Cine Nueva Tribuna

CRÍTICA DE CINE

Madre Oscura: Bruja, más que bruja

Madre oscura

Título original
The Wretched
Año
Duración
95 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Dirección
Guion
Brett Pierce, Drew T. Pierce
Música
Devin Burrows
Fotografía
Conor Murphy
Reparto
Productora
Distribuida por IFC Films. Cailleach Productions
Género
Terror. Fantástico
Sinopsis
Un adolescente problemático que trata de superar la separación de sus padres se ve inmerso en una lucha contra una bruja de más de mil años de edad que vive bajo la piel de su vecina.
 
CRÍTICA

Todos los veranos suele llegar a las carteleras españolas —y del resto del mundo— algún film de terror de gran éxito en los cines norteamericanos. Títulos que «arrasan» en taquilla con tanta rapidez como se olvidan… aunque posteriores secuelas se encargarán de recordarnos que la película seminal apenas tenía entidad como cine «de miedo» y, probablemente, tampoco como simple cine. Así, sin más. Madre oscura es ese film de este verano.

Normalmente, estas películas tienen características comunes: nada de sangre en pantalla (ya se sabe que la sangre penaliza el film sólo para mayores y su público es, obviamente, muy joven), los protagonistas son adolescentes que tienen problemas propios de su edad (familiares, sexuales y de pandilla) y ese mundo más o menos estable se pone en peligro por la presencia de algo anormal, monstruoso (real, imaginario o mezcla de ambas ideas).

Para que un título funcione la clave está en cómo se elabora la mezcla, naturalmente.

Hace falta desarrollar los personajes protagonistas, pero también explicar lo suficiente la amenaza que les acecha. Y que ambos mundos se entrelacen con lógica, para hacer avanzar ambas tramas.

De heks verschuilt zich in dierenkarkassen in 'The Wretched' - NRC

Por supuesto, esa amenaza suele tener un carácter irreal, mítico o quizá es una leyenda. Pero para los protagonistas es una amenaza real, incluso en contra del parecer del resto de personajes que pueblan esa pequeña zona donde transcurre la acción (un barrio, un campamento de verano, un instituto o un lugar en plena naturaleza, alejado de la civilización), quienes no hacen caso a nuestro protagonista porque ellos no «ven» la amenaza.

Con unos buenos condimentos, el espectador podrá atar cabos y entender qué porcentaje hay que achacar a la imaginación del adolescente (recordemos, con todos sus problemas propios de la edad a cuestas) y cuánto a una amenaza que se transforma en auténtica a medida que avanza el metraje.

Por el camino habrán quedado discusiones familiares, peleas entre amigos, conflictos con la pareja (o incipiente pareja) y unos cuantos cadáveres más o menos camuflados para que la alarma general no salte antes de tiempo… es decir, antes del clímax final.

Son títulos que, cuando funcionan, lo hacen a través de una doble lectura, de un doble viaje: la evolución del protagonista, su crecimiento como persona, vendrá con la superación de una serie de pruebas que, en el tramo final, serán más reales que nunca, aunque en su origen todos piensen que eso es sólo una «leyenda» o, mejor aún, «producto de su imaginación».

Son, claramente, películas de viaje, de crecimiento: reflejan el paso de la adolescencia al mundo de los adultos.

The Wretched Lives Up to Its Name – Reason.com

Aunque este tipo de cine ha existido siempre —Roger Corman en los 50 y 60 del siglo pasado nos dio una buena ración de películas—, quizá habría que situar su semilla en los 80, con los títulos de jóvenes pandillas que llenaron los cines de medio mundo de la mano de Spielberg y su productora Amblin, aunque en estos casos tenían un carácter más cercano al cine de aventuras que al de terror: Los Goonies, de Richard Donner, y Exploradores, de Joe Dante, son buenos ejemplos.

Con el tiempo, las aventuras adquirieron un carácter más terrorífico al fusionarse con otros géneros de moda, sobre todo a raíz de La noche de Halloween (1978), de John Carpenter, donde adquiere cartas de nobleza ese personaje mítico que «nunca puede desaparecer» y su enfrentamiento con la «final girl», esa chica gritona que lograba escapar de todas las amenazas, triunfar y devolver la «normalidad» a la comunidad…

Aunque todos sabemos que el mal nunca muere… o si no las franquicias no existirían y el negocio no sería redondo.

Las pesadillas protagonizadas por Freddy Krueger, las matanzas de Jason en la colección de Viernes 13 y la saga de Scream son buenos ejemplos de un cine que triunfó a caballo entre los 70 y los 80, acabó desapareciendo en los 90 y ha regresado de forma intermitente en este siglo con el «renacimiento» de las distintas sagas, con un éxito desigual.

La bruja de moda

Madre oscura participa de todos los planteamientos que hemos apuntado y es, según su publicidad, la película más taquillera este verano en Estados Unidos, con números que superan a todos los super héroes de Marvel y la acercan a los del Avatar, de James Cameron, como película más taquillera en cines.

Participa de ese tipo de cine… pero uno no alcanza a entender por qué puede funcionar en taquilla un producto tan pobre, carente de imaginación, torpe en la realización y, sobre todo, incoherente a la hora de jugar con la realidad y la ficción, la imaginación y la leyenda.

The Wretched' Review | Hollywood Reporter

Y eso por no hablar del encaje de bolillos entre los problemas típicos de adolescentes y la amenaza que se cierne sobre la pequeña población veraniega en la que transcurre la película: ninguna interacción que haga avanzar una y otra, todo se resuelve a base de decisiones gratuitas de guión que en ningún momento están justificadas.

Y de miedo, de sustos, de terror… mejor no hablemos. Salvo el obligado tramo final, lleno de truculencias, ninguna capacidad de sugerir, de inquietar, de hacernos imaginar, de convencernos que aquello puede estar pasando.

Si se trata de mostrar cómo una familia se ve afectada por árboles que cobran vida, ataques del más allá, separación de algún hijo, miedo por el futuro de los protagonistas y coherencia con el origen de ese mal que invade un domicilio familiar en una idílica urbanización… mejor revisar el original Poltergeist (1982), de Tobe Hooper, producido por Amblin y Steven Spielberg. Un ejemplo modélico que aquí han olvidado todos, fundamentalmente los guionistas y los hermanos directores.

Cóctel de hermanos y de films

Tras el escaso éxito de la comedia con zombis Dead heads (2011), los hermanos Brett Pierce y Drew T. Pierce han dado en la diana con Madre oscura (The wretched, 2019).

La fórmula ya la hemos explicado. Los números en taquilla también. La historia… vamos con ella.

La separación de sus padres obliga al joven Ben (un insípido John Paul Howart) a pasar el verano con su padre (Jamison Jones) en un pueblo de verano en el que se ocupan del puerto deportivo, donde los pijos dejan claro desde la primera escena que los currantes no están a su nivel.

Una compañera de trabajo adolescente pero poco atractiva (Piper Curda), la atractiva nueva novia de su padre (Azie Testafi), un grupo de pijos adolescentes que se ríen de él llamándole «picha corta» y una enigmática vecina (Zarah Mahler) componen el puzle inicial de un verano que se prevé rutinario… si no fuera porque algo anormal pasa con su vecina.

Sin desvelar más de lo preciso, asumimos que hay una bruja en el entorno, cuya misión es sacrificar niños (y niñas, todo muy políticamente correcto) a los árboles. Al parecer un espíritu milenario se alimenta de ellos a través de sus raíces.

Esto es así porque sí. No hay muchas más explicaciones en el film. Tampoco mucha lógica en las desapariciones. Entre otros motivos porque los personajes son olvidados.

Y cuando decimos que son «olvidados» queremos decir eso.

No hablamos de un olvido de los guionistas, sino que el poder de esta bruja de moda es conseguir que los personajes protagonistas olviden a sus seres queridos. Y cuando nadie los recuerda, pues a alimentar la leyenda de la bruja.

¿Cómo se justifica que un personaje de una familia desaparezca y nadie le eche de menos? ¿O que ningún amigo del entorno, en un pueblo pequeño, eche a faltar a esos desaparecidos?

Fácil. No se justifica. De ninguna manera. Te lo crees y punto. Lo dice el guión.

Con estos mimbres es difícil entrar en la trama, desde luego. Y más cuando las desapariciones crecen y sólo nuestro querido Ben, falto del amor maternal y carente de un grupo de auténticos amigos, pronto empiece a tener sospechas sobre una bruja —al parecer milenaria— que rodea su entorno idílico.

Sin explicaciones del cómo y mucho menos del porqué, el guión naufraga escena tras escena y los directores se aferran a algún plano brillante para intentar mantener el interés.

Pero un film de terror funciona si tememos por los protagonistas, pero si nuestro «picha corta» carece de entidad dramática y la película dedica más de media hora a sus inocentes y torpes aventurillas de jovencitos universitarios descerebrados, poco hay que temer. Realmente, si nos olvidáramos de él tampoco pasaría nada.

Movie review: Horror flick 'The Wretched' wastes some good ideas ...

Como los guionistas, que se olvidan de avisar que esa bruja no puede atravesar un círculo hecho con sal… y ahí tenemos al joven Ben echando sal alrededor de su casa para que la vecina —bruja y milenaria, ya saben— no se acerque. El echando sal y la bruja acercándose… Una escena que levanta carcajadas, aunque nos tememos que involuntariamente.

Hay más situaciones ridículas, involuntariamente cómicas. Junto a otras que pretenden ser la monda —típicas gamberradas adolescentes, del tipo a Ben le quita el bañador una joven en la piscina y se va, dejándolo solo: los demás, al verlo salir… bueno ya sabéis por qué lo de picha corta—. Humor de nivel, sin duda.

Pero nada comparable al «olvido» de personajes que desaparecen. Lo nunca visto.

Excepto, eso sí, las arbitrarias decisiones de guionistas y directores para conseguir reconducir la trama a un final, digamos, a tono con lo que espera el público palomitero adolescente.

Algunos ejemplos: un personaje es apuñalado por la espalda en plena columna vertebral, no muere y, además, es capaz de salir y conducir un coche como si tal cosa; el bosque donde transcurre el clímax es inexpugnable, pero ahí llega alguien con un coche, a toda velocidad, sin carretera ni nada parecido, para salvar en in extremis a quien haga falta; algún olvidado aparece a última hora ahí, en pleno clímax, a lo Poltergeist, enredado entre los árboles…

¿Por qué? Ni idea.

Y más barbaridades injustificables que no merece la pena recordar.

Con tanto «ruido», que impide aceptar la película como simple entretenimiento, uno preferiría hacer como los guionistas y olvidarse de todo: lógica, personajes, trama…

Pero ni por esas, el afán por llegar a un final feliz y por abrir el melón a futuras secuelas —algo que ya es un cliché repetido hasta la saciedad— no nos permiten esos pequeños placeres.

Que de un plumazo se resuelvan los problemas familiares, sentimentales y nos «olvidemos» anciana bruja es algo que este cronista no sabe cómo pudo llegar a suceder. Pero sucede.

Se salvan algunos momentos del clímax final, filmados concierta pericia, con cierto estilo. Pero apenas son unos minutos que no salvan el film del naufragio.

Resulta difícil explicar el éxito de un producto tan torpe.

Escribe Mr. Kaplan  Revista Encadenados