Cine Nueva Tribuna

CRÍTICA DE CINE

Madrid, interior: Diario de un confinamiento

Madrid, interior

Título original
Madrid, interior
Año
Duración
75 min.
País
España España
Dirección
Guion
Juan Cavestany
Música
Aaron Rux, Javier López Vila, Javier Cámara, Alba Haro, Sarah Wilson, Nick Powell, Adrián Sepiurca
Reparto
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Productora
Cuidado con el perro
Género
Documental. Drama | Coronavirus (COVID-19)
Sinopsis
Primer largometraje español planteado, rodado y acabado en la cuarentena, entre el 24 de marzo y abril de 2020. "Madrid, interior", que empieza con una cita de Dylan Thomas -"No entres dócilmente en esta noche quieta"-, se ha realizado con la colaboración de un centenar de personas que rodaron pequeñas piezas que unidas suponen 80 minutos de un retrato del estado de ánimo durante las peores semanas de la pandemia.
 
CRÍTICA

«Tendremos que volver a casa sin que hayamos salido de ella ¿Cómo se vuelve a casa sin haber salido de ella?» (de la película)

Juan Cavestany es un realizador, al menos, curioso con sus películas, no sé cómo llamarlas, digamos, digamos minimalistas: escenas cortas y con muchos personajes a las que el director denomina películas calidoscópicas. Realizador también de la serie televisiva Vergüenza con Fernández Armero —que vagamente me lleva a recordar la inglesa Catástrofe— y creador de la estupenda serie ¡Vota Juan! Entre sus películas, que cuentan con gran aceptación por parte de la crítica, no de toda, citemos Dispongo de barcos, Gente de mala calidad, Gente en sitios.

Curiosa su trayectoria profesional, iniciada como guionista con Los lobos de Washington (1998), de Mariano Barroso, y como director con El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo (2004), en colaboración con Enrique López Lavigne, e interpretada por Santiago Segura y Javier Gutiérrez. Actualmente estaba, con Armero, rodando una nueva temporada de la serie Vergüenza y terminado una nueva película, Un efecto óptico, con Carmen Machí   

Madrid, interior», una película de Juan Cavestany sobre el ...

El estado de alarma debido al coronavirus que comenzó en España el 14 de marzo, y que aún continúa, cambió la vida de todos nosotros. Nada de lo previsto para los próximos días y meses iba a ser posible. Los proyectos cinematográficos y televisivos quedaron aplazados con lo que Casvestany ni pudo poner el punto final a la película prevista, ni seguir con la serie que llevaba con Armero, quien por cierto se engancharía a otro proyecto que se desarrolla en TVE, Diario de una cuarentena.

Ante este panorama, Cavestany se dedica a grabarse en su confinamiento. Una posterior conversación con Alberto San Juan le lleva a pensar en hacer una película sobre los días de confinamiento, para ello se pone en contacto con amigos, quien a su vez conducen a una gran cadena para rodar por el método que sea (vídeo, teléfono móvil) su forma de llevar el confinamiento.

Unas grabaciones primero centradas en Madrid, pero que después se extienden a otras ciudades e, incluso, hay aportaciones de otros países. La película se centra en los días que, en principio, se pensaba duraría el estado de alarma, o al menos el más duro, cuya terminación se preveía hasta la segunda mitad de abril.

No es la única película realizada durante el confinamiento. De hecho, están teniendo lugar hasta concursos de cortometrajes y alguna otra película (Confinados: Coronavirus España) se ha atribuido ser la primera en contar la realidad sobre estos días, aunque se trate de rodajes con historias prefabricadas sin que el confinamiento represente la realidad a la que se aproxima el filme de Cavestany.

Todo el material recogido, y montado de forma excelente, no es más que una continuación del cine de su director. Como en sus últimas películas, y de acuerdo a lo que dice su director, no se trata de escenas sueltas (en realidad en muchos casos se trataría de planos sueltos), sino de una unidad temática con muchos personajes, de acuerdo a la idea calidoscópica, mirada sobre la forma de actuar distintas personas ante una determinada situación.

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Titulada en principio Gente en sitio, con lo cual la semejanza con su cine anterior quedaría clara, decidió cambiarlo por el actual Madrid int. (Madrid interior), dejando ese nombre para la tercera y última parte del filme, siendo las otras dos Los muebles (la primera) y La música que viene de ahí (la segunda).

La película va de la desolación, e incluso terror/angustia de los personajes del primer episodio, a la paralización/aceptación de una situación en la segunda parte y con una cierta adaptación/movimiento en la tercera, para concluir, si eso es posible, dentro del final abierto con una cierta esperanza: una ventana abierta, una mujer que habla por teléfono con otra persona y ríe.

Curiosamente, o no, más bien de forma intencionada, en la película aparecen citados dos títulos muy significativos: El ángel exterminador (en imágenes proyectadas en un televisor), la historia de unos seres que no pueden salir de la casa donde se encuentran, y El séptimo sello (no se ven imágenes sino se sobreimpresionan sus diálogos de en el visionado de la película de Bergman en una tele), sobre la peste en el Edad Medía, con la que se cierre la segunda parte.

La utilización de estas películas presenta claramente que el filme va más allá de una sucesión de planos sin orden, ni concierto. Todo se urde, se plantea, se ordena de una forma muy concreta desde la noche siniestra con la que comienza y lo que supone el adentrarse en lo desconocido: un confinamiento brutal donde se tiene que aprender a vivir. La película se inicia con una cita de Dylan Thomas: «No entres dócilmente en esta noche quieta». La noche, y el miedo al mañana, para dar paso a una nueva noche en la que surgen las peores pesadillas, después de las miradas a móviles en los que se inquiere sobre el número de muertos diarios.

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La primera parte es el encuentro con una nueva y difícil experiencia. La noticia que da lugar a un inicio de día muy distinto, en principio hecho de actitudes normales (levantar persianas, afeitarse, ponerse unas lentillas, desayunar, preparar comidas…) para después introducirse en lo nuevo, en lo desconocido, en el preguntarse sobre qué hacer, como esa persona que se queda estática delante de su biblioteca mirando los libros que tiene y sin saber qué escoger o sentarse sin saber qué hacer.

Una mirada sobre una sociedad que se ha quedado sola frente al mundo, donde la comunicación se traduce a llamadas, a veces angustiosas, a alguien que no contesta al teléfono, a las noticias, la utilización de los ordenadores. La música, que dominará la segunda parte, en un filme donde apenas hay palabras, es una especie de asidero, de forma de encuentro, de elevación.

En la tercera, ya en una adaptación a los tiempos, las cosas cambian y el montaje, incluso, acelera las imágenes: la cámara rápida indica que los tiempos ya no son los de antes, algunas de las personas piensan en el futuro, a través de sus poemas («quiero no ser uno, quiero ser enjambre, quiero sobre todo ser») o sus conversaciones: en esta última parte se procede a enviar, escuchar lo que dicen, emails o en conversar con las amistades y proclamar una serie de máximas, ideas («la Patria no es una pulserita en la muñeca sino el otro… No se acaba el mundo, se ha acabado este mundo»).

Al final, como hemos apuntado antes, se entrevé la posibilidad de salir fuera, de abandonar el confinamiento, pero ¿cómo será esa salida?, ¿qué nos traerá? Hay un curioso plano que muestra una cámara grabando la salida de un individuo que se encuentra metido, acurrucado, en un armario. Vemos cómo sale, a gatas, mientras la cámara le graba hasta que sale de cuadro. No corta el plano, luego vemos cómo el personaje evadido del armario vuelve a la cámara para rebobinar y verse a sí mismo saliendo de aquel encierro porque… aún no se cree haya podido salir.

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Este plano muestra que no todo en el filme es natural, es decir, no se trata de una grabación hecha por un personaje en situación normal, como se supone que son la mayor parte de las que ha recibido el director, de aquí y de allá, y que luego han sido montadas. Hay algunas que son intencionadas, que son falsamente reales, que ha pedido que sean grabadas de una determinada forma.

La mayoría son naturales, espontaneas, no todas, pero unas y otras se unen en función de una idea común, el mostrar la crónica de un confinamiento. Dolorosa, como algunos de los rostros en los que se refleja el miedo, trágica por la situación que presenta, angustiosa, pero en la que no faltan toques de humor como el de la persona preocupada por ir dejando envases de lo que sea (incluso una lata de sardinas) donde lo poco que queda en uno se pasa a otro, quien se come la mitad de un plátano y unirlo a otra mitad disponiéndolo como uno entero (metido en su piel) o a Antonio de la Torre dando poco a poco buena cuenta de un jamón. Sin, claro, olvidar la propia imaginación/creativa (la película es un ejemplo de ello) en quien frente a una pared lisa va diseñando una de las calles de la ciudad.

Madrid int. ha contado con gente conocida y desconocida como intérpretes. Escritores, profesionales de la radio, periodistas en general, actores, realizadores… han puesto su presencia en el rodaje de sus momentos de confinamiento. Ahí, en planos de pasada, reconocidos o ignorados aparecen, dominando sobre todos Juan Cavestany, entre otros, además del ya citado De La Torre, Pepón Nieto, Armero, Malena Alterio, Aaron Rus, Javier Cámara, Coque Malla, Javier del Pino, Alberto San Juan, María Pujalte… y hasta José María Goenaga y Aitor Arregi, cuya presencia va mucho más allá de lo testimonial ya que ellos fueron los realizadores de La trinchera infinita, película que suponía un largo encierro del protagonista para evitar las represalias de la guerra civil.

Filme, pues, muy interesante, que supone una excelente crónica y una reflexión sobre el confinamiento debido al estado de alerta por el coronovirus. Un documento preciso y necesario para conocimiento de las generaciones futuras

Escribe Adolfo Bellido López Revista Encadenados