viernes. 23.02.2024
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Los Fabelman

Próximos estrenos España 10 de febrero  

Los Fabelman

Título original

The Fabelmans
Año
Duración
151 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Dirección

Guion

Tony Kushner, Steven Spielberg

Música

John Williams

Fotografía

Janusz Kaminski

Reparto

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Compañías

Amblin Partners, Universal Pictures, Amblin Entertainment. Distribuidora: Universal Pictures

Género
Drama | BiográficoFamiliaInfanciaAdolescenciaCine dentro del cineAños 50Años 60
Sinopsis
Film semiautobiográfico de la propia infancia y juventud de Spielberg. Ambientada a finales de la década de 1950 y principios de los años 60, un niño de Arizona llamado Sammy Fabelman, influido por su excéntrica madre, artista (Michelle Williams), y su pragmático padre, ingeniero informático (Paul Dano), descubre un secreto familiar devastador y explora cómo el poder de las películas puede ayudarlo a contar historias y a forjar su propia identidad.
 
CRÍTICA

En una entrevista para la revista Fotogramas, Michelle Williams afirma que Steven Spielberg es el cineasta que más conectado está con su infancia. Este hecho es apreciable en la mayoría de su corpus fílmico, donde la niñez ha jugado un papel esencial en muchos títulos -E.T. el extraterrestre (1982), El imperio del sol (1987), A.I. Inteligencia Artificial (2001) o Mi amigo el gigante (2016)-, pero también en otros donde las colisiones entre padres e hijos han marcado un carácter y una trayectoria como Atrápame si puedes (2002) o Hook (El capitán Garfio) (1991). Incluso en las películas donde no gozan de rol de peso, siempre ha reservado secuencias de alta potencia donde los problemas adultos, prácticamente incomprensibles para ellos, son filtrados y experimentados en sus carnes, a través del detalle del abrigo rojo en La lista de Schindler (1993), la escena del teléfono-bomba en Munich (2005) o el mismo asesinato del presidente Lincoln en Lincoln (2012), por citar algunos ejemplos.

Nunca jamás se ha desvinculado del latido de la infancia, y este pulso constante le ha llevado, de forma natural, a acabar contando la suya, subiéndose al carro de esta tendencia actual de muchísimos autores que bucean en sus orígenes.

Los Fabelman es una indiscutible obra semiautobiográfica donde el cineasta se desnuda, dejando siempre el halo de duda sobre qué hay de cierto y qué es ficción en sus hechos, pero resiguiendo un itinerario de pasajes y anécdotas contrastadas como los múltiples traslados de sus padres, la inestabilidad maternal, el bullying sufrido en el instituto por causas religiosas o, por supuesto, la fragua de romance con el cine, ese artefacto que, tal como pronóstica el personaje de Judd Hirsch –que se merienda su escena-, es un amante exigente que no entiende de familias.

Pero por encima de todo, el film es una película de Steven Spielberg, es decir, con el marcado sello de su demiurgo, donde en su versión más íntima sigue abordando esas dinámicas familiares que tanto le interesan, el coming-of-age y la exploración de las emociones humanas más puras. Sin reñir con el sentido de espectacularidad que siempre le ha caracterizado, Los Fabelman no cae en la ampulosa grandilocuencia de otros y se mueve en una humildad y honestidad cinematográficas coherentes, barnizadas con ese clasicismo de antaño (a día de hoy casi en peligro de extinción), que Spielberg ya sublimó en su excelente adaptación de West Side Story (2021), con la suerte de no desprender olor a naftalina, ni mucho menos. En la búsqueda de una transparencia con la que confesarse, el estilo nunca se superpone a una narración donde priman los personajes y las acciones que les acaban definiendo.

No cabe duda de que se trata de un mensaje repleto de cariño a su familia, sin necesidad de la hagiografía o la exaltación, arraigado en una cotidianeidad de la cual se desprende la complejidad de la condición humana. Pero, también, es una descripción de los múltiples poderes de la imagen y del cine que Spielberg sabe integrar fascinantemente en la narración. El cine como captación de instantes precisos capaces de revelar toda una verdad. Como arte deformador que puede modificar la percepción ilusoria de alguien, creando héroes idealizados que son auténticos farsantes. Como afilada arma de expresión con la que defenderse y vengarse.

Como materialización de sueños, como actividad cohesionadora, como vía de escape imprescindible de la realidad asfixiante. Spielberg no sienta cátedra en nada como podría hacer un señor(o) de 76 años, sino que confía en la elocuencia de las imágenes, que acaban destapando toda la reflexión sobre el séptimo arte evitando moralinas.

Absolutamente nada sobra en Los Fabelman porque cada una de las escenas y planos conllevan un valor que aportan a la descripción de esta familia americana media, sufridora de cambios y situada entre la razón y el corazón. Desde la sencillez de su trama, el guion de Tony Kushner y el mismo Spielberg (no escribía desde 2001) sabe dar el color perfectamente basculado entre la vitalidad y la nostalgia mediante secuencias robustamente construidas desde la naturalidad de los diálogos, donde se incluyen los momentos de carga sentimental, concebidos francamente.

El melodrama familiar que es Los Fabelman remite a aquellas obras que capturaban la sociedad americana de Frank Capra o el brillantemente citado aquí John Ford, reafirmándole como un eficaz cronista social sirviéndose de la óptica del cine de atracciones, en el cual el escenario donde se sitúa la historia deviene la mejor fuente de información. Además de esto, Spielberg se permite usar códigos del cine teen en los fragmentos de instituto, abriendo la ventana de lo cómico sin desentonar en ningún momento.

Porque Los Fabelman está planteada desde las entrañas, pero ordenada y ejecutada extraordinariamente, haciendo que todas sus piezas encajen y fluyan orgánicamente, desde la granulada y elegante fotografía de Janusz Kaminski hasta la minimalista composición de John Williams, remando siempre a favor del relato sin descuidar el gusto artístico. El atinadísimo reparto comulga a la perfección, desplegando la intacta mano de Spielberg a la hora de dirigir jóvenes actores, teniendo a Gabriel LaBelle cargando muy solventemente con un protagonista en plena época de descubrimientos, cuyo aspecto en su etapa universitaria resulta una fotocopia.

Un comedido Paul Dano brinda conmovedores instantes como es el momento donde recibe el correo, aunque es Michelle Williams quien se lleva la palma, un torrente a la hora de canalizar las emociones de esa madre debatida entre la abnegación o la libertad. Como en la puesta en escena de Spielberg, todos los actores, con un simple gesto, transmiten cristalinamente la amplia gama de sentimientos que acarrea toda la película, virtuosamente alejándose de cualquier sobredramatización o manipulación.

Tiernamente autohomenajeándose a la hora de recrear los rodajes de su infancia con amigos y familia que fijaron los fundamentos de su figura, al final Los Fabelman habla de avanzar hacia un horizonte en el que sentirse en los más en paz posible durante el efímero período de tiempo de nuestra existencia. En el de Spielberg, hay su familia, una cámara, una moviola y una pantalla. Por cuestión de perspectiva, en el variable y arduo camino hacia él, el horizonte puede cambiar su posición. Como bien reza John Ford, si está arriba o abajo, es interesante, y en el film oscila todo el rato entre estas posiciones, nunca en el centro, al menos en su desarrollo dramático y en el plano emocional.

Spielberg, pues, aplica las enseñanzas de los grandes maestros como alumno atento y superdotado para la romántica actividad de contar historias. Los Fabelman es el último gran exponente de este talento despertado por aquel visionado de El mayor espectáculo del mundo (Cecil B. DeMille, 1952), que esperamos que tenga muchos más trenes que hacer colisionar. Un ejemplo de cine en mayúsculas que debe seguir guiando a los que persiguen el horizonte.

Los Fabelman: Un horizonte en lo alto magistralmente divisado desde la sinceridad