CRÍTICA DE SERIE DE ESTRENO EN FILMIN

La Casa de las Miniaturas: Épocas no tan lejanas

Sin lugar a dudas, nos encontramos ante una obra que no engaña a nadie y ofrece lo que se puede esperar de una potencia mundial en cuanto a period dramas

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Thriller | 150 min. | UK 2017

Título: La Casa de las Miniaturas.
Título original: The Miniaturist (TV).
Director: Guillem Morales.
Guion: John Brownlow (Novela: Jessie Burton)

Actores: Anya Taylor-Joy, Romola Garai, Alex Hassell, Lara Bond. 

Estreno en España: 13/02/2018 
Productora: British Broadcasting Corporation

Distribuidora: Filmin

 

Sinopsis

En el Ámsterdam del siglo XVII se encuentra Nella, una joven huérfana de padre que decide embarcarse en un matrimonio de conveniencia por no poder hacer frente a sus deudas. Así se traslada a vivir a la residencia familiar de los Brandt, donde su marido, Johannes Brandt, para suplir la poca complicidad del matrimonio, le regala a Nella una casa de miniaturas que podría revelar varios misterios y secretos que guarda la mansión.

Crítica

La mayor parte del público había perdido la pista a Guillem Morales, ese realizador catalán que había tenido unos fructíferos romances con el thriller psicológico, ya fuera en forma de cinta de culto alabada en el Festival de Sitges (El habitante incierto, 2005), o con un taquillazo como fue Los ojos de Júlia (2010). Suyo es otro caso de la fuga de cerebros del país, a raíz del “firme” apoyo de las instituciones del Estado a la cultura y las “enormes” facilidades que tiene la industria audiovisual para sacar adelante proyectos.

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La trama está construida con la suficiente habilidad para sostener su interés durante los 3 episodios.

Afincado desde hace unos años en el Reino Unido, Morales ha dejado aparcado el género que lo descubrió –salvo en la excepción que es la mezcla de humor e intriga la série Inside No.9- para rendirse a un formato más genuinamente British como es la ficción televisiva melodramática de época, con el irrefutable sello de la BBC. En La casa de las miniaturas, Morales traslada a la pantalla la adaptación del best seller homónimo de Jessie Burton, ambientado en el Ámsterdam del siglo XVII. En él, una mujer (Anya Taylor-Joy) es entregada como mujer a un mercader que la ignora. Ella recibe como regalo una casa de miniaturas de la cual, a lo largo del tiempo, irá completando con figuras que recibe de un anónimo. A la par, descubrirá los entresijos que guardan su marido y la familia que le rodea.

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Sin lugar a dudas, nos encontramos ante una obra que no engaña a nadie y ofrece lo que se puede esperar de una potencia mundial en cuanto a period dramas. Una cuidada y precisa producción son el escenario para que deambulen sus solventes intérpretes –son de remarcar Anya Taylor-Joy y Romola Garai, quien interpreta a la hermana del mercader holandés-, mientras se desarrolla de modo funcional, pero efectivo y bien consciente de sus posibilidades –evitando toda prolongación innecesaria-. Y, si bien la trama está construida con la suficiente habilidad para sostener su interés durante los 3 episodios de la propuesta gracias al uso de mecanismos clásicos, es su academicismo y lugares comunes los que le restan interés en general. 

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Lugares comunes y una cierta falta de sorpresa evitan que La casa de las miniaturas se erija como una obra destinada a ser un referente en su género. Pese a este detalle que la convierte en un miniserie fácilmente intercambiable por otra, no cabe duda de su correcto cumplimiento de sus funciones como toda obra de época televisiva made in Britain: entretener con una base no condescendiente con el espectador, acercar la literatura a los espectadores –en este caso contemporánea-, y poner sobre la mesa problemáticas del periodo retratado que pueden ser identificadas en el tiempo presente. 

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Y, salvando las distancias contextuales, en La casa de las miniaturas salen a flote asuntos como la sumisión de la mujer a las estructuras heteropatriarcales, el fanatismo religioso y la coacción de la libertad personal que implican, la homofobia o el castigo a las minorías vulnerables, instaurados en cada uno de los personajes principales de la obra. Cuestiones preocupantes que bien sirven a una trama del siglo XVII como a una del siglo XXI, y que permiten preguntarnos si realmente se ha progresado tanto en cinco siglos. Porque, al parecer, el poder y la precariedad sigue perteneciendo a los mismos perfiles, desgraciadamente.