiento original aún-no-nombrado. Pero, ¿cómo prescindir del lenguaje?
«¡Filósofo, tira todos tus conceptos, tus representaciones, tus tradiciones por sutiles que sean, renuncia a todas esas boyas hinchadas de belleza y de vacío, salta!»
Después del alumbramiento, el recién nacido queda expuesto a una multitud de estímulos que no puede procesar; Quignard los agrupa en cuatro categorías: símbolos, imágenes, esquemas y enigmas, que irán modificándose a medida que se vayan superando las sucesivas etapas de maduración, un proceso que parece culminar cuando queda establecida de forma definitiva la entidad denominada yo, y que depende de la capacidad de traducir el contenido de esas categorías a una lengua reconocible; así, aquellos contenidos que el psicoanálisis traslada al inconsciente por haber sido "reprimidos" —sean reales o maginarios— son únicamente elementos para los que no se ha encontrado aún una traducción;
«Cada sujeto es de aquello que no ha recibido de su tiempo ni del lugar, de aquello que no ha percibido en razón del deslumbramiento de la luz, de aquello que no ha retenido del lugar cuando lo ha encontrado, a continuación cuando se ha puesto de pie, a continuación cuando ha empezado a andar, de aquello que no sentía en aquello que observaba, de aquello que no sentía en aquello que sentía, de lo que no encontraba en lo que engullía. Este no-encuentro es la estructura misma del sujeto en su vida, en su cuerpo, en su sexualidad, en su carácter, en su humor, por supuesto en su conciencia, y todavía más en el interior de aquello que él cree que es su propio pensamiento»;
Según esa tesis, la madurez se alcanzaría cuando fuera posible esa traducción completa  aunque nada ni nadie garantiza su consecución.

Corolario: solo si la vida tuviera algún fin podría ser relatada y la biografía sería posible.
«El biógrafo remienda en vano el sudario irreparabilis. Cadáver en alemán se dice Laichnam: tejido del cuerpo. Punto del cuerpo. El biógrafo coge sus agujas, su dedal, sus tijeras, sus madejas de hilo. Cose, pregunta, borda, se detiene, retoma, simula reparar la tapicería, reorganizar los hilos de color, configurar un motivo, mientras que el tiempo es lo irreparable en acto. 
La vida es lo irreparable».
RESEÑA DE "LA VIDA NO ES UNA BIOGRAFÍA", Pascal Quigard, Shangrila 2020