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CRÍTICA DE CINE

El Rey Del Fin Del Mundo: El hombre que pudo reinar

El rey del fin del mundo

Cartelera España 27 de agosto

El rey del fin del mundo

Título original

Edge of the World
Año
Duración
104 min.
País
Estados Unidos Estados Unidos
Dirección

Guion

Rob Allyn

Música

Will Bates

Fotografía

Jaime Feliu-Torres

Reparto

Productora
Coproducción Estados Unidos-Reino Unido; 

Margate House Films. Distribuidora: Samuel Goldwyn Films

Género
AventurasDrama | Siglo XIXBasado en hechos realesPiratasColonialismo
Sinopsis
A mediados del siglo XIX, el gobierno británico comisiona al oficial Sir James Brooke para que termine con los piratas que asolan las costas de Malasia. Pero Brooke va más allá y una vez llega a su destino conseguirá no solo exterminar a los piratas sino que se convertirá en el rajah del Reino de Sarawak. Atesora tal poder que el gobierno británico empieza a temerle: ¿han creado un poderoso enemigo?.
 
CRÍTICA

El film que nos ocupa se basa en la vida de James Brooke, el hombre que inspiró, total o parcialmente, las novelas de Conrad y Kipling. Brooke, un veterano del ejército de Bengala, navegó a Borneo a fines de la década de 1830 y, después de ayudar al sultán de Brunei a sofocar una rebelión, recibió el don del gobierno de Sarawak, una gran franja de tierra en el lado noreste de la isla. Se mantuvo en el poder durante décadas y sus descendientes le sucedieron hasta mediados del siglo XX.

El problema de contar este tipo de historias es que tienes que decidir qué incluir. La vida de Brooke fue sin duda interesante, pero ¿cuánto debes contar? Brooke llegó a Borneo en 1839 y gobernó Sarawak durante 30 años, y esta película intenta incluirlo casi todo en menos de dos horas. Así se acentúa lo narrativo y explicativo en demérito de la acción real, que a menudo se muestra escasa. Al principio de la historia, Brooke viaja río arriba para sofocar una rebelión. Asedian un fuerte, pero la batalla cruenta brilla por su ausencia, y la situación se resuelve rápidamente y sin que suceda mucho. El resto de la película sigue a Brooke mientras gobierna su nuevo reino, y en un período de tiempo que incluye campañas contra la piratería y la caza de cabezas, no vemos casi nada de eso. En cambio, vemos al protagonista y sus amigos y sirvientes hablando sobre sus desafíos, pero rara vez los enfrentan.

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Tampoco es que queramos cargar tintas en una producción modesta en cuanto a presupuesto se refiere que bastante hace con trabajar el género de la aventura en una época en la que, simplemente, no existe la aventura. La preferimos mil veces en cuanto a honradez y rigurosidad a la aplaudida Jungle Cruise, con ese amasijo de efectos especiales que acaba por ahogar cualquier atisbo de credibilidad. Aquí la trama tiene ecos de clásicos como La Selva Esmeralda, La Misión e incluso de Apocalipsis Now, aunque todo en su justa medida, a veces como homenaje, y otras como mera copia. Las intepretaciones son dignas de atención sobresaliendo las del dúo Johnathan Rhys Meyers y Dominic Monaghan, quienes consiguen aportar buenas versiones de los caballeros victorianos.

Desafortunadamente, la película no le da a Monaghan suficiente tiempo, pero es el punto culminante en la mayoría de las escenas en las que interviene. Meyers está casi irreconocible físicamente, luciendo demacrado y cansado para seguir las continuas dudas de Brooke y huir de su turbio pasado. De la misma manera que Charlie Hunnam impresionó en la similar La ciudad perdida de Z, Rhys-Meyers crea un héroe creíble y convincente para nuestra historia con una intensidad que te permite creer que abrazaría un mundo completamente nuevo. Una cosa es explorar, pero echar raíces requiere otra.

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El otro lugar donde la película realmente brilla es en la exhuberante fotografía. Jaime Feliu-Torres tiene la ventaja de filmar en localizaciones naturales de Borneo, y cada escena está llena de paisajes tan amenazantes como hermosos, sacando mucho provecho de la belleza natural del escenario.

En definitiva, una producción para nada ambiciosa que cumple su cometido de entretener y que debería de dar la oportunidad a su director, el norteamericano afincado en Italia Michael Haussman, de emprender odiseas más osadas, aunque ya sabemos que los hacedores de las superproducciones prefieren poner detrás de las cámaras a realizadores con menos inventiva para que ni siquiera se atrevan a opinar sobre la idoneidad de los apabullantes efectos visuales a vomitar.