Cine Nueva Tribuna

CRÍTICA DE CINE

Retrato de un amor: Drama romántico que apenas mueve la fibra interior

Retrato de un amor

Cartelera España 24 de julio

Retrato de un amor

Título original

The Photograph
Año
Duración
106 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Dirección

Guion

Stella Meghie

Música

Robert Glasper

Fotografía

Mark Schwartzbard

Reparto

Productora

Distribuida por Universal Pictures. Will Packer Productions, Perfec World Pictures Co

Género
RomanceDrama | Drama romántico
Sinopsis
Cuando la famosa fotógrafa Christina Eames muere inesperadamente, su hija Mae Morton (Issa Rae) se queda confundida, enfadada y llena de preguntas. Cuando encuentra una fotografía escondida en una caja de seguridad, Mae comienza a investigar la vida de joven de su madre, comenzando al mismo tiempo un apasionado e inesperado romance con un periodista, Michael Block (LaKeith Stanfield). 
 
CRÍTICA DE CINE

La famosa y conocida fotógrafa Christina Eames muere de forma súbita e inesperada. Su hija Mae Morton (Issa Rae) queda en una especie de shock, desorientada y con muchas interrogantes en su interior. En una caja de caudales, Mae encuentra sendas cartas manuscritas de su madre, una para ella y otra para quien fue el amor de su vida, por lo que la joven emprende una labor de investigación para conocer la vida de su madre cuando era joven. Al hilo de esta búsqueda comenzará un imprevisto y pasional idilio con un periodista, Michael Block (LaKeith Stanfield).

Para que entendamos bien el esquema básico del film recurro al esquema planteado por la escritora Mónica Castillo: «Hay un lado A y B en la narrativa: el encuentro principal entre los amantes modernos Michael y Mae y la explosión nostálgica del pasado entre Christina e Isaac. Las dos historias comparten el tiempo de pantalla a lo largo de la película como pistas paralelas que eventualmente forman un círculo completo. Las dos historias también sopesan las similitudes entre las generaciones al intercalar rasgos y situaciones de un momento a otro».

Cuarta película de la afro-canadiense Stella Meghie, con un guión de la propia Meghie que por vez primera confecciona el libreto ella sola. La película, no sin esfuerzo y excesos, consigue llevar a puerto la historia, tanto a través de las imágenes, acompañadas de una fotografía excelente de Mark Schwartzbard, como con la sustancial y en ocasiones excesiva banda sonora de Robert Glasper.

Stella Meghie transpone y trenza las vidas sentimentales de una madre y una hija a lo largo de los años ochenta hasta el momento actual, desde los orígenes en un sur pobre, al sofisticado Manhattan. Es una cinta de múltiples capas, con un lenguaje visual exuberante y preciso, que pretende invitar al espectador a mirar debajo de la superficie, lo mejor y más bonito de un encuentro azaroso y providencial. Pero no siempre lo logra.

Se trata de un film de verano un tanto meloso, donde un periodista que se siente guapo se cruza con la historia de la recién fallecida fotógrafa y la de su hija, a la sazón una conservadora del Museo de Queens en New York, muchacha de color en plan pija con ropa cara y bolsos de Prada en ristre, que confluirá en un amor almibarado que acaba siendo digerido mejor que peor, gracias entre otras a la banda sonora firmada por el pianista y productor Robert Glasper, una música sensual y envolvente que acompaña bien la historia —aunque en ocasiones tanto jazz envuelve de más— y música de la cultura afroamericana, que va desde Al Green a Kendrick Lamar, pasando por los temas de Mos Def o Anderson Paak.

Hay bastantes historias de amor en la película. Además de la que protagonizan los dos personajes principales, está el amor que se muestra en flashbacks entre la madre de Mae, Christine (la mejor actuación en la película) y el pescador Isaac (un Rob Morgan bien y calibrado) en Pointe à la Hache, Luisiana. 

También son historias de amor la estrecha relación de Mae con su padre (Courtney B. Vance, bien); el vínculo afectivo de Michael con su hermano mayor Kyle (un Lil 'Rel Howery correcto); y el feliz matrimonio de Kyle con Asia (Teyonah Parris). Y  lo más revelador del film, lo que muestra sus signos de vida más vibrantes y sexys es cuando Meghie catapulta su obra apoyada en las conexiones obvias de las dos historias de amor de Mae y su madre Christine.

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La historia de la madre de la protagonista se cuenta a través de una carta que le escribió antes de morir. Esto lleva a la joven a preguntarse por qué su madre no fue capaz de contarle personalmente lo que escribió en la carta. Su padrastro le señala que tal vez quisiera que ella entendiera su historia como mujer, más que como madre.

La cosa es que Christine era una muchacha negra de Luisiana, que quería ser afamada fotógrafa, una ambición que resultaba difícil, entre otras y, sobre todo, por ser afroamericana y por haber nacido en la Luisiana pobre de los años 80 (en la película no hay mención al racismo). Que fue educada por una severa madre y además, su absorbente trabajo le impidió amar a Mae con la intensidad que ella habría querido, todo lo cual muestra los aspectos frágiles de este personaje.

Además, cuando su hija lee la carta, tiene la misma edad de su madre cuando la escribió, por lo que el rol maternal queda difuminado, mostrando a la hija sus amores como una especie de coetánea o amiga consejera; y ahí aparece el punto en que su madre revela el amor poco común con un Isaac al que durante años no vio pues sus caminos se separaron, pero al que nunca olvidó: una historia infeliz pero mantenida en el recuerdo.

Y este es un tema principal de la película: si puede permanecer el amor tras tanto tiempo, en la distancia y sin verse. Todo lo cual queda apuntado en la carta póstuma que deja para Isaac y que servirá como enseñanza al final de la cinta.

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En cuanto a la historia de amor entre los protagonistas, Mae y Michael, entre el joven egocéntrico y carismático y una muchacha bien, amor a primera vista, una relación que Meghie no acierta a dibujar bien, el romance carece de ímpetu y exaltación, y a la mitad del metraje ya se hace aburrido. Unos personajes confrontados a unos miedos un tanto triviales que finalmente pueden unirse plenamente, de manera forzada, en la cual la protagonista cede ante el apuesto galán que se ha marchado a Londres llevado por su ambición (como antaño hiciera su madre).

En el reparto destacan los protagonistas LaKeith Stanfield e Issa Rae que, aunque sintonizan, o mejor, tienen eso que se denomina química en la pantalla, sin embargo, acaban por resultar impostados y artificiales, con un exceso de gestos manuales y falta de repertorio para los matices.

Para mí, los mejores intérpretes del film son la importante actriz Chanté Adams, que consigue dotar a Christine de una incandescencia de mujer encantada, y Y’lan Noel, que encarna el eterno amor de Christine y pescador de cangrejos en el sur. Acompañan con nivel y profesionalidad actores y actrices como Chelsea Peretti, Kingsley-Ben-Adir, Courtney B. Vance, Lil Rel Howery, Teyonah Parris, Jasmine Cephas-Jones, Wakeema Hollis, Rob Morgan, Kelvin Harrison Jr., Christopher Cassarino y otros.

Una sentida y entrelazada historia de querencias y arrumacos, algunas pinceladas de calidad, un guión al que le falta un hervor cuando poco, e historias de amor —la antigua agridulce tirando a amarga (la mejor), y la de los protagonistas jóvenes, predecible y dulzona— como para disfrutar durante las vacaciones, sobre todo a los de corazones de delicados. 

A mí apenas me ha movido nada interiormente. Pero tampoco hay mucho más en cartelera.

Escribe Enrique Fernández Lópiz